domingo, 21 de septiembre de 2008
Estoy y no estoy
Pues gracias a Dios estudié periodismo, porque como "albañil" habría muerto de hambre, sí, definitivamente lo de la construcción no se me da muy bien. Y como ejemplo tengo mis más recientes fracasos: La separación-divorcio con la madre de mi hija, luego de 13 años de relación (de los cuales los últimos 4 fue sobreviviendo)y ahora mi más joven caída, la ruptura que hace 24 horas decidí concretar con mi última pareja, con quien creí que iba a establecerme.
Aunque esté tomando esa forma, este post no es un lamento, sino un llamado a mí mismo a despertar. A entender que después de los 30 el amor no es rojo ni de forma redondeada. "Amor". Curiosa palabra. Lo que me llama poderosamente la atención es que en días como hoy, tan patéticos como hoy, extraño a todos mis "amores", desde Mairene Ferrer (mi primera novia) hasta la última. De pana, las extraño absolutamente a todas-
Quedan dos minutos, mejor me voy, tal vez vuelva más tarde con una lista de nombres, tal vez no. Perdonen el desastre, pero así me siento hoy.
viernes, 18 de julio de 2008
Soñé con una mujer
Soñé con una mujer, soñé con que me hacía vibrar con su sola presencia.
Con su mirada tierna, casi infantil, de ojos que mágicamente suavizan el impacto de sus formas esculturales. Piel de porcelana; negra y abundante cabellera y boca impactante, de labios llenos y un rojo natural increíblemente perfecto.
Es una mujer alta, de piernas firmes desde los tobillos hasta la redondez universal de sus glúteos. Desde allí hasta la cintura, una vertiginosa silueta de “reloj de arena” que explota en la impactante configuración de sus pechos, blancos pechos. Redondos. Grandes pechos.
La mujer de mi sueño tiene el cuello delgado y fuerte a la vez, espigado. En la parte superior de la espalda, donde nace la nuca, de vez en cuando, dependiendo de la posición de su cabeza, sobresalía levemente -de manera casi imperceptible- una vértebra. Parecerá una locura, pero ese ínfimo detalle, como otros que logré notar durante mi sueño, me produjo una sensación de vacío mezclado con hormigueo y estremecimiento de las extremidades, como un centellazo de lujuria que aceleró el torrente de mi sangre.
Detalles. Fueron los detalles los que me llevaron desde cero hasta la combustión completa de mis sentidos. Uno de estos rasgos es la forma como, cuando me hablaba suave y tierno, de vez en cuando tocaba la comisura izquierda de sus labios con la punta de la lengua. Lo hacía como un acto reflejo, algo involuntario, tal vez sin notar que lo hacía y sin saber lo que en mí provocaba.
Detalles. Vi detalles. Como un suave y minúsculo lunar entre sus dedos meñique y anular de la mano izquierda. Manos alargadas, dedos delgados, allí estaba la suave marca de nacimiento. También noté el tatuaje de una rosa. Pequeño, indeleble, en colores azulado y rojo. Era delicado, como delicada y divina es la zona donde estaba pigmentado: En la parte baja de su vientre, hacia la izquierda, perfecto vecino del sensual huesito de la cadera. Detalles. De recordarlos se me vuelven a estremecer las entrañas. La soñé.
Soñé con una mujer, soñé con que me hacía vibrar con su sola presencia.
miércoles, 2 de julio de 2008
¿Qué es un fanático?
Me declaro incompetente, no lo sé. Realmente dudo que el término “fanático” se aplique a mi persona, no lo he sido por ningún deporte, tendencia política, religión o artista. Pero he de reconocer mi admiración por un músico en especial, uno que, durante 18 años, ha estado a mi lado en las buenas y en las malas: Fito Páez.
Reconozco que, como pésimo “fans”, empecé tarde a escuchar su música, puesto que en 1990, cuando estaba en el mercado su séptima placa Tercer Mundo, yo escuché por primera vez Cable a tierra, una canción que grabó en su segundo trabajo discográfico, Giros (1985). Así comencé, oyendo sus temas y entendiendo su poesía, la cual fui haciendo mía según como la vida me fuera tratando.
