viernes, 10 de enero de 2014

Laura "Desire" (Comillas, por ser una palabra en inglés)

El deseo tiene forma de mujer,
tiene tus formas.
Y se convierte en ganas de adentrarme
en la anchura de tus caderas,
y dejarme atrapar.
De rellenar con besos
los hoyuelos de tu sonrisa,
jugar con las múltiples aptitudes
de tu cabello, y arroparme con él.
Untarte de mí tu atezada piel,
triscar en tu pecho
y fotografiarte mientras duermes,
exhausta, abstraída por el abatimiento
que produce en amar

domingo, 10 de julio de 2011

Ojos diablos

Cuando abrí el correo electrónico que Víctor me envió, el corazón casi se me sale del pecho del susto. Cuando logré controlar la ansiedad, los latidos fueron bajando, pero no de intensidad, sino hacia esa parte de mi cuerpo situada debajo de mi cintura, entre mis piernas.

Mientras más las miraba, más me convencía de que eran una obra de arte. Ese hombre hizo conmigo arte. Eran las fotos mías más hermosas que jamás haya imaginado, y menos habría pensado permitir que me las hicieran en pleno acto sexual. Mirarme a mí misma en esas poses, con su aparatote en mi boca, los contornos de mis pechos, mis pezones erectos a reventar y la mirada perdida en lo más hondo del placer carnal me encendía y me obligaba a rememorar cada segundo de ese momento que no temo describir como el mejor de mi vida.

Ocurrió hace un par de semanas. Él llegó al instituto como invitado a dictar una charla. Todas las que estuvimos ahí estábamos de acuerdo en que Víctor está buenísimo. Es un hombre maduro, inteligente, con un poder de palabra que para los pelos de punta. Sabe de lo que habla, domina el tema y su capacidad de oratoria es genial. Nos hizo vibrar a todas. Y cuando digo a todas, es porque ninguna en el salón se ahorró un comentario cuando ese hombre salió del aula. Esa mañana, la visita de Víctor fue el tema de todas en el instituto. Que si su mirada profunda, que la sonrisa pícara o la forma cómo nos hablaba. Todas queríamos que nos preguntara algo o nos tomara de ejemplo de su explicación. Pero lo que más se comentó fue el poder evidente que se ocultaba detrás del cierre del pantalón. Se veía inmenso, bestial.

Al terminar la mañana, él se fue a discutir cosas con los profesores mientras todas nos íbamos a nuestras casas. Papá no me fue a buscar, me escribió un SMS excusándose y me ordenó que tomara un taxi. Yo no le hice caso. Le respondí que caminaría a casa de Julieta, quien vive cerca del instituto, y eso hice.

Cuando llevaba poco tiempo caminando, sentí que un carro se me acercó por detrás. Ya me iba a voltear para mandarlo al carajo cuando noté que era él. Me quedé paralizada, como helada. Me ofreció llevarme y, no sé por qué, pero aunque por dentro estaba loca por aceptar, dije que no. Él sonrió, sólo eso, y yo –cual corderito- me subí a su impecable vehículo y me quedé muda. Víctor no dijo nada, sólo nos miramos y volvió a sonreír con picardía. Sólo su mirada fue suficiente, no pronunció palabra y yo ya sabía lo que venía después. Se bajó el cierre y sacó su asombroso miembro. Yo supe qué hacer y se lo chupé como si fuera lo último que haría en la vida, mientras él me condujo a un lindo apartamento, casi sin muebles: sólo un par de “poof” una cama, un equipo de sonido espectacular y un ventanal inmenso.

Yo estaba tan nerviosa que me puse a bailar para que no se me notara la tembladera. Él sólo me miraba. Me dio un poco de vino, me dijo que era muy caro. No me gustó el sabor, pero no arrugué la cara y seguí con mi baile mientras él, recostado en su cama, me observaba. –Quítate la camisa- me ordenó. Yo tragué grueso, pero cumplí la exigencia mientras seguía mi danza. Tomé otro poco de vino y noté cómo me hervía la sangre. –La falda- afirmó casi sin gesticular. Yo obedecí.

