martes 2 de junio de 2009

Al día siguiente

ADVERTENCIA: El siguiente es un relato erótico en el cual se utilizaron palabras y se recrearon situaciones que podrían ofender a ciertas audiencias. Si usted se considera mojigato y pacato, no siga leyendo; de lo contrario le invito a seguir con la lectura.

Atte: El Cantinero


Al día siguiente, ambos, cada cual por su lado, quiso culpar al alcohol. Pero la verdad es que los efectos etílicos ya se habían disipado cuando, a la mañana siguiente de la velada, Josefina y Luis decidieron echar otro polvo, un “mañanero”, como forma de repasar lo de la noche y la madrugada anterior, y no dejar dudas sobre el desempeño sexual de cada uno. Los dos sabían que aunque las sensaciones fueron “de otro planeta”, la borrachera les impidió acabar: ella no consiguió su orgasmo y a él se le durmió varias veces el miembro entre torpes intentos de ponerse el condón.

De lo que no había duda era del gusto mutuo, de las ganas que se tenían casi desde el mismo instante en que se vieron por primera vez.

- Uhmmm… ¿Y este papasito de dónde salió?- Pensó ella cuando lo vio entrar a la oficina del rector.

- ¡Uf! Que culo tiene esta mami, y que manos tan sensuales.- Meditó él luego de distinguirla entre un pequeño grupo de muchachas.


Lo demás vino casi por “causalidad”. Él vagaba por el Messenger buscando a alguien con quien ir al cumpleaños de Manolo, su amigo, cuando la encontró “No disponible” en un rincón de la ventana del mensajero.




Luis69 dice: Hola muñeca… xD

(L)JosefinitaLove(L) dice: Wow!!! Q agradable sorpresa. Bien y tu, lindo caballero ;)


De allí en adelante se adularon, se dijeron cosas indecibles en una primera charla, gracias a la impersonalidad del chat. ¡Oh, magia tecnológica que desinhibe corazones, porque no se miran a la cara mientras chatean! (Nota del autor).

Que “me gustaron tus manos”, que si “me encanta cómo te luce el candadito”, que “tu figura me estremece”, que “que locos estamos diciéndonos esto, si es la primera vez que “charlamos”… Así transcurrieron unos 40 minutos antes de que Luis le hiciera el disparo:

- Te paso buscando a tu casa en media hora- la invitó.

– Dame un poco más de tiempo, cariño, que debo inventar algo en mi casa y prepararme para nuestra primera cita.- respondió ella.


Y así comenzó todo. Hora y media más tarde estaban instalados, campaneando Whisky 12 años en un cómodo sofá, sin prestarle mayor atención al resto de los invitados ni al cumpleañero. Dos horas más transcurrieron y se les enredó el habla por el aturdimiento del escocés, por lo cual decidieron guardar sus lenguas donde no estorbaran: cada uno en la boca del otro.

Se escabulleron a una habitación y allí hicieron un primer intento, pero fueron interrumpidos cuando él dibujaba culebritas de saliva con su lengua por la cara interna de los muslos de ella, en franca travesía hacia un único destino. Frustrada la primera intentona, él decidió llevársela a su apartamento y rematar allí lo que ya no tenía vuelta atrás. Pero los excesos son definitivamente malos, sobre todo el del alcohol que todo lo tumba, desde un corsario vikingo hasta un pene ávido de zambullirse en las profundidades de un coño desconocido.

Entre intentos fracasados de penetraciones, él medio flácido y ella reseca, y unos condones a los cuales no les encontraban la forma de desenrollarlos, Luis y Josefina se durmieron creyendo haber pasado la mejor noche de su reciente historia.

Al amanecer ninguno quería abrir los ojos para no confirmar con la mirada lo que al roce de los cuerpos se sabía: durmieron juntos. Finalmente él dio los buenos días y como buen anfitrión ofreció preparar café, algo de desayunar. Ella le dijo que estaba apurada, que aquello no estaba bien, que si “el licor”, que “qué pensarás de mí”, y toda aquella parafernalia femenina que busca convencer a los hombres de lo que ya no hace falta. Él la calmó, le dijo que estaba “bien”, que sólo se dejaron “llevar”, que a él le había “encantado” y que le “gustaría repetirlo”. Josefina sonrió como quien se toma una foto a sí mismo en picado con el teléfono celular.

