
Como es mi costumbre, ya cercano a la casa llamé desde el teléfono móvil a mi enamorada. Es un método de doble finalidad: la primera reportar mi llegada “en buen estado” al anexo y tener la última conversación del día. Luego de dar una vuelta “de reconocimiento”, para percatarme de que no habían riesgos de seguridad, mientras charlaba por teléfono estacioné mi Hyundai Tucson en la calle, al frente de la quinta, donde siempre. Cerré el switch, puse el “trancapalancas”, descendí y no di más de cinco pasos hasta la reja. Metí la llave en la cerradura sin interrumpir la conversación, giré la llave, abrí y entré. Sólo faltaba un centímetro para que la puerta cerrara cuando, de manera atropellada, un hombre que segundos antes salió de un carro que permanecía estacionado a pocos metros, impidió a empujones que se trancara la reja. Entró como descontrolado, violento, en su mirada se vía una mezcla de miedo y convicción, se le notaba que en esa dualidad de sentimientos era capaz de cualquier cosa, y de eso no me quedaron dudas cuando, para que dejara de hablar por el celular, introdujo el cañón de la pistola en mi boca.
- ¡Ptssssssss! Cuelga la llamada, cuelga la llamada o te mato. -Me ordenó tratando de susurrar para que los dueños de la casa no notaran lo que ocurría, pero era demasiado tarde. Los perros habían desencadenado el escándalo-.
- ¡¿Qué pasa ahí?!, -gritó mi casero golpeando la puerta de madera que lo separaba de mi dramático escenario-.
- Nada, Oscar, tranquilo… no pasa nada -alcé mi voz temblorosa tratando de evitar que esa puerta se abriera y ocurriera una desgracia-.
Luego de registrarme para asegurarse de que no estaba armado, el asaltante afincó en cañón en mi espalda y me obligó a salir de la casa. “Abre la camioneta”, me dijo, “móntate, móntate”. Tal vez sin pensarlo pero de alguna manera seguro de que la apuesta me saldría bien, decidí tomar el control del asunto apoyado en el pánico que por los poros manaban, tanto el hombre de la pistola como el joven que nos esperaba afuera, su cómplice. Les dije que si la gente de la urbanización, lo veía tras el volante levantaría sospechas, por lo cual en cuestión de segundos lo convencí de que lo mejor era que yo condujera. Y así fue.
Encendí el motor sin quitar el “trancapalancas”, lo cual puso nerviosos a los asaltantes, quienes, cuando les dije que debía cerrar el switch para quitar el seguro, pensaron que era una forma de dilatar el secuestro. Volvieron las amenazas de muerte y

volví a ver de frente el fierro cerca de mi rostro. Olía a aceite 3 en 1, vi la marca: era Beretta, probablemente de calibre 9 milímetros, no creo que menos.
Fueron segundos que parecieron siglos, entre el momento en que dije lo que dije y el momento en que les espeté con convicción: “si no saco el seguro no podremos arrancar”. Mis ojos no dejaron de mirar los del hombre de la pistola. Accedió.
Luego de salir de la urbanización, me exigieron, ya en un tono más sosegado, que detuviera la marcha y que me cambiara de puesto. Todos nos cambiamos. Yo quedé adelante, de “copiloto”, el hombre se puso tras el volante y el joven se fue a la parte trasera. Allí el hombre le entregó la pistola y le recordó las instrucciones: “si intenta algo mátalo, si se pone Popy (payaso) mátalo”. “Noooo, yo creo que él sabe que si inventa, si loquea, es hombre muerto, ¿verdad?”, me preguntó el chico mientras acariciaba la punta del arma en la parte posterior de mi cabeza.
Les dije que conmigo no tendrían problemas, que iba a colaborar con ellos. Fue cuando el hombre reveló sus intensiones: “Si te portas bien todo va a salir bien y esto terminará rápido. Nosotros sabemos que tu trabajas para ganarte la platica y por eso no te vamos a quitar la camioneta, no queremos la camioneta, lo que queremos es dinero. Vamos para un banco y vas a sacar todo el dinero que tengas disponible, después de eso te dejamos ir tranquilito. ¿Trato hecho?” –Preguntó, a lo que respondí de la única manera que podía- “Trato hecho”. Total, la oferta era alentadora si tomaba en cuenta que, si me negaba o los hacía sospechar que no conseguirían su cometido, iba a pasar de ser reportero de sucesos a titular de última página… CONTINUARÁ