Luego me tomó con delicadeza de una mano y me atrajo a la cama. Fue muy tierno al recostarme y poco a poco se acercó a mis labios. Me dio un suave beso en los labios, momento que yo aproveché para introducir mi lengua en su boca, algo que deseaba desde el primer momento que lo vi. Él me correspondió mientras acariciaba mi cuerpo como si sus dedos fueran pinceles y yo un lienzo. Mientras con una mano exploraba mi coño por encima de la tanguita, con la otra desabrochó mi brasier. Mis pezones parecían puñales. Cada parte del cuerpo que Víctor me tocaba, se me helaba. Eran corrientazos cortos que me sacudían y me obligaban a gemir. Cuando pasó su lengua por mis senos, creí que moriría del placer. Era todo tan divino: cuando besaba mi abdomen o acariciaba mis nalgas, cuando pasaba la legua en círculos alrededor de mi ombligo, cundo sus dedos rozaban los bordes de mis hoyitos o los cañones de su barba raspaban la cara interna de mis muslos.

No sé cómo ni cuándo ese hombre estaba todo desnudo y yo sólo llevaba puesta mi tanga blanca, bañada en el mar de mí misma. Estaba tan húmeda, tan caliente. Sentía que mi coño estaba hinchado y que mi clítoris iba a salir disparado. Me cuesta describir lo que me hizo sentir cuando, con su boca, estimuló mi entrepierna: me comió la panocha y todo su vecindario. ¡Dios! Que divino fue sentir el fuego de su lengua allí abajo mientras metía y sacaba dos dedos a un ritmo perfecto. Me corrí casi de inmediato en medio de gritos de placer, él sólo me observaba, me estudiaba.

Luego sacó la cámara fotográfica y comenzó la “sesión” mientras se lo chupaba -desde la parte trasera de sus bolas hasta la cabeza-. Grande, muy grande. No me había penetrado y ya imaginaba yo que no se me haría fácil. Se acostó sobre su espalda y me indicó que me encargara yo de hacer el resto. Me senté sobre él y besé su pecho, su cuello. Tomé firmemente su falo y me lo puse en la entrada de la vagina. Lo restregué unos segundos y lentamente me dejé caer. Cada milímetro que entraba aumentaba el volumen de mi grito, hasta que entró todo. Todo.

Mientras me meneaba encima, él me fotografiaba… y yo posaba. Me sentía sexy, me sentía hembra, me sentía como una “porno star”. Me volví a correr, esta vez en un orgasmo más largo e intenso. Él soltó la cámara y me tomó por la cintura para emprender una arremetida colosal. Entró y salió duro y parejo. Yo sentía que iba a perder el conocimiento de tanto placer. Dolía, pero me encantaba. Verlo a los ojos diablos me erizaba. Por primera vez estaba yo tirando con un hombre de verdad. Es más, por primera vez estaba yo realmente tirando. Todo lo anterior a esto no vale nada.

Víctor acabó con firmeza, entre sacudidas intermitentes de su palote dentro de mí. En mi mente agradecí que llegara, porque estaba a punto de morir en medio de su arremetida sexual. Me desvanecí entre sus brazos y me quedé dormida unos instantes que él aprovechó para seguir fotografiándome. Al despertar, él ya no estaba. Me dejó una nota en la que me pedía que cerrara la puerta al salir. Fui al baño a orinar y a tomar una ducha y ahí vi la evidencia del placer masculino: el condón estaba lleno de su semen. Me sentí grandiosa, porque toda esa leche se debía a mí, me lo debía a mí.

Ahora aquí, frente a mi computador viendo las fotos que me tomó, pienso y me pregunto si se repetirá. Creo que no. Ojalá que sí.

jueves, 18 de noviembre de 2010

“Bienvenida, licenciada”

Adriana sabía que José Luis quería con ella desde que la conoció, el día cuando el jefe la paseó por la oficina principal de la agencia para presentársela a todo el personal. A ella también le gustó él. Se le notó en la mirada, en sus exóticos ojos oscuros con esa forma que dan la sensación de que siempre están tristes.

- Ella es Adriana Bravo, la nueva jefa de Diseño Gráfico-, dijo el gerente.

- Bienvenida, licenciada. Un verdadero placer conocerla. Soy José Luis Urdaneta, Editor de Redacción Creativa.

