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domingo, 10 de julio de 2011

Ojos diablos

Cuando abrí el correo electrónico que Víctor me envió, el corazón casi se me sale del pecho del susto. Cuando logré controlar la ansiedad, los latidos fueron bajando, pero no de intensidad, sino hacia esa parte de mi cuerpo situada debajo de mi cintura, entre mis piernas.

Mientras más las miraba, más me convencía de que eran una obra de arte. Ese hombre hizo conmigo arte. Eran las fotos mías más hermosas que jamás haya imaginado, y menos habría pensado permitir que me las hicieran en pleno acto sexual. Mirarme a mí misma en esas poses, con su aparatote en mi boca, los contornos de mis pechos, mis pezones erectos a reventar y la mirada perdida en lo más hondo del placer carnal me encendía y me obligaba a rememorar cada segundo de ese momento que no temo describir como el mejor de mi vida.

Ocurrió hace un par de semanas. Él llegó al instituto como invitado a dictar una charla. Todas las que estuvimos ahí estábamos de acuerdo en que Víctor está buenísimo. Es un hombre maduro, inteligente, con un poder de palabra que para los pelos de punta. Sabe de lo que habla, domina el tema y su capacidad de oratoria es genial. Nos hizo vibrar a todas. Y cuando digo a todas, es porque ninguna en el salón se ahorró un comentario cuando ese hombre salió del aula. Esa mañana, la visita de Víctor fue el tema de todas en el instituto. Que si su mirada profunda, que la sonrisa pícara o la forma cómo nos hablaba. Todas queríamos que nos preguntara algo o nos tomara de ejemplo de su explicación. Pero lo que más se comentó fue el poder evidente que se ocultaba detrás del cierre del pantalón. Se veía inmenso, bestial.

Al terminar la mañana, él se fue a discutir cosas con los profesores mientras todas nos íbamos a nuestras casas. Papá no me fue a buscar, me escribió un SMS excusándose y me ordenó que tomara un taxi. Yo no le hice caso. Le respondí que caminaría a casa de Julieta, quien vive cerca del instituto, y eso hice.

Cuando llevaba poco tiempo caminando, sentí que un carro se me acercó por detrás. Ya me iba a voltear para mandarlo al carajo cuando noté que era él. Me quedé paralizada, como helada. Me ofreció llevarme y, no sé por qué, pero aunque por dentro estaba loca por aceptar, dije que no. Él sonrió, sólo eso, y yo –cual corderito- me subí a su impecable vehículo y me quedé muda. Víctor no dijo nada, sólo nos miramos y volvió a sonreír con picardía. Sólo su mirada fue suficiente, no pronunció palabra y yo ya sabía lo que venía después. Se bajó el cierre y sacó su asombroso miembro. Yo supe qué hacer y se lo chupé como si fuera lo último que haría en la vida, mientras él me condujo a un lindo apartamento, casi sin muebles: sólo un par de “poof” una cama, un equipo de sonido espectacular y un ventanal inmenso.

Yo estaba tan nerviosa que me puse a bailar para que no se me notara la tembladera. Él sólo me miraba. Me dio un poco de vino, me dijo que era muy caro. No me gustó el sabor, pero no arrugué la cara y seguí con mi baile mientras él, recostado en su cama, me observaba. –Quítate la camisa- me ordenó. Yo tragué grueso, pero cumplí la exigencia mientras seguía mi danza. Tomé otro poco de vino y noté cómo me hervía la sangre. –La falda- afirmó casi sin gesticular. Yo obedecí.

Luego me tomó con delicadeza de una mano y me atrajo a la cama. Fue muy tierno al recostarme y poco a poco se acercó a mis labios. Me dio un suave beso en los labios, momento que yo aproveché para introducir mi lengua en su boca, algo que deseaba desde el primer momento que lo vi. Él me correspondió mientras acariciaba mi cuerpo como si sus dedos fueran pinceles y yo un lienzo. Mientras con una mano exploraba mi coño por encima de la tanguita, con la otra desabrochó mi brasier. Mis pezones parecían puñales. Cada parte del cuerpo que Víctor me tocaba, se me helaba. Eran corrientazos cortos que me sacudían y me obligaban a gemir. Cuando pasó su lengua por mis senos, creí que moriría del placer. Era todo tan divino: cuando besaba mi abdomen o acariciaba mis nalgas, cuando pasaba la legua en círculos alrededor de mi ombligo, cundo sus dedos rozaban los bordes de mis hoyitos o los cañones de su barba raspaban la cara interna de mis muslos.

No sé cómo ni cuándo ese hombre estaba todo desnudo y yo sólo llevaba puesta mi tanga blanca, bañada en el mar de mí misma. Estaba tan húmeda, tan caliente. Sentía que mi coño estaba hinchado y que mi clítoris iba a salir disparado. Me cuesta describir lo que me hizo sentir cuando, con su boca, estimuló mi entrepierna: me comió la panocha y todo su vecindario. ¡Dios! Que divino fue sentir el fuego de su lengua allí abajo mientras metía y sacaba dos dedos a un ritmo perfecto. Me corrí casi de inmediato en medio de gritos de placer, él sólo me observaba, me estudiaba.

Luego sacó la cámara fotográfica y comenzó la “sesión” mientras se lo chupaba -desde la parte trasera de sus bolas hasta la cabeza-. Grande, muy grande. No me había penetrado y ya imaginaba yo que no se me haría fácil. Se acostó sobre su espalda y me indicó que me encargara yo de hacer el resto. Me senté sobre él y besé su pecho, su cuello. Tomé firmemente su falo y me lo puse en la entrada de la vagina. Lo restregué unos segundos y lentamente me dejé caer. Cada milímetro que entraba aumentaba el volumen de mi grito, hasta que entró todo. Todo.

Mientras me meneaba encima, él me fotografiaba… y yo posaba. Me sentía sexy, me sentía hembra, me sentía como una “porno star”. Me volví a correr, esta vez en un orgasmo más largo e intenso. Él soltó la cámara y me tomó por la cintura para emprender una arremetida colosal. Entró y salió duro y parejo. Yo sentía que iba a perder el conocimiento de tanto placer. Dolía, pero me encantaba. Verlo a los ojos diablos me erizaba. Por primera vez estaba yo tirando con un hombre de verdad. Es más, por primera vez estaba yo realmente tirando. Todo lo anterior a esto no vale nada.

Víctor acabó con firmeza, entre sacudidas intermitentes de su palote dentro de mí. En mi mente agradecí que llegara, porque estaba a punto de morir en medio de su arremetida sexual. Me desvanecí entre sus brazos y me quedé dormida unos instantes que él aprovechó para seguir fotografiándome. Al despertar, él ya no estaba. Me dejó una nota en la que me pedía que cerrara la puerta al salir. Fui al baño a orinar y a tomar una ducha y ahí vi la evidencia del placer masculino: el condón estaba lleno de su semen. Me sentí grandiosa, porque toda esa leche se debía a mí, me lo debía a mí.

Ahora aquí, frente a mi computador viendo las fotos que me tomó, pienso y me pregunto si se repetirá. Creo que no. Ojalá que sí.

jueves, 18 de noviembre de 2010

“Bienvenida, licenciada”

Adriana sabía que José Luis quería con ella desde que la conoció, el día cuando el jefe la paseó por la oficina principal de la agencia para presentársela a todo el personal. A ella también le gustó él. Se le notó en la mirada, en sus exóticos ojos oscuros con esa forma que dan la sensación de que siempre están tristes.

- Ella es Adriana Bravo, la nueva jefa de Diseño Gráfico-, dijo el gerente.

- Bienvenida, licenciada. Un verdadero placer conocerla. Soy José Luis Urdaneta, Editor de Redacción Creativa.