Se supo atractiva por palabras de Luis y entendió que esa era su oportunidad de desquitarse de un fulano que no le hacía ver lo que realmente valía. Él entendió el mensaje y no tardó en dejar caer la toalla que tapaba su verga, ahora sí, bien dura, y ella lo recompensó soltando la sábana con la cual ocultaba sus pechos. Fue allí cuando realmente se contemplaron como Dios manda.

Comenzaron con besos profundos, de lengua entera, de labios chupados con fuerza, de mordidas suaves y vertiginosas. Luis no perdía oportunidad de acariciarle las nalgas, esas que tanto lo deslumbraban, de pasar sus dedos entre esas dos redondas piezas de carne y estimularla mientras ella le devolvía el gesto estregando su coño, sentada sobre el falo ardiente de su amante. Ambos, sin decirlo ni proponerlo, querían gozarse mutuamente, quizás pensando en la posibilidad de que aquel encuentro no se repitiera.

Luis le chupó las tetas a dos tiempos: suave con la punta de la lengua y fuerte con la boca entera. Ella le acarició y besó el pecho a él, lamió sus tetillas y las mordió con picardía mientras bajaba poco a poco buscando hacerle una felación. Al llegar al miembro viril, lo agarró con una mano en la base, mientras con la otra sobaba los testículos. Lo miró con ansias y se lo tragó a mamadas profundas y fuertes. Desde su posición, Josefina miró a su amante a los ojos y no encontró su mirada, puesto que la sensación que con la boca ella le generaba, él perdió el control de su cuerpo.

¡Eso sí es una mamada de huevo! Susurró Luis entre dientes mientras Josefina metía ambos testículos en su boca y a la vez acariciaba su rostro con el falo húmedo. Se golpeaba los labios y la lengua con el “látigo”, lamía desde la cabeza a la base y de la base a la cabeza, usaba los dientes, la garganta, y no temía lamer en los más recónditos rincones de la entrepierna de Luis. Él no hizo menos y se destacó brindándole a su invitada un derroche de sus mejores técnicas para comerse un coño. Luis supo que logró su cometido cuando al mirarla a la cara notó que los ojos de Josefina estaban volteados y los gemidos retumbaban en paredes y ventanas.

No jugaron con tantas posiciones. A esas alturas del sexo sólo querían acabar. Ella se montó sobre el hombre hundiendo el falo endemoniado de Luis en su coño. Subió, bajó, avanzó, retrocedió, se estregó, se meneó; le clavó las uñas en el pecho, gimió, se sacudió… ¡Orgasmo! Él no pedió el tiempo y la volteó. “Ponte en cuatro”, exigió, y ella dócilmente asumió la posición. Al fin la tenía como quería, con su trasero explayado, digno paisaje de los dioses. La penetró sin miramientos, arrebatado por la lujuria. Entró y salió, adelante y atrás, se meneó, la acarició, le dio una nalgada que sonó como música de ángeles. A ella le gustó. La tomó por las caderas y arremetió con firmeza. “¿Te puedo acabar adentro?”, preguntó con voz entrecortada por la cercanía del orgasmo. “No, quiero que lo saques, quiero sentir que me acabas sobre el culo”, rogó ella. Sus deseos fueron órdenes. Luego ambos se desvanecieron, durmieron otra siesta y se despidieron.

Y aunque insistan en culpar al alcohol, Josefina y Luis saben muy bien que durante el polvo mañanero ya del licor sólo quedaba el recuerdo.

martes 27 de enero de 2009

Viaje en una mirada


El viaje no empezó cuando las ruedas del Beechcraft 1900D dejaron de tocar la pista 02-20 de Barcelona, sino cuando ella subió la ventanilla para observar desde su asiento el despegue. El reflejo del sol mañanero, tenue, cálido, entró a la aeronave y se reflejó en el azul profundo e irrepetible de sus ojos. La mano cercana al rostro, con los dedos sostenía su barbilla. Con la otra trataba de acomodar el negro abrigo que la arropaba, manteniéndolo cerrado en el pecho.

Parecía concentrada en lo que afuera veía. Había llevado conmigo un libro, el cual pretendía leer durante el vuelo, pero lo descarté. No quería perderme el espectáculo de tal belleza. No fue difícil mirarla durante el recorrido, como no fue un problema creativo hacer comparaciones de su estampa con las maravillas que el viaje me iba mostrando.