Han habido temporadas cuando más lo he escuchado y seguido, otras más pausadas, pero siempre, desde que lo oí por primera vez, ha permanecido en mi walkman, repro de carro, equipo de sonido (siempre en formato “tape”, o cassette), luego los cedés y más recientemente en mi computador. Me ha inspirado en infinidad de oportunidades a aventurarme en inimaginables campañas románticas que, en la mayoría de las veces, me hice con el trofeo y cuando no salvé la batalla también me acompañó.
Luego de 18 años deseándola, el sábado 28 de junio de 2008 logré cumplir una de mis metas de vida: verlo en un concierto. Esta vez el escenario fue el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. Debo decir que si Fito para mí ya era una estrella antes del 28J, a partir de esa sublime noche pasó a ser una constelación, más bien alguien cercano a ser un sistema solar. Al menos así lo veo yo.Yo no sé qué es ser fanático, no sé si lo soy de Fito, pero haciendo un recorrido mental por las escenas más importantes de mi vida, puedo decir que durante 18 años, todas, absolutamente todas las veces que he muerto de amor, él ha estado conmigo para darme un abrazo y consolarme, y me ha enjugado las lágrimas para señalarme que la vida sigue. Igual hizo cuando, después de cada muerte, mi amor resucitó. Fito me señaló el camino a seguir. Con Fito Páez lloré, reí, me emocioné, me enamoré, me desilusioné y volví a enamorarme. Oyéndolo, mis labios se encontraron con tantos labios y acaricié tantos cabellos, añoré miradas del pasado soñando en tenerlas de nuevo, con su música como fondo muchas veces he hecho el amor y otras tantas sólo ha sido sexo. Me estimuló a escribir poesía (si es que acaso así se le puede llamar) y escogí el nombre de mi hija por Dejarlas partir, de su cedé Circo Beat (1994). El 28J fue un día gigante: vi a Fito en concierto.
Sigo sin saber si soy o no un fanático. Lo que sí sé es que estoy agradecido con la vida por haber nacido en mi generación, en la generación de Fito Páez. Pienso y trato de imaginar cómo habría sido mi vida si Fito no existiera y me atrevo a afirmar que, sin él, no habría sido una buena vida, o al menos no tan maravillosa como lo ha sido hasta ahora.
Por una anécdota del concierto del 28J sé que no debería darte las gracias, pero no pudo terminar este post, Fito, sin pronunciar esta sencilla frase: Gracias, loco.
jueves, 26 de junio de 2008
Dorso
Eres fugaz, vas y vienes. Apareces y desapareces de mi vida cuando te place. No sé si soy parte de un juego de seducción al que no fui invitado, pero sí incluido. Ambos sabemos que estamos prohibidos el uno para el otro, pero los dos nos deseamos... al menos yo siempre te deseo y he visto a través de tus ojos cuánto eres capaz de desearme. Me lo has dicho y ya te sentí, sentí la furia de tu sexo. Por eso te extraño, por eso extraño tu piel, extraño, sobre todo, tu espalda (deliro por tu espalda). Esa parte de tu cuerpo donde resbalaron mis labios, donde dejé el rastro del pasar de mi lengua: desde la parte trasera de tu cuello hasta la vertiginosa curva entre tu cintura y lo que está más abajo.
Extraño ver, sin ver, el contorno redondeado de tus senos, hurgar desde todas las poses tratando de encontrar el ángulo perfecto que me permita ver un centímetro más de tus blancos pechos. Extraño dejar que mis manos intenten encontrar un defecto en tu espalda, sabiendo que no lo lograrán. Deseo acercar de nuevo mi rostro a la piel de tu dorso y afinar la vista para ver de cerca cada línea de tu deslumbrante humanidad.
Tu espalda. Extraño... tu espalda. La añoro desde ese pedacito de piel que está en la cima de la montaña rusa de tus formas, hasta ese punto donde tu divina cabellera negra nace y se arremolina. Y tu olor, el olor de tu piel que hace juego con la más sensual forma en que te recuestas, boca abajo, dejándome explorar tu envés, ese que me seduce y que hoy extraño.