Él extendió la mano y tomó la de ella, dándole un apretón firme que la mujer respondió con seguridad. Los breves segundos que transcurrieron mientras se miraron fijamente, fueron como la llave que abrió una puerta que, pocos días después, los llevó a las profundidades más oscuras de la lujuria.

Durante la jornada laboral conversaron, se pusieron al día en cuanto al funcionamiento de la agencia y las expectativas profesionales del equipo de trabajo. Entre una cosa y otra se comentaron detalles de la vida personal de cada uno, entre las cuales José Luis halló la perfecta excusa para estar un rato a solas con ella.

- Es que como soy nueva en la ciudad, no he traído desde Caracas mi camioneta. Tengo el apartamento hecho un desastre, ni siquiera he desempacado la mudanza-, comentó.

- Pues cuenta con mi ayuda, y por lo del transporte no te preocupes, Adriana, yo desde hoy puedo darte la cola hasta que traigas tu vehículo-, se ofreció él, sin permitirle negarse de ninguna manera.

La noche de ese día, salieron juntos de la agencia y cenaron camino al piso de ella. José Luis sólo charló, comió y la dejó en la puerta del edificio, como todo el caballero que es, con la promesa de ayudarla a desempacar dos días después, el sábado, día que, además, escogieron para que él la llevara a conocer la playa.

Pero el viaje al mar nunca se dio. Desde el mismo momento en que José Luis atravesó el umbral de la puerta, entre él y Adriana todo cambió. Atrás quedaron las palabras escogidas, las distancias verbales, las falsas ganas de ser políticamente correctos y la norma empresarial de prohibición de relaciones entre los empleados. Mientras abrían cajas y acomodaban adornos, muebles, libros y gavetas, las voces se tornaron más profundas, las frases más directas y el doble sentido dejó de serlo.

El juego de seducción los sorprendió en medio de temas de Buddha Bar, incienso y tragos de Smirnoff Ice. Ella no dejaba de mirarle el “paquete” a José Luis, abultado de tanto desear el paso siguiente y por el efecto del estimulante aroma de la piel de Adriana. Ella se fue a su habitación y regresó vestida con una delicada bata de seda, estampada con figuras asiáticas. A él, el pecho le latía como estampida de animales, al observar aquella bella mujer, con roja cabellera y piel exageradamente blanca. Se le acercó por la espalda y, mientras con un brazo la estrechó contra su cuerpo, con la otra le apartó el pelo para besarle la nuca. Allí descubrió una espalda y unos hombros salpicados de doradas pecas y la ausencia del sostén.

José Luis la giró tomándola por la cintura, dejó caer sus manos sobre los firmes glúteos de Adriana y acercó su rostro a milímetros del de ella, esperando a ver cuál de los dos sucumbía primero al deseo de enredar sus lenguas y mordisquearse los labios. Mientras arriba había una guerra de egos cara a cara, abajo las caderas de ambos se dejaban llevar por las notas de Une Table À Trois, momentos que ella aprovechó para explorar, al contacto con su bajo-vientre, la dureza de la erección de él.

- Se siente grande-, dijo Adriana con la voz entrecortada.

- Cuando quieras lo verificas-, respondió él con una sonrisa pícara en el rostro.

Las bocas se juntaron y la seda china se discurrió hasta caer al piso. Ella quedó plenamente desnuda, con los pezones erectos rozando el pecho de quien ahora se convirtió en su amante. Sin mucho protocolo le quitó la camisa y lamió las tetillas. Decidida a dirigir el concierto, se posó de rodillas sobre la alfombra y con decisión terminó de desvestirlo mientras él sólo se dejaba llevar.

La sospecha de Adriana era cierta: las dimensiones del falo de José Luis sobrepasaban sus conocimientos previos de anatomía masculina. Emocionada, comenzó a besarle los testículos, a lamerlos, chuparlos. Con una destreza sorprendente, pasaba la lengua desde la base hasta la cabeza, acariciaba sus labios con toda la longitud del hombre, mientras él se halló perdido en un mar de sensaciones genitales. Lo mejor vino poco después, cuando Adriana abrió la boca para chupar la pieza completa. Fue un juego de lengua, paladar, garganta y unas manos traviesas que pusieron a José Luis en su punto.

Hambriento, él la levantó y la cargó hasta la habitación, la posó sobre la cama, le separó las piernas y tras unos segundos de contemplarla desde los ojos hasta la perfecta depilación púbica, se dedicó a devolverle la maravillosa estimulación oral que ella le brindó. Enterró el rostro en la entrepierna de Adriana y le comió el coño hasta hacerla explotar en un primer orgasmo que la sacudió como descarga de alto voltaje. Pocos minutos pasaron cuando él fue por lo que ahora consideraba suyo. Se subió sobre su amante y posó la punta de su palpitante pene en la entrada vaginal. Le advirtió que lo que vendría tendría de todo, menos marcha atrás, y se fue metiendo en ella poco a poco, hasta introducir los 21 centímetros de virilidad que la naturaleza le proporcionó.

Ella los recibió gustosa y en interminables zigzagueos de cadera consiguió su segundo orgasmo. Le pidió que le permitiera llevarlo al climax y él accedió. Lo acostó boca arriba, le separó las piernas y se dedicó a darle una mamada espectacular. No dejó nada por fuera: le comió el falo, los testículos y mucho más abajo serpenteó la lengua en el “patio” de José Luis, sin dejar de acariciarle el miembro. Él se dejó llevar ante tan entregado desempeño de Adriana, quien parecía querer comerse vivo a su compañero de trabajo. Y así, ella logró su objetivo. Llevó al hombre a punto de ebullición haciéndolo acabar dentro de la boca, sin dejar que se desperdiciara ni una gota de semen. Se lo tragó.

Amanecieron juntos dos días seguidos, aunque las cajas con la mudanza permanecían casi intactas. El lunes salieron del apartamento rumbo a la agencia. Llegaron por separado.

-Buenos días, licenciada, ¿cómo estuvo su fin de semana?, preguntó José Luis.

-Buen día, colega. Todo muy bien, gracias. ¿Y usted?

jueves, 21 de enero de 2010

Ser o no ser

El “semiadiós” fue inminente, como inminentes serán nuestros reencuentros entre sábanas, las azules, las celestes, las beige… o la cama sin vestido, revuelta y húmeda de sudor y savia de nuestros sexos. Las tardes de ducha sin mojarte el cabello, las noches de intentar ser el complemento, el desahogo del ardor de cuerpos ávidos. No hay amor, o al menos no ese idealizado, pendejo, irracional. Eso espero. No estaba ni estará en los planes. “Esto es carne”, te repetía de vez en cuando, cada vez que te miraba confundida, queriendo ganar terreno. Pero el muro está en pie como el de la frontera de Gaza.
Para lo que no hay freno es para la piel, y menos para la tuya, mujer de cuerpo delgadísimo, estilado. Para tu cabellera despeinada y tu suave lengua, para tus gritos hondos de placer cuando tu entrepierna recibe sin inhibiciones la dureza de mi miembro, ese que lames como con ingenua ternura, pero luego devoras con el coño como si fuera el último polvo de tu vida. Esa fuerza me gusta, me excita recordarlo.

“Flaca”, te gusta que te llame, y así te digo desde que te conocí e intenté seducirte casi de inmediato, pero no estabas interesada. No me importó. “Lo que es del cura va para la iglesia”, pensé y aguardé. El tiempo me dio la razón y cuando menos te lo esperabas te oí gemir extasiada por la llegada de un orgasmo provocado por el vaivén de mis caderas, por el bombeo de mi virilidad, por el roce de mi verga en el punto exacto dentro de tu coño. Te escuché susurrar mi nombre con la voz entrecortada –no sabías si llorar o reír- y te vi quedarte dormida sobre mi pecho. Lo hicimos muchas veces más. No las conté, pero fueron bastantes y buenas.