A lo único que no le hallé comparación fue a su mirada: ni el cielo renovado de la mañana, ni las aguas del quieto Caribe -inmediato al abandonar el puerto aéreo- se comparaban con tal perfección. Su mirada era más profunda que el mar, el color más intenso y sincero que el del cielo. Sus blancas manos, menudas y delicadas, adornadas sólo con un discreto anillo y un delgado reloj, ambos tan dorados como su cabello, sostenido con un delicado gancho negro adornado con piezas que semejaban piedras preciosas.

La sobrecargo me invitó un café, una botella de agua, algo de comer. Acepté los dos primeros. La aeronave se mecía delicada entre los cúmulus y pielus, blancos como su piel de porcelana. Abajo los verdes variopintos del suelo venezolano, la costa única, la sombra del ave de acero, daban fe de la cercanía del aterrizaje. Luz amarilla encendida “Fasten seat belt”. Voz distorsionada: “bienvenidos al Aeropuerto Simón Bolívar, que sirve a la ciudad de Caracas”. El viaje llega a su fin. Leve sensación de vacío interno, ruido de llantas y asfalto, zumbido... ding, dong... “manténganse en sus asientos”. Maiquetía. Mi mejor viaje.


Este breve relato fue escrito para la edición enero-febrero 2009 de la revista DESCUBRA de Avior Airlines. Dicha publicación es de distribución gratuita y se puede encontrar en todos los aviones de dicha aerolínea venezolana. 
Mis agradecimientos para Daniela Mogna y Carolina Padrón por pensar en mí y por ofrecerme esta oportunidad.

jueves 15 de enero de 2009

Te amo en Caracas

ADVERTENCIA: El Siguiente es un relato erótico que contiene expresiones que podrían herir suseptibilidades en algunos lectores. Si es usted una personas sensible a expresiones sexuales explícitas, le invito a desistir de esta lectura.

Atte: El Cantinero




-Ahhhhhhh- exhaló ella. -Me encanta tu huevo- Le susurró al oído mientras él, con la punta del falo posado en el fondo de su sexo, sitió el alboroto de hormonas, la feria de sensaciones, el hormigueo incesante que desde su interior -desde cada rincón de su cuerpo- se arremolinaban en un conjunto de pequeñas explosiones que de a poco se fueron convirtiendo en una erupción volcánica. Su vientre se sacude, su vagina dilata y contrae, su lengua busca la de él y la encuentra. Sus entrañas palpitan cada vez más rápido; chilla, lame su cuello, chupa sus labios, el blanco de los ojos se le carga de finas líneas rojas, la vena en su frente brota, manan lágrimas... su orgasmo explota. Llanto y risa dan lo mismo. El corazón cabalga. Un segundo más tarde, él se corre dentro de ella. Su verga da latigazos dentro de ella, se sacude, se hincha. Él gime, aúlla, gruñe... Ella lo observa –él sabe que a ella le encanta su cara de orgasmo- y disfruta del espectáculo. A ella le fascina ver a su animal salvaje, a la bestia lujuriosa. El semen corre a borbotones: dos, tres, cuatro, cinco contracciones -a contratiempo- cinco chorros, cinco derrames. Él inhala. Exhala. Lo deja morir adentro. Se consumen en un beso húmedo hasta que sus respiraciones vuelven a la normalidad.

Él piensa: “miles de veces he hecho recorridos mentales por mi vida entera y miles de veces me he convencido de que nunca he tenido, jamás, una sensación que supere a lo que siento cuando acabo dentro de ti”. Suspira. Ella, por su parte, piensa que ninguno de sus anteriores novios la habían hecho sentir lo que él logra con su imponente vara y su insaciable lujuria.

Ya no están juntos. Esta ciudad le trae recuerdos de ella, todo huele a ella, todo sabe a ella. “Ella está en todas partes”, piensa melancólico: en el Metro, en la Francisco Fajardo, en Altamira, en el Aula Magna de la UCV, en el mercado del Cementerio, en el Sambil, en El Tolón, en el Warairarepano. La luz cambia a rojo. Él detiene la marcha en Las Mercedes, mira a los lados y ve gente, locales, carros, policías; pero sólo piensa en ella. La imagina dentro de los locales, manejando todos los carros o guiando el tráfico con uniforme y chapa. Caracas es ella. Ya saliendo de la capital, se enrumba hacia la autopista de Oriente. Guarenas, Guatire. De paso por estas ciudades satélites mira a la izquierda y ve el muro del hospedaje, en lo alto de una loma, que asemeja a un castillo medieval con el nombre de la fortaleza del legendario Rey Arturo. Los recuerdos se estremecen y lo transportan a aquel viaje, uno de tantos, en el que con ella conoció, entre las sábanas de ese lugar, mucho más que el poema de “Lancelot, el Caballero de la Carreta”. Si ya hacerle el amor le parecía mejor cada vez, él estaba convencido que esa vez, en el motel Camelot, habían tenido el mejor sexo desde que su amor nació, y murió.