Una confesión: Te deseo por muchos motivos y muchas zonas de tu cuerpo me inspiran los más apasionados instintos sexuales, pero ninguno lo hace tanto como esa parte tuya, única, espléndida. Tu dorso. Sé que muchos hombres te desean por tu lindo rostro, por tus pechos o por la estrecha cintura conjugada con la explosión de tus caderas, o tus bellos glúteos. Yo te deseo por tu espalda, luego me fijo en lo demás.
viernes, 6 de junio de 2008
Saltimbanqui
Cuando sentí en la lengua la calidez y humedad del interior de su boca no lo podía creer. Ese primer beso era sólo el punto de partida del encuentro sexual que más he esperado en mi vida, y el más intenso que hasta ahora haya tenido.
Todo comenzó una mañana soleada de mayo. Caliente, sería la mejor definición, y yo estaba, como de costumbre, enredado en mil diligencias: pago de tarjetas de crédito, reunión de padres y representantes en el cole de mi hijo, tomar la cita para hacerle servicio a mi camioneta, reunirme con unos clientes para definir una posible cuenta y bla, bla, bla… Por suerte mi vehículo es nuevo y tiene un excelente aire acondicionado, porque afuera el sol estaba “picante” y el calor agobiaba. Eso demostraban los rostros de los buhoneros que se paran en cada semáforo, ofreciendo antenas de bigote, controles remotos universales, cedés de reggaeton, películas piratas y guarapos.
Mirando esas caras y pensando en todos mis problemas vi su cara. Ese día llevaba puesto un harapiento pantalón que debajo de la negritud del polvo y sudor demostraba lo que alguna vez fue una prenda multicolor, tal vez de tela brillante y atractiva, pero ya no lo era más. Arriba una blusa corta y ajustada, dorada, sin tiros. La pieza de tela retaba a la Ley de La Gravedad sosteniéndose con los redondos pechos, medianos, puntiagudos, firmes, de aquella muchacha de cara sucia pero con sonrisa constante, brillante, tan incandescente como aquel sol de mayo. En la cabeza, una cola recogía su negra y larga cabellera que, a diferencia del resto del atuendo, se percibía limpia.
Vi su show desde mi asiento VIP, en primera fila. Observé fijamente como giraba en el aire y hacía figuras, al son de música imaginaria, unas cintas rosadas que dominaba como la más experta gimnasta rusa. Me gustó su trabajo y la premié con una buena propina. Y debió serlo, porque, cuando ella miró el billete, me recompensó con una exuberante y exótica sonrisa y un profundo “¡gracias!” que sonó como que le nacía de lo más profundo de su pequeña pero hermosa humanidad. Su acento era andino, lo cual me hizo pensar en la posibilidad de que fuera colombiana, cachaca.
La luz cambió a verde y seguí mi camino, pero ya la mañana era diferente: no paré de pensar en esa chica y cada vez que la recordaba me producía una dura erección.
Se me endureció el falo en la cola del banco, frente al escritorio del director del cole, y hasta en el concesionario, donde por primera vez, desde que compré la camioneta, ignoré el sedoso cabello, los ojos verde oliva, la perfilada nariz, los carnosos labios y el redondo culo de Anwar, la chica de padres árabes que está encargada del área de Servicios de la agencia automotriz. Mi memoria me tenía encadenado al recuerdo de esa sonrisa, los bellos dientes y ese hablar “cantaíto” andino de la saltimbanqui… y claro, el vientre plano y la capacidad natural de sostener con la firmeza de sus tetas una pieza de tela que, más que tela, parece trapecista.
Me antojé de esa muchacha. Sí, me antojé, tanto que la soñaba despierto y la pensaba hasta cuando le hacía el amor a mi esposa. Fue así la cosa, tan fuerte, que aunque no fuera necesario, todos los días pasaba por el mismo semáforo para verla: haciendo malabares con bastones de colores, haciendo figuras circulares con bolas de fuego atadas con cables, montada en zancos o haciendo pasos de ballet con sus desgastadas zapatillas. Siempre que pasaba por allí le dejaba una suma de dinero cada vez mayor. Ya cuando ella me veía se acercaba a la camioneta con la sonrisa encendida y antes de que extendiera la mano ya me había dado las gracias. Pero hoy fue diferente. Cuando me vio, no sólo me dio las gracias, sino que a esa palabra le agregó una más que me estremeció: “Gracias, precioso”, dijo, acarició mi rostro mientras me miraba fijamente a los ojos y luego me entregó un brazalete tejido, una bonita artesanía hecho con hilos de colores rastafari.