“Ser o no ser, he ahí el dilema”, escribió William Shakespeare en su obra Hamlet. Célebre frase, sin duda. Pero, sin pretender mejorar la sabiduría del autor inglés, creo que el verdadero conflicto está en “Ser o pretender ser”. Yo no pretendo ser más de lo que soy ni dar mucho más de lo que doy. Esa es mi oferta. Yo soy. Y eso no me hace diferente. Lo distinto es que lo digo de entrada. Sé que la sensatez, aunque es muy solicitada, no es fácil de digerir cuando choca de frente, cuando piden la verdad esperando que les mientan.


Compartimos muchos gustos: la música, la literatura, la poesía. También nos fascina el sexo y juntos lo hacemos muy bien ¿Verdad? A ti, me has dicho, te complace la longitud de mi hombría y mi dominio de la herramienta. A mí me atrae, te he dicho, la forma como administras las escasas curvas de tu cuerpo para lucir como la musa de un escultor. Y yo, cual niño tremendo que ve algo bello y lo quiere marcar como propio, disfruto derramando sobre tu figura la humedad de mi clímax.


Por eso, después del “semiadiós”, esperaré cuanto sea necesario para volver a sentir y hacerte sentir, “flaca”. Ya sabes que aquí no hay amor idealizado, pendejo o irracional. Esto es carne. ¡Esto es carne! Esa es mi oferta.

sábado, 25 de julio de 2009

A dos bocas

Advertencia: El siguiente es un relato erótico. Su contenido podría ser ofensivo para algunas audiencias, por lo cual, si se siente sensible a este tipo de vocabulario y recursos literarios, le invito a dejar de leer.

Atte: El Cantinero


Aún tenía puesto su traje cuando el timbre sonó. Recién llegaba de la oficina. Ese día, Iván se puso su mejor corbata porque cumplía años. Comenzó a quitarse el saco mientras caminaba, aburrido, hacia la puerta de su apartamento: un estudio de un solo ambiente, bien organizado y lo suficientemente cómodo para vivir a sus anchas. Al entrar se podía apreciar la mesa de trabajo, llena de planos, lápices, regla T y escuadras. Nunca estaba realmente organizada, pero, para él, el orden se suscribía sólo a su apariencia personal. Lo demás no era necesario. El timbre volvió a sonar, Iván aflojó el nudo de la corbata sin sospechar que Giovanna, su asistente y ex novia, estaba al otro lado de la puerta con un “regalo” realmente especial.
Tenían un pasado en común. Durante dos años fueron pareja, tiempo en el cual vivieron una relación extrema. Ella, hermosa descendiente de padre italiano y madre eslovaca, tenía el fenotipo que a él le encanta: alta, delgada, de piel blanca, manos refinadas, pechos 34B sobre un torso afilado, como su perfil. Si hay algo que a Iván le gusta de su ex es la nariz, perfectamente recta. Ella cuenta con una belleza exótica. Ojos de verde profundo con una delgada línea negra que bordea el iris, cabello largo y negro, muy negro, tan negro y brillante como el carbón mineral. Tiene el cuerpo estilizado como el de las modelos, con unas nalgas increíblemente redondas y firmes. Es hermosa. Él abrió la puerta.
- Hola Iván –dijo ella con mirada de Porno Star- ¿Cómo piensas celebrar tu cumpleaños?
- Contigo, su… supongo. –Tartamudeó él-
- Sí, conmigo… y con ella –Sentenció Giovanna mientras halaba por el brazo a una hermosa rubia que parecía su propia versión, pero en castaño claro y con tetas 36C. –Te presento a mi prima Rebecca. – Dijo sonriendo mientras la otra mostraba una mirada fugaz, temerosa, como apenada, pero pícara.
Ambas vestían de gala. Rebecca, un par de años más joven que Gio. Ya era mucho desear. Se abalanzaron sobre el cuerpo trémulo de Iván, como vampiresas sedientas, no de sangre, sino de la saliva y semen.
Sólo hay algo más divino que una mamada: una mamada a dos bocas.

Y así, sin dejarlo reaccionar, Gio y Rebecca bajaron el zíper, soltaron el cinturón, el botón del pantalón y en cuestión de segundos se atragantaban con el rígido y palpitante falo de Iván.
- ¿Viste? No mentí al decirte que te ibas a sorprender con el tamaño de esta pieza única. –Afirmó Gio ante los ojos en redondel y la boca abierta, en gesto de asombro, en el rostro de Becca-.
Al principio Iván estaba algo confundido. No lo dejaron pronunciar palabra. A cada intento de decir algo le ponían los dedos en la boca con un imperativo “Shsssss”. Él se dejó llevar.
Las chicas comenzaron un juego oral insuperable. Mientras una estimulaba el glande, la otra succionaba fuerte los testículos, luego se intercambiaban la posición. Juntas lamían de arriba abajo, de adelante a atrás, de un lado al otro, toda la longitud -poco común- de Iván. Luego, como una coreografía ensayada hasta perfeccionarla, posaron sus bocas simétricamente en la parte más baja del falo y en sincronía lamían y chupaban desde el la base del tallo hasta el capullo. Más de una vez se encontraron sus labios y aprovecharon para darse profundos besos de lengua que incluían la rosada cabeza del miembro viril de Iván. Mientras hacían todo esto, nunca le dejaron de acariciar los muslos, las nalgas, el abdomen, el pecho. Él les devolvía el gesto tocando suavemente sus cabelleras, mejillas y la parte alta de sus espaldas.
Cuando estuvo a punto de ebullición, Iván les rogó que terminaran de desvestirse para penetrarlas. Ellas, complacidas con la propuesta, lo hicieron sin dejar de besarse y tocarse entre sí. En medio de un espectacular encuentro lésbico de orígenes europeos, Iván se quitó el resto de la ropa para quedar a merced de un par de coños perfectamente depilados y bondadosos pechos de erectos pezones rosados y areolas pequeñas.
Ellas no escatimaron esfuerzo para darle y darse placer. Gio, directora de la orquesta sexual, se recostó boca arriba sobre el sofá y le ordenó a Becca que se acostara sobre ella en posición de 69. Mientras se comían el coño mutuamente, le pidió a Iván que penetrara a su prima, que la enculara. Ella se encargaría de lo demás. Y así, él apoyó la punta del falo en el hoyo más estrecho de la rubia y la penetró delicado, mientras a la chica se le escapaban suspiros y gemidos de “dolor-placer”, al ritmo de la lengua de Giovanna girando cual torbellino sobre su rosado clítoris.
Iván entró y salió, empujó y jaló, estrelló sus caderas contra las de Becca. Giovanna intercambió “amor oral” y “digital” con su prima. La directora decidió que todos deberían acabar y como buena guía puso a su prima a punto, se preparó para su clímax y le pidió a Iván que eyaculara… en su boca. Fue una fórmula perfecta: cuando vio que el hombre comenzaba a encorvarse de placer, dio la orden a su prima para que juntas soltaran sus orgasmos contenidos. Único. Un polvo triple.
Iván sacó el falo del culo de Rebecca para derramar el semen a borbotones en la boca, abierta en medio de un gemido, de Giovanna. Ella compartió luego la recompensa con su compañera de aventuras en un profundo beso.
- ¿Te gustó el regalo? – Preguntó Giovanna conociendo la respuesta.
- Nunca había recibido algo tan especial y único. – Dijo él mientras terminaban la velada con un beso a tres bocas bajo el chorro de la ducha.
- Definitivamente es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido en 36 años.

martes, 2 de junio de 2009

Al día siguiente

ADVERTENCIA: El siguiente es un relato erótico en el cual se utilizaron palabras y se recrearon situaciones que podrían ofender a ciertas audiencias. Si usted se considera mojigato y pacato, no siga leyendo; de lo contrario le invito a seguir con la lectura.