Aunque ella siempre lo acusó de tener mala memoria, él estaba convencido de no haber olvidado ni un solo detalle de esa noche: los besos alargados sazonados con caricias tiernas y profundas, la forma de quitarse mutuamente las prendas de vestir, lento y sin apuros; cada centímetro de la piel del cuello que le recorrió con la punta de la lengua, de arriba hacia abajo, hacia los lados, en la nuca, los hombros. Con la lengua siguió bajando, acarició la clavícula entera desde el hombro hasta el hoyito donde se encuentra con la otra; le apretaba los pechos por encima de la ropa, la abrazó fuerte contra su cuerpo, para que sintiera el tamaño de la erección; le acarició y apretó las nalgas, metió sus manos entre el pantalón, y así, abrazados se dejaron caer sobre la cómoda cama rodeada de espejos. Nada como una habitación forrada de espejos.

Ya desnudos, él se dedicó a estimularla sólo con su boca: recorrió todo su cuerpo hasta estacionar su lengua en la entrepierna. Allí se olvidó de sí mismo y generosamente le comió el coño hasta hacerla gritar de placer. Aunque el falo estaba a punto de explotarle de la excitación, él renunció -por un momento- a su placer genital para concentrarse en el de ella. Por dentro él sabía que mientras más se dedicara, mejor iba a ser recompensado. Y así fue. En la cama, en el potro con tela atigrada, en el banco de cerámica, cargada en peso, en la ducha. En todas las posiciones posibles, con el sesenta y nueve, la del perrito (la favorita de ambos). “Me tienes tirando como un adolescente”, le dijo él segundos después del quinto polvo.

Durmieron un rato. Siguió un baño de relajación, enjabonándose mutuamente y sin las manos, y finalmente recobraron el camino, ahora el mismo que sigue él, solo, recordándola y recordando cuánto la amó en Caracas.

miércoles 3 de diciembre de 2008

Troncal 11

Advertencia: El siguiente es un relato erótico. Su contenido podría ser ofensivo para algunas audiencias, por lo cual, si se siente sensible a este tipo de vocabulario y recursos literarios, le invito a dejar de leer.

Atte: El Cantinero



Siento en mi pecho tu pecho, el latir de tu corazón desbocado; el resoplar de tu respiración agitada en mi cuello, cerca del oído; veo correr por tu nuca y bajar por tu espalda finas gotas de sudor que se deslizan hasta la redondez de tus hermosas nalgas, posadas sobre mis piernas; tus muslos casi envolviendo mi humanidad; y en la profundidad de tu coño siento los espasmos de tu orgasmo, asimétricos como tus gemidos, que exprimen hasta la última gota que mana de mi falo rígido, que se sacude dentro de ti, electrizado. Clímax simultáneo. Resuello. Jadeo. Tu lengua invade mi boca, la mía envuelve a la tuya. Una mirada profunda, cara a cara, donde a través de los ojos y sin hablar nos decimos “¡te amo!”.


Luego observamos a través de las empañadas ventanillas del carro el verdor del campo. Un camión pasa por la carretera, raudo. El carro se mece. Reímos. Todo empezó veinte o treinta kilómetros atrás. Viajamos por la Interestatal 9 hacia tu pueblo. La mañana es fresca, soleada. Al tomar el desvío por la Troncal 11, la vía se hizo más angosta, la vegetación más abundante, el paisaje más natural. La música era acorde con el paseo, 90 kilómetros por hora eran más que suficientes. Apoyé mi mano sobre tu pierna, con picardía. Fui acariciándola lento, fuerte, sobre la tela de tu jean celeste. Poco a poco llegué a donde quería y sentí tu fuego en mis dedos juguetones que, impacientes, se arremolinaban en tu rincón divino.