Estar frente a ese gesto me provocó una serie de emociones que no quiero detallar. Sólo diré que al cambio de luz pisé el acelerador y dos cuadras más adelante decidí volver. Ella, como si me estuviera esperando, había levantado el circo ambulante y lo había guardado en su morral. La sonrisa nunca se le borró del rostro desde que abordó la camioneta hasta este momento, cuando estamos frente a frente, mirándonos a los ojos, semi desnudos y saboreándonos las lenguas y los labios.
Antes de entrar a esta habitación fuimos a almorzar en un sitio a las afueras de la ciudad, donde me confirmó su procedencia. Es caleña. Habían pocos clientes, lo cual facilitó el jugueteo previo: los toqueteos, los besos robados, las caricias por debajo de la mesa, su pie descalzo apretando mi entrepierna y finalmente su mano tomando la mía y guiándola hacia su pecho. Su escultural y perfecto pecho.
Ya estamos acá, con una luz tenue y música ambiental. Tenemos espejos en todos lados incluyendo el techo. Sé que, al igual que a mí, a ella la ataca una ansiedad lujuriosa de comernos vivos, de derrocharnos en sexo. Lo veo en sus ojos y se percibe en su respiración.
Luego de una ducha, mi chica neogranadina salió vistiendo sólo ropa interior. Es hermosa, increíblemente bella: tiene la piel tan blanca, el cabello tan largo y negro. Las tetas parecen más de un relato ficticio que reales, pero lo son, son naturales. Son redondos y proyectados, son 36C, según me dijo, están firmes, mucho. Tiene los pezones erectos y las areolas son pequeñas y rosadas, muy rosadas, y en el borde de la de su seno izquierdo hay un sublime lunar, muy discreto.
Su cintura es menuda, como sus brazos. Las manos, a pesar del trabajo al cual se someten, no tienen callos, las uñas no son muy cortas ni tan largas, y están limpias. Pero más abajo la cosa cambia. Al final de la cintura se expande una torneada cadera que da inicio a un vertiginoso viaje de redondez. Las nalgas son increíblemente redondas y firmes, no hay ni un solo rastro de celulitis ni estrías. Son, en definitiva, las nalgas de alguien que se ejercita, como las de las bailarinas. Al igual que las piernas: son fuertes, de muslos tallados como escultura y sus pies son pequeños y cuidados. La saltimbanqui caleña más bien parece una exuberante modelo de Haute Couture. Cuando la despojé de su impecable prenda interior, me llamó la atención la perfección de cómo las líneas internas de sus muslos se convertían en un definido arco que abriga su exótico coño.
Y cuando digo exótico no peco de exagerado, por el contrario me quedo corto buscando un adjetivo para definir a tan hermosa creación. Le pedí que se recostara, boca abajo, y me le encimé con mi cuerpo desnudo. Apoyé mi cadera sobre la de ella sin hacerle mucho peso, pero dejando que mi verga rozara su piel, besé cada centímetro de su espalda, su cuello, la nuca. Lamí sus orejas y así fui bajando, muy lentamente, milímetro a milímetro, sin dejar de usar mi lengua y labios para estimularla. Cuando llegué a donde termina la espalda y comienza el culo, me concentré en estimular esa zona con mi boca mientras que, con mi mano, exploraba su entrepierna húmeda y jugaba en su jardín con mis dedos.
Seguí bajando el rostro hasta que llegó uno de los momentos más esperados. Con ambas manos le separé las nalgas y me quedé pasmado al mirar lo que vi. Jamás en la vida había presenciado algo tan hermoso. Mi caleña tiene un culo de ensueño, rosado… rosado como el resto de su entrepierna, y un coño carnoso, completamente depilado. No aguanté más y enterré mi rostro entre sus nalgas y seguidamente clavé mi lengua en su culo. La lamí. La lamí. La lamí tanto. Sus gemidos estaban a punto de convertirse en gritos. Sus caderas se mecían al ritmo del vaivén de mi lengua y poco a poco me fue llevando hasta su clítoris. Presioné mi boca contra su vulva y poco a poco le separé los labios, primero los externos, luego los internos, hasta llegar a su semilla. Le latía y yo sentía su corazón en la punta de mi lengua. No sé como describirlo porque no consigo un punto de comparación. Lamí y chupé tanto y tan generosamente, que mi saltimbanqui me devolvió el gesto brindándome una mamada como nunca antes me la habían dado.