Atte: El Cantinero


Al día siguiente, ambos, cada cual por su lado, quiso culpar al alcohol. Pero la verdad es que los efectos etílicos ya se habían disipado cuando, a la mañana siguiente de la velada, Josefina y Luis decidieron echar otro polvo, un “mañanero”, como forma de repasar lo de la noche y la madrugada anterior, y no dejar dudas sobre el desempeño sexual de cada uno. Los dos sabían que aunque las sensaciones fueron “de otro planeta”, la borrachera les impidió acabar: ella no consiguió su orgasmo y a él se le durmió varias veces el miembro entre torpes intentos de ponerse el condón.

De lo que no había duda era del gusto mutuo, de las ganas que se tenían casi desde el mismo instante en que se vieron por primera vez.

- Uhmmm… ¿Y este papasito de dónde salió?- Pensó ella cuando lo vio entrar a la oficina del rector.

- ¡Uf! Que culo tiene esta mami, y que manos tan sensuales.- Meditó él luego de distinguirla entre un pequeño grupo de muchachas.


Lo demás vino casi por “causalidad”. Él vagaba por el Messenger buscando a alguien con quien ir al cumpleaños de Manolo, su amigo, cuando la encontró “No disponible” en un rincón de la ventana del mensajero.




Luis69 dice: Hola muñeca… xD

(L)JosefinitaLove(L) dice: Wow!!! Q agradable sorpresa. Bien y tu, lindo caballero ;)


De allí en adelante se adularon, se dijeron cosas indecibles en una primera charla, gracias a la impersonalidad del chat. ¡Oh, magia tecnológica que desinhibe corazones, porque no se miran a la cara mientras chatean! (Nota del autor).

Que “me gustaron tus manos”, que si “me encanta cómo te luce el candadito”, que “tu figura me estremece”, que “que locos estamos diciéndonos esto, si es la primera vez que “charlamos”… Así transcurrieron unos 40 minutos antes de que Luis le hiciera el disparo:

- Te paso buscando a tu casa en media hora- la invitó.

– Dame un poco más de tiempo, cariño, que debo inventar algo en mi casa y prepararme para nuestra primera cita.- respondió ella.


Y así comenzó todo. Hora y media más tarde estaban instalados, campaneando Whisky 12 años en un cómodo sofá, sin prestarle mayor atención al resto de los invitados ni al cumpleañero. Dos horas más transcurrieron y se les enredó el habla por el aturdimiento del escocés, por lo cual decidieron guardar sus lenguas donde no estorbaran: cada uno en la boca del otro.

Se escabulleron a una habitación y allí hicieron un primer intento, pero fueron interrumpidos cuando él dibujaba culebritas de saliva con su lengua por la cara interna de los muslos de ella, en franca travesía hacia un único destino. Frustrada la primera intentona, él decidió llevársela a su apartamento y rematar allí lo que ya no tenía vuelta atrás. Pero los excesos son definitivamente malos, sobre todo el del alcohol que todo lo tumba, desde un corsario vikingo hasta un pene ávido de zambullirse en las profundidades de un coño desconocido.

Entre intentos fracasados de penetraciones, él medio flácido y ella reseca, y unos condones a los cuales no les encontraban la forma de desenrollarlos, Luis y Josefina se durmieron creyendo haber pasado la mejor noche de su reciente historia.

Al amanecer ninguno quería abrir los ojos para no confirmar con la mirada lo que al roce de los cuerpos se sabía: durmieron juntos. Finalmente él dio los buenos días y como buen anfitrión ofreció preparar café, algo de desayunar. Ella le dijo que estaba apurada, que aquello no estaba bien, que si “el licor”, que “qué pensarás de mí”, y toda aquella parafernalia femenina que busca convencer a los hombres de lo que ya no hace falta. Él la calmó, le dijo que estaba “bien”, que sólo se dejaron “llevar”, que a él le había “encantado” y que le “gustaría repetirlo”. Josefina sonrió como quien se toma una foto a sí mismo en picado con el teléfono celular.

Se supo atractiva por palabras de Luis y entendió que esa era su oportunidad de desquitarse de un fulano que no le hacía ver lo que realmente valía. Él entendió el mensaje y no tardó en dejar caer la toalla que tapaba su verga, ahora sí, bien dura, y ella lo recompensó soltando la sábana con la cual ocultaba sus pechos. Fue allí cuando realmente se contemplaron como Dios manda.

Comenzaron con besos profundos, de lengua entera, de labios chupados con fuerza, de mordidas suaves y vertiginosas. Luis no perdía oportunidad de acariciarle las nalgas, esas que tanto lo deslumbraban, de pasar sus dedos entre esas dos redondas piezas de carne y estimularla mientras ella le devolvía el gesto estregando su coño, sentada sobre el falo ardiente de su amante. Ambos, sin decirlo ni proponerlo, querían gozarse mutuamente, quizás pensando en la posibilidad de que aquel encuentro no se repitiera.

Luis le chupó las tetas a dos tiempos: suave con la punta de la lengua y fuerte con la boca entera. Ella le acarició y besó el pecho a él, lamió sus tetillas y las mordió con picardía mientras bajaba poco a poco buscando hacerle una felación. Al llegar al miembro viril, lo agarró con una mano en la base, mientras con la otra sobaba los testículos. Lo miró con ansias y se lo tragó a mamadas profundas y fuertes. Desde su posición, Josefina miró a su amante a los ojos y no encontró su mirada, puesto que la sensación que con la boca ella le generaba, él perdió el control de su cuerpo.

¡Eso sí es una mamada de huevo! Susurró Luis entre dientes mientras Josefina metía ambos testículos en su boca y a la vez acariciaba su rostro con el falo húmedo. Se golpeaba los labios y la lengua con el “látigo”, lamía desde la cabeza a la base y de la base a la cabeza, usaba los dientes, la garganta, y no temía lamer en los más recónditos rincones de la entrepierna de Luis. Él no hizo menos y se destacó brindándole a su invitada un derroche de sus mejores técnicas para comerse un coño. Luis supo que logró su cometido cuando al mirarla a la cara notó que los ojos de Josefina estaban volteados y los gemidos retumbaban en paredes y ventanas.

No jugaron con tantas posiciones. A esas alturas del sexo sólo querían acabar. Ella se montó sobre el hombre hundiendo el falo endemoniado de Luis en su coño. Subió, bajó, avanzó, retrocedió, se estregó, se meneó; le clavó las uñas en el pecho, gimió, se sacudió… ¡Orgasmo! Él no pedió el tiempo y la volteó. “Ponte en cuatro”, exigió, y ella dócilmente asumió la posición. Al fin la tenía como quería, con su trasero explayado, digno paisaje de los dioses. La penetró sin miramientos, arrebatado por la lujuria. Entró y salió, adelante y atrás, se meneó, la acarició, le dio una nalgada que sonó como música de ángeles. A ella le gustó. La tomó por las caderas y arremetió con firmeza. “¿Te puedo acabar adentro?”, preguntó con voz entrecortada por la cercanía del orgasmo. “No, quiero que lo saques, quiero sentir que me acabas sobre el culo”, rogó ella. Sus deseos fueron órdenes. Luego ambos se desvanecieron, durmieron otra siesta y se despidieron.

Y aunque insistan en culpar al alcohol, Josefina y Luis saben muy bien que durante el polvo mañanero ya del licor sólo quedaba el recuerdo.

jueves, 15 de enero de 2009

Te amo en Caracas

ADVERTENCIA: El Siguiente es un relato erótico que contiene expresiones que podrían herir suseptibilidades en algunos lectores. Si es usted una personas sensible a expresiones sexuales explícitas, le invito a desistir de esta lectura.