Mi garganta comenzó a cerrarse, el corazón a latir fuerte, yo sentía el tuyo en tus genitales, los míos latían debajo de la ropa. Solté el botón de tu pantalón y luego bajé el cierre. Vi el turquesa de tu ropa interior. Suspiro. Sístole, diástole. La velocidad del carro bajaba. 70 kph. Te acercaste a mi oreja y la besaste, la lamiste, mientras me devolvías las caricias, te toqueteé las nalgas metiendo mi mano entre tu jean. Apartando el delgado “hilo dental”, sentí de nuevo el fuego abrasador, cada vez más ardiente de tu entrepierna. Tu humedad. Destapaste mi pantalón con ansias y sacaste al animal de su encierro. Noté que lo miraste con lujuria, como si fuera la primera vez. Examinaste de cerca los 24 centímetros de hombre que luego metiste en tu boca ávida, asumiendo la posición propicia para que, mientras me lo chupabas, lamías, besabas e intentabas tragarte de un bocado, yo estimulara con mis dedos esa cosita tuya tan especial, tan húmeda, la perfecta anfitriona de mis deseos.


No sé si te lo he dicho, pero nunca me habían hecho sentir lo que tu logras en mi intimidad con tu boca. Me encanta cuando intentas -sin lograrlo- tragarlo todo. La tibieza del evento, tu suave lengua y sus movimientos, la presión es perfecta -ni mucha ni poca- justa, la velocidad ideal, la mágica punta de tu lengua que siempre sabe dónde posarse. Los movimientos con tus manos, una danza de placer oral. 50 kph, la carretera es nuestra.


Dentro del carro se respiraba sexo, deseo. No aguantamos y decidimos detenernos. Rodamos un poco más, tocándonos, agitados, hasta que vimos el lugar perfecto: una intersección con un camino de tierra, árboles frondosos con buena sombra, cómplice, que ocultaban bien el vehículo. Sólo una antigua valla donde apenas se leía “ El Gua...”. 0 kph. Estábamos a un lado de la Troncal y nadie nos podía ver. Allí nos quitamos las ropas agobiados por el deseo, encendidos en lujuria, un poco atemorizados por la posibilidad de ser descubiertos. Nos entregamos a nuestras bocas, a la estimulación buco-genital mutua. Te penetré con mi lengua, con mis dedos. Tu gemías, besabas, chupabas, resollabas, hasta que entré en ti con toda la furia de mi sexo. A cada milímetro de penetración sentía cómo mi falo iba abriéndose camino en tu divino ser.


Vi tus ojos brillar, tus pupilas dilatadas. Sentí el ardor de tu fuego fusionarse con el mío, y nos soldamos en pasión. Clímax simultáneo. Resuello. Jadeo. Tu lengua invade mi boca, la mía envuelve la tuya. Una mirada profunda, cara a cara, donde a través de los ojos y sin hablar nos decimos “¡te amo!”.

martes 25 de noviembre de 2008

Correspondencia

Hola, ¿cómo estás?

Te escribo esta carta porque, haciendo un ejercicio de mea culpa debo reconocer que últimamente no hemos tenido la mejor de las comunicaciones, al punto de perderla por completo y, reconozco, que en gran parte es por mi culpa, por el desespero y la profunda tristeza que me causó nuestra ruptura, lo cual me nubló la capacidad de ver las cosas de una manera más clara, menos enrollada, lo cual conllevó a este mutis asfixiante.

Creo estar seguro de que no quieres saber nada de mi vida, aunque contigo nunca nada era seguro (y eso me encantaba de nuestra relación) y en nuestra última comunicación te dije, lleno de ira, que nunca más sabrías de mí. Terrible error, más que un error es una mentira, porque, hoy día, comprobé de forma científica que para algunas cosas aún te necesito, aunque sea para decirte que cambié la marca de crema dental.

También cambié algunas cosas en "El Palomar", pensando en que quizás a ti te gustaría, aunque en el fondo a mí me gustan más así: Ahora los cortes de carne los guardo en porciones dentro de bolsitas herméticas, siempre hay hielo en el congelador, compré finalmente la tablita para cortar y los ganchos para colgar la ropa que tanta falta hacían en el closet. Me quedó el gusto por el queso crema y la pasta corta y finalmente compré el enjuague, ese y que huele a tango, y que tanto querías probar en nuestra ropa. Sigo viendo Fear Factor, imaginando que tu haces lo mismo. Por cierto, antes de que lo olvide, aún conservo tu paquete de masa de pastelitos, el que le compraste a JP y se quedó en mi refrigerador. Allí estará, porque, por decir la verdad, no tengo el valor de freírlo porque sería como acabar con un recuerdo suyo.

