ADVERTENCIA: El siguiente es un relato ERÓTICO que por su contenido y vocabulario puede herir susceptibilidades en algunas audiencias. Es considerado como un trabajo literario para el cual se usaron ciertos recursos del lenguaje con el fin único de ilustrar el ambiente, y es extraído, en parte, de la ficción. Si no tiene problemas para leer este tipo de material siga adelante, si no, puede obviar este post y esperar el siguiente trago, ya que no todos contienen una orientación sexual. Gracias, el autor.
P.D. "A los ojos verdes como aceituna, que robaban la luz de la luna de miel en un cuarto de hotel, dulce hotel".
Joaquín Sabina
No puedo creer lo que me pasa con Víctor. Es impresionante cómo con tan sólo decirme que viene por mí me humedezco, me excita, me desespero por tenerlo dentro de mí. El corazón se me va a salir, lo siento latir en mis partes. Su trabajo queda cerca de mi casa, muy cerca. Son… qué sé yo, diez minutos cuando mucho; pero esos seiscientos segundos me enloquecen como si fueran un millón.
Nunca había sentido esto por nadie, en verdad. Ni siquiera por Jaime, mi primer novio, mi primer amor, mi primer hombre. Ese que se llevó aquello que las mujeres tanto guardamos, quizás tontamente, pero que mientras lo tenemos es tan valioso y cuando lo damos nos preguntamos por qué esperamos tanto. Aunque yo no esperé “tanto”. Cuando estuve con Jaime, mi primera vez, pensé que su miembro era el más grande del mundo, hasta lo creí anormal. Él se regodeaba de su “grandeza”. Que mentiroso fue, no era grande nada, pero no lo supe hasta que me empaté con Marcos, a quien paradójicamente conocí a través de Víctor.
En aquellos días Víctor estaba con Mariana, mi amiga de la universidad, la tonta esa. Ahora sé que es una estúpida por haber dejado escapar a ese hombre, pero a la vez me alegra que lo haya soltado. Realmente nunca pensé que íbamos a acabar así, envueltos en esta lujuriosa relación, a veces depravada, pero siempre placentera, plena. No lo pensé, ni siquiera cuando terminé con Marcos y llegué triste a casa de mi amiga un domingo en la mañana y le pedí que me prestara el baño. Él estaba ahí, en la habitación: desnudo, con su falo a media asta y todavía palpitante, goteante. Dormía frente al televisor encendido después de haberse cogido a Mariana hasta hacerla pedir tregua, tal como ella misma me lo confesó. Eso sí es grande, grande; lo más grande que haya visto en mi vida, y lo más intenso que hasta ahora se ha metido entre mis piernas. Pero en ese entonces no me lo imaginé, tal vez porque seguía enamorada de Marcos.
Al imaginar las cosas que pudo hacer con Mariana la entrepierna se me hace agua. Conocerlo tan detalladamente me hace volar la mente. En verdad se deben ver hermosos los dos haciéndolo porque él es lindo, sensual, masculino. Y ella, no se le puede quitar, es bella. No me cuesta reconocer que un poco más que yo, aunque mis ojos color de aceituna, mis tetas de silicón, mi pelo negro, liso y largo, mi cintura de 58 centímetros, vientre plano, mis caderas talladas y mi culito torneado no tienen nada que envidiarle a ninguna.
Tal vez lo que me ata a él es su madurez, como me trata, me halaga, me llena de piropos originales, me habla mientras me penetra y nunca para de besarme toda. O quizás son las locuras, lo atrevidos que somos cuando queremos hacerlo, que es todo el tiempo. Como aquel día cuando se “jubiló” de la oficina alegando una emergencia y todo lo que deseaba era tenerme. Estábamos comenzando. Llegó al frente de mi casa sin avisarme que vendría y, sin bajarse del carro, me llamó al celular para que me asomara a la ventana. Yo estaba en mi habitación en el segundo piso, corrí la cortina y miré a través del vidrio. Me dijo que tenía el miembro parado y lo había sacado del pantalón. Que se masturbaría estacionado allí mientras me observaba, aprovechando que el papel polarizado en los vidrios de su carro no permitía, ni de casualidad, que una mirada allanara el interior de su “nave”. Jugamos un rato a tocarnos en la distancia, yo arriba sin poder observarlo a través del titanio y él abajo, disfrutando del jugueteo de mis dedos en las puntas de mis pezones. No aguanté más. Me puse una minifalda y una franelilla, sin ropa interior. Bajé exaltada por la lujuria y me monté en su carro para rogarle que me cogiera. –Tengo el resto del día libre- me prometió, y extendió su invitación a irnos a un motel donde, según sus propias palabras, me haría acabar cinco veces: dos frotando con su lengua mi clítoris, dos penetrando salvajemente mi sexo y una vez metiendo su gigante y palpitante palo en mi culo. Yo le creí, siempre cumple.