Atte: El Cantinero




-Ahhhhhhh- exhaló ella. -Me encanta tu huevo- Le susurró al oído mientras él, con la punta del falo posado en el fondo de su sexo, sitió el alboroto de hormonas, la feria de sensaciones, el hormigueo incesante que desde su interior -desde cada rincón de su cuerpo- se arremolinaban en un conjunto de pequeñas explosiones que de a poco se fueron convirtiendo en una erupción volcánica. Su vientre se sacude, su vagina dilata y contrae, su lengua busca la de él y la encuentra. Sus entrañas palpitan cada vez más rápido; chilla, lame su cuello, chupa sus labios, el blanco de los ojos se le carga de finas líneas rojas, la vena en su frente brota, manan lágrimas... su orgasmo explota. Llanto y risa dan lo mismo. El corazón cabalga. Un segundo más tarde, él se corre dentro de ella. Su verga da latigazos dentro de ella, se sacude, se hincha. Él gime, aúlla, gruñe... Ella lo observa –él sabe que a ella le encanta su cara de orgasmo- y disfruta del espectáculo. A ella le fascina ver a su animal salvaje, a la bestia lujuriosa. El semen corre a borbotones: dos, tres, cuatro, cinco contracciones -a contratiempo- cinco chorros, cinco derrames. Él inhala. Exhala. Lo deja morir adentro. Se consumen en un beso húmedo hasta que sus respiraciones vuelven a la normalidad.

Él piensa: “miles de veces he hecho recorridos mentales por mi vida entera y miles de veces me he convencido de que nunca he tenido, jamás, una sensación que supere a lo que siento cuando acabo dentro de ti”. Suspira. Ella, por su parte, piensa que ninguno de sus anteriores novios la habían hecho sentir lo que él logra con su imponente vara y su insaciable lujuria.

Ya no están juntos. Esta ciudad le trae recuerdos de ella, todo huele a ella, todo sabe a ella. “Ella está en todas partes”, piensa melancólico: en el Metro, en la Francisco Fajardo, en Altamira, en el Aula Magna de la UCV, en el mercado del Cementerio, en el Sambil, en El Tolón, en el Warairarepano. La luz cambia a rojo. Él detiene la marcha en Las Mercedes, mira a los lados y ve gente, locales, carros, policías; pero sólo piensa en ella. La imagina dentro de los locales, manejando todos los carros o guiando el tráfico con uniforme y chapa. Caracas es ella. Ya saliendo de la capital, se enrumba hacia la autopista de Oriente. Guarenas, Guatire. De paso por estas ciudades satélites mira a la izquierda y ve el muro del hospedaje, en lo alto de una loma, que asemeja a un castillo medieval con el nombre de la fortaleza del legendario Rey Arturo. Los recuerdos se estremecen y lo transportan a aquel viaje, uno de tantos, en el que con ella conoció, entre las sábanas de ese lugar, mucho más que el poema de “Lancelot, el Caballero de la Carreta”. Si ya hacerle el amor le parecía mejor cada vez, él estaba convencido que esa vez, en el motel Camelot, habían tenido el mejor sexo desde que su amor nació, y murió.

Aunque ella siempre lo acusó de tener mala memoria, él estaba convencido de no haber olvidado ni un solo detalle de esa noche: los besos alargados sazonados con caricias tiernas y profundas, la forma de quitarse mutuamente las prendas de vestir, lento y sin apuros; cada centímetro de la piel del cuello que le recorrió con la punta de la lengua, de arriba hacia abajo, hacia los lados, en la nuca, los hombros. Con la lengua siguió bajando, acarició la clavícula entera desde el hombro hasta el hoyito donde se encuentra con la otra; le apretaba los pechos por encima de la ropa, la abrazó fuerte contra su cuerpo, para que sintiera el tamaño de la erección; le acarició y apretó las nalgas, metió sus manos entre el pantalón, y así, abrazados se dejaron caer sobre la cómoda cama rodeada de espejos. Nada como una habitación forrada de espejos.

Ya desnudos, él se dedicó a estimularla sólo con su boca: recorrió todo su cuerpo hasta estacionar su lengua en la entrepierna. Allí se olvidó de sí mismo y generosamente le comió el coño hasta hacerla gritar de placer. Aunque el falo estaba a punto de explotarle de la excitación, él renunció -por un momento- a su placer genital para concentrarse en el de ella. Por dentro él sabía que mientras más se dedicara, mejor iba a ser recompensado. Y así fue. En la cama, en el potro con tela atigrada, en el banco de cerámica, cargada en peso, en la ducha. En todas las posiciones posibles, con el sesenta y nueve, la del perrito (la favorita de ambos). “Me tienes tirando como un adolescente”, le dijo él segundos después del quinto polvo.

Durmieron un rato. Siguió un baño de relajación, enjabonándose mutuamente y sin las manos, y finalmente recobraron el camino, ahora el mismo que sigue él, solo, recordándola y recordando cuánto la amó en Caracas.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Troncal 11

Advertencia: El siguiente es un relato erótico. Su contenido podría ser ofensivo para algunas audiencias, por lo cual, si se siente sensible a este tipo de vocabulario y recursos literarios, le invito a dejar de leer.

Atte: El Cantinero



Siento en mi pecho tu pecho, el latir de tu corazón desbocado; el resoplar de tu respiración agitada en mi cuello, cerca del oído; veo correr por tu nuca y bajar por tu espalda finas gotas de sudor que se deslizan hasta la redondez de tus hermosas nalgas, posadas sobre mis piernas; tus muslos casi envolviendo mi humanidad; y en la profundidad de tu coño siento los espasmos de tu orgasmo, asimétricos como tus gemidos, que exprimen hasta la última gota que mana de mi falo rígido, que se sacude dentro de ti, electrizado. Clímax simultáneo. Resuello. Jadeo. Tu lengua invade mi boca, la mía envuelve a la tuya. Una mirada profunda, cara a cara, donde a través de los ojos y sin hablar nos decimos “¡te amo!”.


Luego observamos a través de las empañadas ventanillas del carro el verdor del campo. Un camión pasa por la carretera, raudo. El carro se mece. Reímos. Todo empezó veinte o treinta kilómetros atrás. Viajamos por la Interestatal 9 hacia tu pueblo. La mañana es fresca, soleada. Al tomar el desvío por la Troncal 11, la vía se hizo más angosta, la vegetación más abundante, el paisaje más natural. La música era acorde con el paseo, 90 kilómetros por hora eran más que suficientes. Apoyé mi mano sobre tu pierna, con picardía. Fui acariciándola lento, fuerte, sobre la tela de tu jean celeste. Poco a poco llegué a donde quería y sentí tu fuego en mis dedos juguetones que, impacientes, se arremolinaban en tu rincón divino.


Mi garganta comenzó a cerrarse, el corazón a latir fuerte, yo sentía el tuyo en tus genitales, los míos latían debajo de la ropa. Solté el botón de tu pantalón y luego bajé el cierre. Vi el turquesa de tu ropa interior. Suspiro. Sístole, diástole. La velocidad del carro bajaba. 70 kph. Te acercaste a mi oreja y la besaste, la lamiste, mientras me devolvías las caricias, te toqueteé las nalgas metiendo mi mano entre tu jean. Apartando el delgado “hilo dental”, sentí de nuevo el fuego abrasador, cada vez más ardiente de tu entrepierna. Tu humedad. Destapaste mi pantalón con ansias y sacaste al animal de su encierro. Noté que lo miraste con lujuria, como si fuera la primera vez. Examinaste de cerca los 24 centímetros de hombre que luego metiste en tu boca ávida, asumiendo la posición propicia para que, mientras me lo chupabas, lamías, besabas e intentabas tragarte de un bocado, yo estimulara con mis dedos esa cosita tuya tan especial, tan húmeda, la perfecta anfitriona de mis deseos.


