En los pocos minutos que transcurrieron hasta que llegamos a una agencia bancaria registraron mis pertenencias, fue así como se enteraron de que soy editor en un periódico, que soy profesor universitario, que me estoy divorciando y hasta hicieron comentarios de irónica ternura al ver las fotos de mi pequeña hija en mi teléfono celular. Lo sabían todo y ni siquiera necesitaron preguntármelo. Parece mentira cuanta información de uno mismo se pude hallar dentro del carro.
El sitio escogido por los hampones fue el centro comercial Neverí Plaza de Barcelona, a menos de dos kilómetros de mi piso, ubicado en una transitada vía y además custodiado por agentes de seguridad privada. Esto último me provocó temor, de pensar que alguno de los serenos (o guachimanes como les decimos en mi país) notara la situación y se le diera por echárselas de héroe. El resultado de algo así, seguramente, sería la muerte de más de uno, incluyéndome. Igual pensaba sobre la posibilidad de que, dadas las horas de la noche (10:30 aproximadamente en ese entonces), algún patrullero pasara y notara mi camioneta estacionada en esa vía, con tres “sujetos en actitud sospechosa”, al frente de un centro comercial donde hay nada más y nada manos que tres agencias bancarias y siete cajeros automáticos. Creo que de haber ocurrido hubiera sido más dramático aún el desenlace e imagino el titular del día después: “Policías dieron muerte a trío asaltantes en refriega a tiros”. Y por supuesto, como de costumbre, me habrían metido en “el mismo saco” que los malandros y, al notar que conmigo se equivocaron, me hubieran “sembrado” uno de sus revólveres oxidados y remendados con cinta adhesiva de electricista, para alegar que yo también andaba en contubernio con los malos para robar uno (o todos) los bancos. O, en el “mejor del peor” de los casos, el titular sería: “Policías frustran robo a bancos y ultiman a delincuentes. En la balacera resultó mortalmente herido un rehén”. ¡Dios que grande eres! Gracias por amarme tanto y por hacer que los policías venezolanos sean ineficientes y perezosos.
Les manifesté a los asaltantes mis temores y ellos me aseguraron que eso no pasaría, que ellos no andaban solos, que habían otros cómplices en carros rondándonos, vigilándonos. “Tenemos varios ‘gariteros’ dando vueltas”, dijo en tono convencido el más joven, mientras el hombre me exigió que le entregara todas mis tarjetas de débito y los códigos para retiro de efectivo por los telecajeros. Traté en vano de convencerlo de que me permitiera ir con él, que me dejara manipular los cajeros automáticos, pero la respuesta fue un “no”, rotundo, casi iracundo. No insistí. Le di los plásticos y en un recibo de Mc Donald le anoté las claves de acceso a las tres cuentas.
El hombre se bajó dejando la camioneta con el motor prendido y con las luces intermitentes encendidas, algo torpe a mi parecer, pero yo estaba en sus manos y sólo me quedaba encomendarme a Dios para que no aparecieran héroes trasnochados ni patrulleros inspirados. El hombre tardó bastante, tanto que fue suficiente para que el ladrón más joven se fastidiara e intentara inocularme algo de aquello del Síndrome de Estocolmo. ¡Que va! A mí no me parece lógico ni mentalmente sano hacer empatía con quien te amenaza de muerte hundiendo un cañón en tu boca, te priva de tu libertad, te despoja del fruto de tu trabajo honesto, te mantiene en zozobra por un tiempo determinado y de quien no se sabe qué esperar. ¡Al diablo con los suecos y sus líos psicológicos!
Dada mi actitud renuente a entablar “una amistad”, el joven comenzó su guerra mental: “¿Tu sabes cuánto duele un tiro?” –me preguntó poco antes de dar pequeños golpes detrás de mi cabeza con la punta del cañón, luego lo puso en mi sien jugando con el percutor, el cual emitía un sonido similar al rechinar del roce de piezas mecánicas; hasta finalmente acercarlo a mi rostro estregándolo sobre mi nariz y mejillas- “¿Sabes o no? Yo sí sé, un tiro duele burda (mucho). ¿Quieres probar?”. –No, no hace falta, te creo- Le dije.
Hoy reflexiono y me pregunto por qué en ese preciso instante no sentía el pánico inicial del asalto, siendo ese, si se quiere, el momento cumbre de las amenazas de muerte que recibí. No lo sé, pero en ese momento no le temía a nada, me sentía invulnerable. Estaba en una especie de estado mental de arrogancia extrema en el cual, tal vez, mi típica actitud de superioridad ante todas las cosas y todas las gentes me hacía creer que ese joven no se atrevería a matarme a mí, tal vez a otros sí, pero a mí no. ¿Valiente? No, en ese momento no eran “bolas” o “cojones”, en ese momento, válgame Dios, era prepotencia.