No dejó nada para después. Se entregó al felatio como si fuera la última vez que lo haría. Me lo lamió todo, desde la parte más baja de las bolas hasta el borde palpitante de mi glande. En un par de oportunidades intentó tragárselo completo y por poco lo logra. Fueron momentos en que casi me corrí en el fondo de su garganta, pero me pude controlar. Cuando llegó el momento del coito, me estrechó contra su pecho en un abrazo difuso entre ternura y lujuria, y me dijo suavecito al oído “Métamelo por atrás… pártame el culito”, y luego enredó su lengua en mi oreja.
Se lo hice. Debo decir que jamás había cogido un culo tan estrecho y complaciente. Entré y salí a mis anchas. Mi caleña aguantó, como ninguna, mis embestidas de animal salvaje. Luego apoyó su espalda en la cama y colocó una almohada debajo de sus caderas para elevar la pelvis. Me invitó a que me siguiera tirando así, por detrás, y después de unas cuantas penetraciones me pidió que me detuviera, que me acercara. La abracé. Me dijo sosegada que yo le encantaba y luego me ofreció su tesoro: “¿Sabe? Yo nunca he sido penetrada por delante, pero hoy es diferente, usted es diferente. Hágamelo, pero eso sí, tráteme con cuidadito, ¿si?”.
Y con mucho cuidado, pero con firmeza, la desvirgué. Estaba emocionado y ella igual. Hubo algo de dolor, según me dijo, y un poco de sangrado. Hubo lágrimas y luego, de a poco, el placer de mi verga en su vagina la absorbió. Por primera vez tuvo un orgasmo por estimulación del coño y poco después yo me derramé justo donde elle me lo pidió: quité el condón cuando estaba a punto y acabé en su boca. Entre espasmos y corrientazos miré como se saboreaba mi semen, y lo tragó. Luego chupo un poco más y dejó que mi falo muriera en su boca. El sueño nos venció y dormimos hasta el anochecer.
Fue grandioso. Sigue siéndolo. Desde hace cuatro meses, tres días a la semana, paso por el mismo semáforo al mediodía y me escapo con mi caleña, quien sólo me pide que la trate “con cuidadito”.
martes, 8 de abril de 2008
Mis amores (o como quiera que se llame este poema)
Tal día como hoy, hace 365 días, partió de esta vida mi padre, Luis Ernesto Urribarrí Ludovic, a quien cariñosamente llamábamos “Mostro”. A mi juicio, mi padre era un hombre con muchos talentos: escribía, pintaba y esculpía de manera empírica. Nunca lo hizo a manera de oficio, todo lo que realizó lo hizo por hacerlo y ya, tal vez para demostrarse a sí mismo que podía. Hoy, a un año de su muerte, en su honor voy a publicar este poema que adaptó hace no sé cuántos años ya (basado en un poema de la poetiza uruguaya Delmira Agustini) y que refleja su inmortal pasión por su primer amor, ese que conoció a los 18 años de edad, en Portsmouth, Inglaterra, cuando mi padre cumplía con el Servicio Militar en la Armada Venezolana.
A la memoria de mi padre.
Mis amores ¿dónde están?
¿Qué se han hecho?
Hoy han vuelto,
por todos los caminos de la noche
han venido a llorar a mi lecho.
¡Oh, Dios, fueron tantas,
son tantas!
Yo no sé cuáles viven,
yo no sé cuál ha muerto.
Me lloraré yo mismo
para así llorarlas todas.
La noche se bebe el llanto,
el llanto de mis ojos.
Veo cabezas...
doradas al sol como maduras
hay cabezas tocadas de sombras y de misterios,
cabezas coronadas de espinas invisibles,
cabezas que quisieran descansar en el cielo,
algunas que no alcanzan a oler la primavera
y muchas que trascienden las flores del invierno.