También me gustaría decirte, aunque no estoy seguro de que te resulte importante saberlo, que mi cama siempre está tendida, los platos limpios y que el conserje no ha arreglado aún la estufa. V siempre me pregunta por ti y por JP e insiste en que vayamos a visitarlos. Como entenderás he tenido que arreglármelas para sortear esa situación con ella, y creo que deberá ser así hasta que, algún día, si es que a caso pasa, ella los entierre en su recuerdo de forma definitiva, o simplemente crezca y comprenda toda esta situación. Ahora paso muchísimo más tiempo con ella y ha sido de gran ayuda, una excelente compañía y aunque parezca exagerado, dentro de su inocencia también ha sido una perfecta consejera. Tenemos un nuevo saludo, nos encanta usarlo delante de la gente que nos mira con el rabito del ojo mientras nosotros nos reímos con complicidad.

Del trabajo no hay mucho que decir. En el periódico todo sigue igual y en la universidad tengo un excelente grupo de alumnos, más de cincuenta (casi sesenta) a quienes me encanta aterrarlos y al mismo tiempo consentirlos, ya sabes cómo soy, me paso de pana. Retomando un poco el inicio de esta carta, quiero tomar la iniciativa y, nuevamente, ofrecerte disculpas por mis torpezas y mi falta de delicadeza para muchísimas cosas, tal vez la mayoría de las cosas, pero aún así, pienso (estoy convencido) que, después de dos años amándonos hasta el tuétano de los huesos, de las formas más extremas y alocadas, de darnos tantas cosas y de compartir hasta el cepillo de dientes, no entiendo cómo podemos dejarlo todo a un lado y desperdiciar la posibilidad de seguir contando el uno con el otro, de continuar la relación con la cual comenzamos a conocernos y que tanto me esmeré en cultivar. Nuestra amistad.

Porque, ciertamente ya no podemos ser pareja, amantes, novios; pero no sé por qué tenemos que terminar con lo que, finalmente, fue lo más lindo que hubo entre nosotros: justamente nuestra amistad. Sí, nuestra amistad. Porque ¿sabes? Haciendo un balance del tiempo que compartimos juntos, me di cuenta de que las grandes cosas que hice por ti (si es que alguna se puede catalogar de grande) fueron por la amistad, y creo que lo mismo fue de tu parte, que cada cosa inmensa que recibí, las recibí de la mejor amiga que he tenido, tan buena que, sé, a ciencia cierta, que un buen tiempo me amó apasionadamente y me dedicó grandes experiencias, y compartió conmigo sus más importantes sueños y logros, esa con quien, en contra de todo pronóstico, era capaz de volverme a casar aunque un día juré no volver a hacerlo.

Sólo me queda despedirme, deseándote que sigas siendo la mejor en lo que tu sabes serlo, porque dentro de mí lo seguirás siendo para in sécula seculórum.

lunes 20 de octubre de 2008

VBG-543

Empezaré por el principio. La primera vez que me enamoré corría el año 1988. Sólo tenía 15 años, o al menos esa fue la cuenta que saqué segundos antes de escribir estas líneas. Debe ser así, porque aún usaba camiseta celeste, estudiaba tercer año de bachillerato en el Liceo Rafael María Baralt, allá en mi Maracaibo natal. Me flechó una chica que, un día de tantos, vi acercarse a la parada donde tomaba el transporte público que me llevaba al liceo. Es (todavía existe) una parada de esas donde se estacionan varios “carritos” a esperar que lleguen cinco pasajeros para iniciar la ruta, sin horario, la única regla es que hayan cinco pasajeros.

Habíamos cuatro, yo estaba en el asiento delantero y los tres puestos de atrás estaban completos, es decir, faltaba sólo un pasajero. Eran, quizás, las 6:30 de la mañana. Vi cuando esa chica caminaba a la parada y ¡ZAZ! Me cautivó. En serio que la cosa fue mágica, así como se la pintan a uno en las telenovelas baratas. La vi y tragué grueso, el corazón se me aceleró y sentí como que el rostro se me acalambraba. Suena exagerado, pero así fue, exactamente.