Arrancamos hacia la avenida. Al salir a la autopista comenzó a llover, fue como un regalo del cielo. Él sabe cuánto me excita el ruido de las gotas en el techo del carro, el rechinar del limpiaparabrisas, la gente afuera corriendo y yo adentro estremecida, derramando mis jugos sobre la tela de la falda. Hubo un accidente como a tres kilómetros de donde estábamos, lo que provocó una terrible cola. Media hora después de estar prácticamente estacionados, Víctor comenzó a desesperarse y yo decidí calmarlo. Me quité las sandalias y apoyé mis piernas sobre las suyas, a la vez que toqueteaba mis pezones erectos sobre el algodón de mi ropa. Comencé a acariciarlo con esa parte de mi cuerpo que tanto lo excita: mis pies pequeños, blancos, arregladitos. De vez en cuando separaba las piernas para dejarlo ver mi almeja encendida. Su miembro se puso cual estaca, duro, más bien tieso. Al ver su verga me le eché encima, desesperada. Lo tomé con ambas manos y lo acaricié de arriba abajo sin olvidar sus testículos, los cuales besé y lamí de manera circular. Me encanta chuparle las bolas. Él gemía. Fui subiendo la mamada poco a poco, desde la base hasta la cabeza, recorriendo con la lengua cada una de sus venas a punto de estallar, hasta llegar al glande: rojizo, brillante, grueso. Pero no me hago ilusiones, sé que no me la puedo tragar toda, sino un pequeño trozo, lo que me cabe en la boca.
Confiada del titanio terminé por arrancarme la ropa y me le monté encima buscando que me penetrara. Él sonreía cínicamente mientras me miraba cómo, con mis dedos, separaba los labios de mi vagina afeitada para que el clítoris saltara a la superficie, y él me dejó bajar lentamente, muy lento, hasta que su verga llegó al final de mis entrañas. Sentí cómo corrían por todo mi cuerpo pequeñas e intermitentes descargas eléctricas que nacían y morían en mi vulva, mientras su animal se abría camino en el interior de mi coño. Me dijo que la cola de carros comenzaba a avanzar, pero sólo me importaba subir y bajar tantas veces como fuera necesario hasta que el roce de mi sexo con el suyo nos llevara al clímax. Algunas veces miré a los lados, notando a los otros conductores que pasaban a nuestro lado, delante, detrás. Me excitaba mucho el pensar que nos podían ver, pero no nos veían. Cuando el carro estaba totalmente detenido, Víctor aprovechaba para morder mis pezones, lamer mis tetas, besar mi boca, chupar y morder mi lengua y apretarme fuerte las nalgas. Me encanta. Pero definitivamente ese día la protagonista de la historia era yo, la que dominaba el asunto, la que decidía la profundidad de la penetración, la velocidad de movimiento, la duración del coito. Cuando sentí que él estaba a punto busqué mi orgasmo. Estreché mi pelvis contra la suya logrando la penetración más profunda posible, apoyé el clítoris sobre su huesito y comencé a frotarlo lentamente mientras disfrutaba de lo hondo que llegaba su falo. Su volcán hizo erupción. Sentí toda su descarga dentro de mí, sus palpitaciones y espasmos que se confundían con los míos. Yo exploté, grité… lloré. Lo abracé y besé tiernamente. Sentí que lo amaba. Miré un lado y vi al agente de Tránsito parado junto a la ventanilla haciendo señas con su mano anaranjada. Yo, dentro de mi lecho de titanio, tragué grueso el placer de acabar encima de mi hombre y quedar temblando.
Ya llegó, por fin porque ya no aguanto más.
P.D. "A los ojos verdes como aceituna, que robaban la luz de la luna de miel en un cuarto de hotel, dulce hotel".
Joaquín Sabina

Nunca había sentido esto por nadie, en verdad. Ni siquiera por Jaime, mi primer novio, mi primer amor, mi primer hombre. Ese que se llevó aquello que las mujeres tanto guardamos, quizás tontamente, pero que mientras lo tenemos es tan valioso y cuando lo damos nos preguntamos por qué esperamos tanto. Aunque yo no esperé “tanto”. Cuando estuve con Jaime, mi primera vez, pensé que su miembro era el más grande del mundo, hasta lo creí anormal. Él se regodeaba de su “grandeza”. Que mentiroso fue, no era grande nada, pero no lo supe hasta que me empaté con Marcos, a quien paradójicamente conocí a través de Víctor.