Todas las cabezas me duelen como llagas,
me duelen como muertos.
¡Ah!... Y los ojos,
esos me duelen más porque son dobles:
verdes, grises, azules;
y tus ojos negros que abrasan y fulguran,
son amor, caricia, dolor,
constelación e infierno.
Sobre todo tu luz,
sobre todas las llamas se iluminó mi alma
y se templó mi cuerpo.
Ellos me dieron sed de todas esas bocas,
de todas esas bocas que florecen en mi lecho;
senos blancos, pálidos
y el moreno tuyo de miel y de amargura,
con lises de armonía como rosas en silencio;
y todos esos vasos donde me bebí sus vidas,
de todos esos vasos donde la muerte bebo.
En el jardín de tus labios
venenosos y embriagantes
en donde respiraban sus almas y sus cuerpos,
respiraba el mío.
Humedecido en lágrimas
he rodeado mi lecho.
Y esas manos,
esas manos colmadas
de destinos y secretos,
con dedos alhajados de anillos,
de misterios.
Carol,
tus manos que nacieron
con guantes de caricias
colmadas con ardor de tus dedos,
y tus dedos diez puñales
clavados en mi espalda
arrancándome la vida.
Imanes de mis brazos
puñales de mi entraña.
Como invisible abismo
se inclinan en mi lecho.
¡Ah!... Pero en todas esas manos
yo he buscado tus manos,
tus labios entre los labios,
tu cuerpo entre los cuerpos;
de todos esos ojos
sólo tus ojos quiero,
tu larga cabellera
volver a tocar quiero.
Tu eres la más triste
por ser la más querida,
tu fuiste la primera
y eres la que está más lejos.
¡Ah!... Tu cabello castaño y largo
que tanto acaricié,
y tus pupilas claras
que tanto tiempo miré,
tus ardientes senos,
tu color tostado
y tu cuerpo rozagante
como palmera hindú.
Ven a mí: mente a mente,
ven a mí: cuerpo a cuerpo.
Tu me dirás qué he hecho
con tu primer suspiro,
tu me dirás qué he hecho
del sueño de aquel beso.
Dime si lloraste
cuando sola te dejé.
Tu dime si ya has muerto.
Si has muerto, mi pena enlutará mi alcoba
lentamente;
y estrecharé tu sombra hasta apagar mi cuerpo
y quedaré en silencio ahondando de tinieblas,
y en las tinieblas, ahondando de silencio.
Me velará llorando,
llorando hasta morir,
pero nuestra hija,
fruto de nuestro amor,
quedará en el recuerdo.
lunes, 24 de marzo de 2008
Espinela de la derrota (Décima)

No sé cómo comenzar
a dejar de amarte tanto
si en medio de este quebranto
sólo me sale llorar.
Yo sólo te quiero amar
pues en ti lo aposté todo
y no encuentro ningún modo
de sacarte de mi alma,
ni de hallar sin ti la calma
o darle a mi vida acomodo.
No está en mí dar la sentencia
de quién tiene la razón
pues cuando habla el corazón
no hay cabida a la conciencia.
Tampoco hay hechizo o ciencia
que me pueda a mí aclarar
cómo dejarte de amar
sin protesto y de repente
y sacarte de mi mente
como un sueño al despertar.
Fueron días, fueron meses
de pasión inagotable,
de alcanzar lo inalcanzable
y hoy debo pagar con creces.
No es tu culpa, no mereces
que te endilgue este fracaso,
pues si mido, paso a paso,
cada error que cometimos,
encuentro que ambos perdimos
y culpar no tiene caso.
En este momento aciago
cuando me siento perdido
sólo una cosa te pido,
-si pedir no es demasiado-.
Porque sabes que te he amado
y que me amaste no te quito
un favor muy pequeñito
necesito yo de ti:
que no le hables mal de mí
a nuestro pequeño Ito-Ito.
Que aunque Vero a mí me vio
llorando nuestra ruptura
y con su inocente dulzura
mis lágrimas enjugó,
ella sola decidió
quererte como te quiere.
Wiwi, como quiera que fuere
ella quiere ser tu amiga
por eso, que Dios bendiga,
el amor que nunca muere.