Caminaba acompañada de otra muchacha tan linda como ella, mayor que ella, cuenta que se saca fácil cuando notas que una (mi amor) vestía franela celeste y la otra (quien resultó ser su hermana) llevaba una chemise beige. Más subieron mis pulsaciones cuando noté que se dirigían a la parada, o, lo que es lo mismo, necesitaban tomar el mismo “carrito”. ¡Uff!! Le rogué a Dios que se subieran al transporte donde yo iba, pero había un problema: sólo quedaba un puesto. Dadas las circunstancias, mi ruego pasó del Todopoderoso hacia el chofer, para que las dejara montarse y compartir el estrecho espacio que quedaba en el carro.

Así fue. Hoy, 20 años después, recuerdo claramente aquella sensación de obnubilado y atontado que sentí durante poco más de cinco minutos: su aroma de recién bañada y perfumada, el roce accidental de su piel trigueña, el color de su cabello, muy oscuro, muy corto, recto a nivel de las orejas y la base estaba cortada en degradé. Era un corte de cabello que estaba de moda, por una telenovela llamada Niña Bonita (Rudy Rodríguez). También recuerdo la sonrisa de complicidad que compartía con su hermana.

Fue un flechazo fuerte, emocionante, estremecedor. Al bajarnos en nuestro destino las seguí a ver si iban al mismo centro educativo que yo, puesto que junto a mi liceo quedaba otro. Quería comprobar dónde estudiaban. Pues entraron al Baralt, otro centellazo. Casi saltando entré al salón de clases y les conté a mis más cercanos compañeros lo que me acababa de suceder, la describí a ella y a su hermana y me dispuse a encontrarla. No fue fácil, en un liceo con una matrícula cercana a los 2.000 alumnos. De hecho, no la encontré a ella primero, sino a su hermana, un par de días después de recorrer sin éxito una sabana de aulas y laboratorios. Fue casualidad, digo yo, cuando fui a los salones del 4to año a visitar a un amigo y allí estaba ella, la hermana, linda, con una cola sosteniendo su cabellera, teñida de castaño claro y un montón de cositas de metal en los dientes.

Me quedé pasmado unos segundos y le pregunté a Juan Carlos Zambrano (mi amigo) por la muchacha: “Se llama Marielkis”, dijo sin inmutarse, así, tal cual como él es: inmutable, parco. Le conté mi historia “telenovelesca” y me dijo que me ayudaría. Después de eso la ubiqué más rápido. Su nombre es Mairene Betzy Ferrer Santos, estudiaba primer año de bachillerato, es decir que en ese entonces tendría 12 o 13 años, ¡y que bien distribuidos los tenía!

Desde ese día, cuando la vi a través de la puerta abierta del aula donde ella veía clases, prácticamente no me moví de ese lugar. Ni siquiera cuando, pocos días más tarde, sin habérmele acercado siquiera, supe que uno de mis mejores amigos, Nurvik Villalobos, ya le había tendido su infalible red y ella le había dado el sí. No había reclamo posible, yo sólo se la había descrito y él no sabía que se trataba de la misma muchacha. Mairene, mi primer amor y casi de inmediato mi primer desamor. Pero como en esa época el enamoramiento es del tipo “idealizado”, pensé en que, con tenerla cerca, verla, hablarle, para mí sería suficiente. Un “enamoramiento pendejo”, diría mi papá, pero bueno, así pensé en ese instante.

Pues hice lo que tenía que hacer para poder estar cerca de ella sin “alumbrar” con mi presencia su noviazgo con Nurvik: ya que mis dos mejores amigos (Nurvik y Rubén Darío Barboza) tenían a sus chicas y se la pasaban “intercambiando amor” en cualquier balcón del liceo, pues me “empaté” con quien sería mi primera novia: Yamileth Villalobos, creo (disculpen si soy impreciso, pero ese es el nombre que recuerdo). Era una chiquilla preciosa, de piel blanca, cabello negro largo ondulado, nariz exageradamente perfilada, de muy baja estatura, de manos menudas y suaves. En realidad, una belleza de niña. Pues, y así, teniendo lo que necesitaba para “compartir balcones”, me dediqué a eso, a pasar mis horas libres con mis dos amigos y nuestras novias, de balcón en balcón. Eran horas y horas de besarnos, a veces pienso que a manera de competencia (a ver quién daba el beso más largo) o de experimentar y conocer un poco más de ese insólito e inexplicable universo de la mujer.