No sé si te lo he dicho, pero nunca me habían hecho sentir lo que tu logras en mi intimidad con tu boca. Me encanta cuando intentas -sin lograrlo- tragarlo todo. La tibieza del evento, tu suave lengua y sus movimientos, la presión es perfecta -ni mucha ni poca- justa, la velocidad ideal, la mágica punta de tu lengua que siempre sabe dónde posarse. Los movimientos con tus manos, una danza de placer oral. 50 kph, la carretera es nuestra.


Dentro del carro se respiraba sexo, deseo. No aguantamos y decidimos detenernos. Rodamos un poco más, tocándonos, agitados, hasta que vimos el lugar perfecto: una intersección con un camino de tierra, árboles frondosos con buena sombra, cómplice, que ocultaban bien el vehículo. Sólo una antigua valla donde apenas se leía “ El Gua...”. 0 kph. Estábamos a un lado de la Troncal y nadie nos podía ver. Allí nos quitamos las ropas agobiados por el deseo, encendidos en lujuria, un poco atemorizados por la posibilidad de ser descubiertos. Nos entregamos a nuestras bocas, a la estimulación buco-genital mutua. Te penetré con mi lengua, con mis dedos. Tu gemías, besabas, chupabas, resollabas, hasta que entré en ti con toda la furia de mi sexo. A cada milímetro de penetración sentía cómo mi falo iba abriéndose camino en tu divino ser.


Vi tus ojos brillar, tus pupilas dilatadas. Sentí el ardor de tu fuego fusionarse con el mío, y nos soldamos en pasión. Clímax simultáneo. Resuello. Jadeo. Tu lengua invade mi boca, la mía envuelve la tuya. Una mirada profunda, cara a cara, donde a través de los ojos y sin hablar nos decimos “¡te amo!”.

jueves, 26 de junio de 2008

Dorso


Eres fugaz, vas y vienes. Apareces y desapareces de mi vida cuando te place. No sé si soy parte de un juego de seducción al que no fui invitado, pero sí incluido. Ambos sabemos que estamos prohibidos el uno para el otro, pero los dos nos deseamos... al menos yo siempre te deseo y he visto a través de tus ojos cuánto eres capaz de desearme. Me lo has dicho y ya te sentí, sentí la furia de tu sexo. Por eso te extraño, por eso extraño tu piel, extraño, sobre todo, tu espalda (deliro por tu espalda). Esa parte de tu cuerpo donde resbalaron mis labios, donde dejé el rastro del pasar de mi lengua: desde la parte trasera de tu cuello hasta la vertiginosa curva entre tu cintura y lo que está más abajo.

Extraño ver, sin ver, el contorno redondeado de tus senos, hurgar desde todas las poses tratando de encontrar el ángulo perfecto que me permita ver un centímetro más de tus blancos pechos. Extraño dejar que mis manos intenten encontrar un defecto en tu espalda, sabiendo que no lo lograrán. Deseo acercar de nuevo mi rostro a la piel de tu dorso y afinar la vista para ver de cerca cada línea de tu deslumbrante humanidad.

Tu espalda. Extraño... tu espalda. La añoro desde ese pedacito de piel que está en la cima de la montaña rusa de tus formas, hasta ese punto donde tu divina cabellera negra nace y se arremolina. Y tu olor, el olor de tu piel que hace juego con la más sensual forma en que te recuestas, boca abajo, dejándome explorar tu envés, ese que me seduce y que hoy extraño.

Una confesión: Te deseo por muchos motivos y muchas zonas de tu cuerpo me inspiran los más apasionados instintos sexuales, pero ninguno lo hace tanto como esa parte tuya, única, espléndida. Tu dorso. Sé que muchos hombres te desean por tu lindo rostro, por tus pechos o por la estrecha cintura conjugada con la explosión de tus caderas, o tus bellos glúteos. Yo te deseo por tu espalda, luego me fijo en lo demás.

viernes, 6 de junio de 2008

Saltimbanqui

Advertencia: El siguiente es un relato erótico en el cual se utilizaron términos que podrían ser considerados inapropiados por algunos lectores. Si usted es de este tipo de persona, no siga leyendo.



Cuando sentí en la lengua la calidez y humedad del interior de su boca no lo podía creer. Ese primer beso era sólo el punto de partida del encuentro sexual que más he esperado en mi vida, y el más intenso que hasta ahora haya tenido.

Todo comenzó una mañana soleada de mayo. Caliente, sería la mejor definición, y yo estaba, como de costumbre, enredado en mil diligencias: pago de tarjetas de crédito, reunión de padres y representantes en el cole de mi hijo, tomar la cita para hacerle servicio a mi camioneta, reunirme con unos clientes para definir una posible cuenta y bla, bla, bla… Por suerte mi vehículo es nuevo y tiene un excelente aire acondicionado, porque afuera el sol estaba “picante” y el calor agobiaba. Eso demostraban los rostros de los buhoneros que se paran en cada semáforo, ofreciendo antenas de bigote, controles remotos universales, cedés de reggaeton, películas piratas y guarapos.

Mirando esas caras y pensando en todos mis problemas vi su cara. Ese día llevaba puesto un harapiento pantalón que debajo de la negritud del polvo y sudor demostraba lo que alguna vez fue una prenda multicolor, tal vez de tela brillante y atractiva, pero ya no lo era más. Arriba una blusa corta y ajustada, dorada, sin tiros. La pieza de tela retaba a la Ley de La Gravedad sosteniéndose con los redondos pechos, medianos, puntiagudos, firmes, de aquella muchacha de cara sucia pero con sonrisa constante, brillante, tan incandescente como aquel sol de mayo. En la cabeza, una cola recogía su negra y larga cabellera que, a diferencia del resto del atuendo, se percibía limpia.

Vi su show desde mi asiento VIP, en primera fila. Observé fijamente como giraba en el aire y hacía figuras, al son de música imaginaria, unas cintas rosadas que dominaba como la más experta gimnasta rusa. Me gustó su trabajo y la premié con una buena propina. Y debió serlo, porque, cuando ella miró el billete, me recompensó con una exuberante y exótica sonrisa y un profundo “¡gracias!” que sonó como que le nacía de lo más profundo de su pequeña pero hermosa humanidad. Su acento era andino, lo cual me hizo pensar en la posibilidad de que fuera colombiana, cachaca.
La luz cambió a verde y seguí mi camino, pero ya la mañana era diferente: no paré de pensar en esa chica y cada vez que la recordaba me producía una dura erección.

Se me endureció el falo en la cola del banco, frente al escritorio del director del cole, y hasta en el concesionario, donde por primera vez, desde que compré la camioneta, ignoré el sedoso cabello, los ojos verde oliva, la perfilada nariz, los carnosos labios y el redondo culo de Anwar, la chica de padres árabes que está encargada del área de Servicios de la agencia automotriz. Mi memoria me tenía encadenado al recuerdo de esa sonrisa, los bellos dientes y ese hablar “cantaíto” andino de la saltimbanqui… y claro, el vientre plano y la capacidad natural de sostener con la firmeza de sus tetas una pieza de tela que, más que tela, parece trapecista.