En aquellos días Víctor estaba con Mariana, mi amiga de la universidad, la tonta esa. Ahora sé que es una estúpida por haber dejado escapar a ese hombre, pero a la vez me alegra que lo haya soltado. Realmente nunca pensé que íbamos a acabar así, envueltos en esta lujuriosa relación, a veces depravada, pero siempre placentera, plena. No lo pensé, ni siquiera cuando terminé con Marcos y llegué triste a casa de mi amiga un domingo en la mañana y le pedí que me prestara el baño. Él estaba ahí, en la habitación: desnudo, con su falo a media asta y todavía palpitante, goteante. Dormía frente al televisor encendido después de haberse cogido a Mariana hasta hacerla pedir tregua, tal como ella misma me lo confesó. Eso sí es grande, grande; lo más grande que haya visto en mi vida, y lo más intenso que hasta ahora se ha metido entre mis piernas. Pero en ese entonces no me lo imaginé, tal vez porque seguía enamorada de Marcos.
Al imaginar las cosas que pudo hacer con Mariana la entrepierna se me hace agua. Conocerlo tan detalladamente me hace volar la mente. En verdad se deben ver hermosos los dos haciéndolo porque él es lindo, sensual, masculino. Y ella, no se le puede quitar, es bella. No me cuesta reconocer que un poco más que yo, aunque mis ojos color de aceituna, mis tetas de silicón, mi pelo negro, liso y largo, mi cintura de 58 centímetros, vientre plano, mis caderas talladas y mi culito torneado no tienen nada que envidiarle a ninguna.
Tal vez lo que me ata a él es su madurez, como me trata, me halaga, me llena de piropos originales, me habla mientras me penetra y nunca para de besarme toda. O quizás son las locuras, lo atrevidos que somos cuando queremos hacerlo, que es todo el tiempo. Como aquel día cuando se “jubiló” de la oficina alegando una emergencia y todo lo que deseaba era tenerme. Estábamos comenzando. Llegó al frente de mi casa sin avisarme que vendría y, sin bajarse del carro, me llamó al celular para que me asomara a la ventana. Yo estaba en mi habitación en el segundo piso, corrí la cortina y miré a través del vidrio. Me dijo que tenía el miembro parado y lo había sacado del pantalón. Que se masturbaría estacionado allí mientras me observaba, aprovechando que el papel polarizado en los vidrios de su carro no permitía, ni de casualidad, que una mirada allanara el interior de su “nave”. Jugamos un rato a tocarnos en la distancia, yo arriba sin poder observarlo a través del titanio y él abajo, disfrutando del jugueteo de mis dedos en las puntas de mis pezones. No aguanté más. Me puse una minifalda y una franelilla, sin ropa interior. Bajé exaltada por la lujuria y me monté en su carro para rogarle que me cogiera. –Tengo el resto del día libre- me prometió, y extendió su invitación a irnos a un motel donde, según sus propias palabras, me haría acabar cinco veces: dos frotando con su lengua mi clítoris, dos penetrando salvajemente mi sexo y una vez metiendo su gigante y palpitante palo en mi culo. Yo le creí, siempre cumple.

Confiada del titanio terminé por arrancarme la ropa y me le monté encima buscando que me penetrara. Él sonreía cínicamente mientras me miraba cómo, con mis dedos, separaba los labios de mi vagina afeitada para que el clítoris saltara a la superficie, y él me dejó bajar lentamente, muy lento, hasta que su verga llegó al final de mis entrañas. Sentí cómo corrían por todo mi cuerpo pequeñas e intermitentes descargas eléctricas que nacían y morían en mi vulva, mientras su animal se abría camino en el interior de mi coño. Me dijo que la cola de carros comenzaba a avanzar, pero sólo me importaba subir y bajar tantas veces como fuera necesario hasta que el roce de mi sexo con el suyo nos llevara al clímax. Algunas veces miré a los lados, notando a los otros conductores que pasaban a nuestro lado, delante, detrás. Me excitaba mucho el pensar que nos podían ver, pero no nos veían. Cuando el carro estaba totalmente detenido, Víctor aprovechaba para morder mis pezones, lamer mis tetas, besar mi boca, chupar y morder mi lengua y apretarme fuerte las nalgas. Me encanta. Pero definitivamente ese día la protagonista de la historia era yo, la que dominaba el asunto, la que decidía la profundidad de la penetración, la velocidad de movimiento, la duración del coito. Cuando sentí que él estaba a punto busqué mi orgasmo. Estreché mi pelvis contra la suya logrando la penetración más profunda posible, apoyé el clítoris sobre su huesito y comencé a frotarlo lentamente mientras disfrutaba de lo hondo que llegaba su falo. Su volcán hizo erupción. Sentí toda su descarga dentro de mí, sus palpitaciones y espasmos que se confundían con los míos. Yo exploté, grité… lloré. Lo abracé y besé tiernamente. Sentí que lo amaba. Miré un lado y vi al agente de Tránsito parado junto a la ventanilla haciendo señas con su mano anaranjada. Yo, dentro de mi lecho de titanio, tragué grueso el placer de acabar encima de mi hombre y quedar temblando.
Ya llegó, por fin porque ya no aguanto más.