No voy a entrar en detalles, pero la primera vez que besé a Yamileth fue, además, la primera vez que besé a una chica. No sé por qué, siempre, desde esa época incluso, la gente que me conoce me adjudica capacidades que me ponen en una posición de superioridad ante el resto de mis similares. Cuestión de actitud, asumo. Y yo, sin haber besado nunca, era observado por mis amigos como todo un besador profesional, como si a los 15 años tuviera mundo suficiente como para haberme convertido en todo un Giacomo Girolamo Casanova. ¡Por Dios¡ Que ilusos.

Bueno, los días fueron pasando, los meses transcurriendo y yo era feliz relacionado con Yamileth y viendo de cerquita a Mairene, lo cual era mi objetivo. Pero como toda relación forzada, mi noviazgo con Yamileth se extinguió mientras la relación de Mairene y Nurvik se apagaba. Lo que no pasaba era mi embeleso por ella y justo después de que ellos terminaron le pedí que fuera mi novia. Me dijo que lo pensaría (terrible costumbre de las mujeres), que le diera tiempo para decidir. Desde entonces me “estacioné” frente a la puerta de su salón, en pleno pasillo principal del liceo, y prácticamente más nunca me moví, sino para irme a casa cuando el timbre sonaba. Al más puro estilo de la famosa escena de Cinema Paradiso, la miraba desde afuera del salón mientras ella veía sus clases, la acompañaba a donde fuera hasta que su papá las iba a buscar, a ella y a su hermana. El señor tenía un Chevrolet-Malibú de color blanco, cuyas matrículas eran VBG-543.

Al día siguiente era lo mismo, llegaba en la mañana y me “apostaba” frente a ese salón. Poco después Mairene me dio el sí “pero con condiciones”, las cuales nunca me expresó. Fue una relación bastante corta pero muy linda, infantil, definitivamente infantil. Ella vivía relativamente cerca de mi casa y recuerdo que un par de veces fui hasta su puerta. Debo confesar que yo le tenía un pánico terrible al papá de Mairene, el señor Melquisidé Ferrer.

El tiempo pasó, la relación se diluyó, yo raspé el año por no entrar a mis clases por velarla a ella y tuve que irme del Rafael María Baralt porque en ese liceo no aceptan alumnos repitientes. Así me fue de la vida mi primer amor, Mairene Betzy Ferrer Santos, de quien guardo el más hermoso recuerdo y a quien, aún hoy día, quiero mucho, aunque sé casi nada de ella. La recuerdo bonito, con un cariño extremo, como si todavía estuviera enamorado de ella. Nunca me sentí mal por la ruptura, al contrario, siempre la he recordado como la primera mujer a quien amé, y con quien descubrí que cuando amo soy capaz de hacer lo que sea por esa persona, me entrego al 100%. Mairene, mi primer amor, mi primer gran recuerdo de vida.

domingo 21 de septiembre de 2008

Estoy y no estoy

Como ejercicio mental voy a intentar hacer un post, en momentos en que no tengo ganas de nada. En momentos en que he roto mi promesa de no escribir desde un cybercafé, rodeado de gente sola tratando de acompañar con bits su soledad, como yo ahora. Como muchos de mis lectores saben, no me molesta para nada la soledad, al contrario, la disfruto. Pero lo que definitivamente no es bueno es la forma de caer en la soledad, luego de pender de un hilo por varios meses queriendo y sin querer caer de una buena vez... explotar y mandar al carajo (y perdonen mi francés) todo lo que creí haber contruido en los dos últimos años de mi vida.

Pues gracias a Dios estudié periodismo, porque como "albañil" habría muerto de hambre, sí, definitivamente lo de la construcción no se me da muy bien. Y como ejemplo tengo mis más recientes fracasos: La separación-divorcio con la madre de mi hija, luego de 13 años de relación (de los cuales los últimos 4 fue sobreviviendo)y ahora mi más joven caída, la ruptura que hace 24 horas decidí concretar con mi última pareja, con quien creí que iba a establecerme.

Aunque esté tomando esa forma, este post no es un lamento, sino un llamado a mí mismo a despertar. A entender que después de los 30 el amor no es rojo ni de forma redondeada. "Amor". Curiosa palabra. Lo que me llama poderosamente la atención es que en días como hoy, tan patéticos como hoy, extraño a todos mis "amores", desde Mairene Ferrer (mi primera novia) hasta la última. De pana, las extraño absolutamente a todas-

Quedan dos minutos, mejor me voy, tal vez vuelva más tarde con una lista de nombres, tal vez no. Perdonen el desastre, pero así me siento hoy.