Me antojé de esa muchacha. Sí, me antojé, tanto que la soñaba despierto y la pensaba hasta cuando le hacía el amor a mi esposa. Fue así la cosa, tan fuerte, que aunque no fuera necesario, todos los días pasaba por el mismo semáforo para verla: haciendo malabares con bastones de colores, haciendo figuras circulares con bolas de fuego atadas con cables, montada en zancos o haciendo pasos de ballet con sus desgastadas zapatillas. Siempre que pasaba por allí le dejaba una suma de dinero cada vez mayor. Ya cuando ella me veía se acercaba a la camioneta con la sonrisa encendida y antes de que extendiera la mano ya me había dado las gracias. Pero hoy fue diferente. Cuando me vio, no sólo me dio las gracias, sino que a esa palabra le agregó una más que me estremeció: “Gracias, precioso”, dijo, acarició mi rostro mientras me miraba fijamente a los ojos y luego me entregó un brazalete tejido, una bonita artesanía hecho con hilos de colores rastafari.

Estar frente a ese gesto me provocó una serie de emociones que no quiero detallar. Sólo diré que al cambio de luz pisé el acelerador y dos cuadras más adelante decidí volver. Ella, como si me estuviera esperando, había levantado el circo ambulante y lo había guardado en su morral. La sonrisa nunca se le borró del rostro desde que abordó la camioneta hasta este momento, cuando estamos frente a frente, mirándonos a los ojos, semi desnudos y saboreándonos las lenguas y los labios.

Antes de entrar a esta habitación fuimos a almorzar en un sitio a las afueras de la ciudad, donde me confirmó su procedencia. Es caleña. Habían pocos clientes, lo cual facilitó el jugueteo previo: los toqueteos, los besos robados, las caricias por debajo de la mesa, su pie descalzo apretando mi entrepierna y finalmente su mano tomando la mía y guiándola hacia su pecho. Su escultural y perfecto pecho.

Ya estamos acá, con una luz tenue y música ambiental. Tenemos espejos en todos lados incluyendo el techo. Sé que, al igual que a mí, a ella la ataca una ansiedad lujuriosa de comernos vivos, de derrocharnos en sexo. Lo veo en sus ojos y se percibe en su respiración.

Luego de una ducha, mi chica neogranadina salió vistiendo sólo ropa interior. Es hermosa, increíblemente bella: tiene la piel tan blanca, el cabello tan largo y negro. Las tetas parecen más de un relato ficticio que reales, pero lo son, son naturales. Son redondos y proyectados, son 36C, según me dijo, están firmes, mucho. Tiene los pezones erectos y las areolas son pequeñas y rosadas, muy rosadas, y en el borde de la de su seno izquierdo hay un sublime lunar, muy discreto.

Su cintura es menuda, como sus brazos. Las manos, a pesar del trabajo al cual se someten, no tienen callos, las uñas no son muy cortas ni tan largas, y están limpias. Pero más abajo la cosa cambia. Al final de la cintura se expande una torneada cadera que da inicio a un vertiginoso viaje de redondez. Las nalgas son increíblemente redondas y firmes, no hay ni un solo rastro de celulitis ni estrías. Son, en definitiva, las nalgas de alguien que se ejercita, como las de las bailarinas. Al igual que las piernas: son fuertes, de muslos tallados como escultura y sus pies son pequeños y cuidados. La saltimbanqui caleña más bien parece una exuberante modelo de Haute Couture. Cuando la despojé de su impecable prenda interior, me llamó la atención la perfección de cómo las líneas internas de sus muslos se convertían en un definido arco que abriga su exótico coño.

Y cuando digo exótico no peco de exagerado, por el contrario me quedo corto buscando un adjetivo para definir a tan hermosa creación. Le pedí que se recostara, boca abajo, y me le encimé con mi cuerpo desnudo. Apoyé mi cadera sobre la de ella sin hacerle mucho peso, pero dejando que mi verga rozara su piel, besé cada centímetro de su espalda, su cuello, la nuca. Lamí sus orejas y así fui bajando, muy lentamente, milímetro a milímetro, sin dejar de usar mi lengua y labios para estimularla. Cuando llegué a donde termina la espalda y comienza el culo, me concentré en estimular esa zona con mi boca mientras que, con mi mano, exploraba su entrepierna húmeda y jugaba en su jardín con mis dedos.
Seguí bajando el rostro hasta que llegó uno de los momentos más esperados. Con ambas manos le separé las nalgas y me quedé pasmado al mirar lo que vi. Jamás en la vida había presenciado algo tan hermoso. Mi caleña tiene un culo de ensueño, rosado… rosado como el resto de su entrepierna, y un coño carnoso, completamente depilado. No aguanté más y enterré mi rostro entre sus nalgas y seguidamente clavé mi lengua en su culo. La lamí. La lamí. La lamí tanto. Sus gemidos estaban a punto de convertirse en gritos. Sus caderas se mecían al ritmo del vaivén de mi lengua y poco a poco me fue llevando hasta su clítoris. Presioné mi boca contra su vulva y poco a poco le separé los labios, primero los externos, luego los internos, hasta llegar a su semilla. Le latía y yo sentía su corazón en la punta de mi lengua. No sé como describirlo porque no consigo un punto de comparación. Lamí y chupé tanto y tan generosamente, que mi saltimbanqui me devolvió el gesto brindándome una mamada como nunca antes me la habían dado.

No dejó nada para después. Se entregó al felatio como si fuera la última vez que lo haría. Me lo lamió todo, desde la parte más baja de las bolas hasta el borde palpitante de mi glande. En un par de oportunidades intentó tragárselo completo y por poco lo logra. Fueron momentos en que casi me corrí en el fondo de su garganta, pero me pude controlar. Cuando llegó el momento del coito, me estrechó contra su pecho en un abrazo difuso entre ternura y lujuria, y me dijo suavecito al oído “Métamelo por atrás… pártame el culito”, y luego enredó su lengua en mi oreja.

Se lo hice. Debo decir que jamás había cogido un culo tan estrecho y complaciente. Entré y salí a mis anchas. Mi caleña aguantó, como ninguna, mis embestidas de animal salvaje. Luego apoyó su espalda en la cama y colocó una almohada debajo de sus caderas para elevar la pelvis. Me invitó a que me siguiera tirando así, por detrás, y después de unas cuantas penetraciones me pidió que me detuviera, que me acercara. La abracé. Me dijo sosegada que yo le encantaba y luego me ofreció su tesoro: “¿Sabe? Yo nunca he sido penetrada por delante, pero hoy es diferente, usted es diferente. Hágamelo, pero eso sí, tráteme con cuidadito, ¿si?”.

Y con mucho cuidado, pero con firmeza, la desvirgué. Estaba emocionado y ella igual. Hubo algo de dolor, según me dijo, y un poco de sangrado. Hubo lágrimas y luego, de a poco, el placer de mi verga en su vagina la absorbió. Por primera vez tuvo un orgasmo por estimulación del coño y poco después yo me derramé justo donde elle me lo pidió: quité el condón cuando estaba a punto y acabé en su boca. Entre espasmos y corrientazos miré como se saboreaba mi semen, y lo tragó. Luego chupo un poco más y dejó que mi falo muriera en su boca. El sueño nos venció y dormimos hasta el anochecer.

Fue grandioso. Sigue siéndolo. Desde hace cuatro meses, tres días a la semana, paso por el mismo semáforo al mediodía y me escapo con mi caleña, quien sólo me pide que la trate “con cuidadito”.

domingo, 28 de octubre de 2007

Lecho de titanio





ADVERTENCIA: El siguiente es un relato ERÓTICO que por su contenido y vocabulario puede herir susceptibilidades en algunas audiencias. Es considerado como un trabajo literario para el cual se usaron ciertos recursos del lenguaje con el fin único de ilustrar el ambiente, y es extraído, en parte, de la ficción. Si no tiene problemas para leer este tipo de material siga adelante, si no, puede obviar este post y esperar el siguiente trago, ya que no todos contienen una orientación sexual. Gracias, el autor.

P.D. "A los ojos verdes como aceituna, que robaban la luz de la luna de miel en un cuarto de hotel, dulce hotel".
Joaquín Sabina

No puedo creer lo que me pasa con Víctor. Es impresionante cómo con tan sólo decirme que viene por mí me humedezco, me excita, me desespero por tenerlo dentro de mí. El corazón se me va a salir, lo siento latir en mis partes. Su trabajo queda cerca de mi casa, muy cerca. Son… qué sé yo, diez minutos cuando mucho; pero esos seiscientos segundos me enloquecen como si fueran un millón.

Nunca había sentido esto por nadie, en verdad. Ni siquiera por Jaime, mi primer novio, mi primer amor, mi primer hombre. Ese que se llevó aquello que las mujeres tanto guardamos, quizás tontamente, pero que mientras lo tenemos es tan valioso y cuando lo damos nos preguntamos por qué esperamos tanto. Aunque yo no esperé “tanto”. Cuando estuve con Jaime, mi primera vez, pensé que su miembro era el más grande del mundo, hasta lo creí anormal. Él se regodeaba de su “grandeza”. Que mentiroso fue, no era grande nada, pero no lo supe hasta que me empaté con Marcos, a quien paradójicamente conocí a través de Víctor.

En aquellos días Víctor estaba con Mariana, mi amiga de la universidad, la tonta esa. Ahora sé que es una estúpida por haber dejado escapar a ese hombre, pero a la vez me alegra que lo haya soltado. Realmente nunca pensé que íbamos a acabar así, envueltos en esta lujuriosa relación, a veces depravada, pero siempre placentera, plena. No lo pensé, ni siquiera cuando terminé con Marcos y llegué triste a casa de mi amiga un domingo en la mañana y le pedí que me prestara el baño. Él estaba ahí, en la habitación: desnudo, con su falo a media asta y todavía palpitante, goteante. Dormía frente al televisor encendido después de haberse cogido a Mariana hasta hacerla pedir tregua, tal como ella misma me lo confesó. Eso sí es grande, grande; lo más grande que haya visto en mi vida, y lo más intenso que hasta ahora se ha metido entre mis piernas. Pero en ese entonces no me lo imaginé, tal vez porque seguía enamorada de Marcos.

Al imaginar las cosas que pudo hacer con Mariana la entrepierna se me hace agua. Conocerlo tan detalladamente me hace volar la mente. En verdad se deben ver hermosos los dos haciéndolo porque él es lindo, sensual, masculino. Y ella, no se le puede quitar, es bella. No me cuesta reconocer que un poco más que yo, aunque mis ojos color de aceituna, mis tetas de silicón, mi pelo negro, liso y largo, mi cintura de 58 centímetros, vientre plano, mis caderas talladas y mi culito torneado no tienen nada que envidiarle a ninguna.

Tal vez lo que me ata a él es su madurez, como me trata, me halaga, me llena de piropos originales, me habla mientras me penetra y nunca para de besarme toda. O quizás son las locuras, lo atrevidos que somos cuando queremos hacerlo, que es todo el tiempo. Como aquel día cuando se “jubiló” de la oficina alegando una emergencia y todo lo que deseaba era tenerme. Estábamos comenzando. Llegó al frente de mi casa sin avisarme que vendría y, sin bajarse del carro, me llamó al celular para que me asomara a la ventana. Yo estaba en mi habitación en el segundo piso, corrí la cortina y miré a través del vidrio. Me dijo que tenía el miembro parado y lo había sacado del pantalón. Que se masturbaría estacionado allí mientras me observaba, aprovechando que el papel polarizado en los vidrios de su carro no permitía, ni de casualidad, que una mirada allanara el interior de su “nave”. Jugamos un rato a tocarnos en la distancia, yo arriba sin poder observarlo a través del titanio y él abajo, disfrutando del jugueteo de mis dedos en las puntas de mis pezones. No aguanté más. Me puse una minifalda y una franelilla, sin ropa interior. Bajé exaltada por la lujuria y me monté en su carro para rogarle que me cogiera. –Tengo el resto del día libre- me prometió, y extendió su invitación a irnos a un motel donde, según sus propias palabras, me haría acabar cinco veces: dos frotando con su lengua mi clítoris, dos penetrando salvajemente mi sexo y una vez metiendo su gigante y palpitante palo en mi culo. Yo le creí, siempre cumple.

Arrancamos hacia la avenida. Al salir a la autopista comenzó a llover, fue como un regalo del cielo. Él sabe cuánto me excita el ruido de las gotas en el techo del carro, el rechinar del limpiaparabrisas, la gente afuera corriendo y yo adentro estremecida, derramando mis jugos sobre la tela de la falda. Hubo un accidente como a tres kilómetros de donde estábamos, lo que provocó una terrible cola. Media hora después de estar prácticamente estacionados, Víctor comenzó a desesperarse y yo decidí calmarlo. Me quité las sandalias y apoyé mis piernas sobre las suyas, a la vez que toqueteaba mis pezones erectos sobre el algodón de mi ropa. Comencé a acariciarlo con esa parte de mi cuerpo que tanto lo excita: mis pies pequeños, blancos, arregladitos. De vez en cuando separaba las piernas para dejarlo ver mi almeja encendida. Su miembro se puso cual estaca, duro, más bien tieso. Al ver su verga me le eché encima, desesperada. Lo tomé con ambas manos y lo acaricié de arriba abajo sin olvidar sus testículos, los cuales besé y lamí de manera circular. Me encanta chuparle las bolas. Él gemía. Fui subiendo la mamada poco a poco, desde la base hasta la cabeza, recorriendo con la lengua cada una de sus venas a punto de estallar, hasta llegar al glande: rojizo, brillante, grueso. Pero no me hago ilusiones, sé que no me la puedo tragar toda, sino un pequeño trozo, lo que me cabe en la boca.

Confiada del titanio terminé por arrancarme la ropa y me le monté encima buscando que me penetrara. Él sonreía cínicamente mientras me miraba cómo, con mis dedos, separaba los labios de mi vagina afeitada para que el clítoris saltara a la superficie, y él me dejó bajar lentamente, muy lento, hasta que su verga llegó al final de mis entrañas. Sentí cómo corrían por todo mi cuerpo pequeñas e intermitentes descargas eléctricas que nacían y morían en mi vulva, mientras su animal se abría camino en el interior de mi coño. Me dijo que la cola de carros comenzaba a avanzar, pero sólo me importaba subir y bajar tantas veces como fuera necesario hasta que el roce de mi sexo con el suyo nos llevara al clímax. Algunas veces miré a los lados, notando a los otros conductores que pasaban a nuestro lado, delante, detrás. Me excitaba mucho el pensar que nos podían ver, pero no nos veían. Cuando el carro estaba totalmente detenido, Víctor aprovechaba para morder mis pezones, lamer mis tetas, besar mi boca, chupar y morder mi lengua y apretarme fuerte las nalgas. Me encanta. Pero definitivamente ese día la protagonista de la historia era yo, la que dominaba el asunto, la que decidía la profundidad de la penetración, la velocidad de movimiento, la duración del coito. Cuando sentí que él estaba a punto busqué mi orgasmo. Estreché mi pelvis contra la suya logrando la penetración más profunda posible, apoyé el clítoris sobre su huesito y comencé a frotarlo lentamente mientras disfrutaba de lo hondo que llegaba su falo. Su volcán hizo erupción. Sentí toda su descarga dentro de mí, sus palpitaciones y espasmos que se confundían con los míos. Yo exploté, grité… lloré. Lo abracé y besé tiernamente. Sentí que lo amaba. Miré un lado y vi al agente de Tránsito parado junto a la ventanilla haciendo señas con su mano anaranjada. Yo, dentro de mi lecho de titanio, tragué grueso el placer de acabar encima de mi hombre y quedar temblando.


Ya llegó, por fin porque ya no aguanto más.