Él extendió la mano y tomó la de ella, dándole un apretón firme que la mujer respondió con seguridad. Los breves segundos que transcurrieron mientras se miraron fijamente, fueron como la llave que abrió una puerta que, pocos días después, los llevó a las profundidades más oscuras de la lujuria.

Durante la jornada laboral conversaron, se pusieron al día en cuanto al funcionamiento de la agencia y las expectativas profesionales del equipo de trabajo. Entre una cosa y otra se comentaron detalles de la vida personal de cada uno, entre las cuales José Luis halló la perfecta excusa para estar un rato a solas con ella.

- Es que como soy nueva en la ciudad, no he traído desde Caracas mi camioneta. Tengo el apartamento hecho un desastre, ni siquiera he desempacado la mudanza-, comentó.

- Pues cuenta con mi ayuda, y por lo del transporte no te preocupes, Adriana, yo desde hoy puedo darte la cola hasta que traigas tu vehículo-, se ofreció él, sin permitirle negarse de ninguna manera.

La noche de ese día, salieron juntos de la agencia y cenaron camino al piso de ella. José Luis sólo charló, comió y la dejó en la puerta del edificio, como todo el caballero que es, con la promesa de ayudarla a desempacar dos días después, el sábado, día que, además, escogieron para que él la llevara a conocer la playa.

Pero el viaje al mar nunca se dio. Desde el mismo momento en que José Luis atravesó el umbral de la puerta, entre él y Adriana todo cambió. Atrás quedaron las palabras escogidas, las distancias verbales, las falsas ganas de ser políticamente correctos y la norma empresarial de prohibición de relaciones entre los empleados. Mientras abrían cajas y acomodaban adornos, muebles, libros y gavetas, las voces se tornaron más profundas, las frases más directas y el doble sentido dejó de serlo.

El juego de seducción los sorprendió en medio de temas de Buddha Bar, incienso y tragos de Smirnoff Ice. Ella no dejaba de mirarle el “paquete” a José Luis, abultado de tanto desear el paso siguiente y por el efecto del estimulante aroma de la piel de Adriana. Ella se fue a su habitación y regresó vestida con una delicada bata de seda, estampada con figuras asiáticas. A él, el pecho le latía como estampida de animales, al observar aquella bella mujer, con roja cabellera y piel exageradamente blanca. Se le acercó por la espalda y, mientras con un brazo la estrechó contra su cuerpo, con la otra le apartó el pelo para besarle la nuca. Allí descubrió una espalda y unos hombros salpicados de doradas pecas y la ausencia del sostén.

José Luis la giró tomándola por la cintura, dejó caer sus manos sobre los firmes glúteos de Adriana y acercó su rostro a milímetros del de ella, esperando a ver cuál de los dos sucumbía primero al deseo de enredar sus lenguas y mordisquearse los labios. Mientras arriba había una guerra de egos cara a cara, abajo las caderas de ambos se dejaban llevar por las notas de Une Table À Trois, momentos que ella aprovechó para explorar, al contacto con su bajo-vientre, la dureza de la erección de él.

- Se siente grande-, dijo Adriana con la voz entrecortada.

- Cuando quieras lo verificas-, respondió él con una sonrisa pícara en el rostro.

Las bocas se juntaron y la seda china se discurrió hasta caer al piso. Ella quedó plenamente desnuda, con los pezones erectos rozando el pecho de quien ahora se convirtió en su amante. Sin mucho protocolo le quitó la camisa y lamió las tetillas. Decidida a dirigir el concierto, se posó de rodillas sobre la alfombra y con decisión terminó de desvestirlo mientras él sólo se dejaba llevar.

La sospecha de Adriana era cierta: las dimensiones del falo de José Luis sobrepasaban sus conocimientos previos de anatomía masculina. Emocionada, comenzó a besarle los testículos, a lamerlos, chuparlos. Con una destreza sorprendente, pasaba la lengua desde la base hasta la cabeza, acariciaba sus labios con toda la longitud del hombre, mientras él se halló perdido en un mar de sensaciones genitales. Lo mejor vino poco después, cuando Adriana abrió la boca para chupar la pieza completa. Fue un juego de lengua, paladar, garganta y unas manos traviesas que pusieron a José Luis en su punto.

Hambriento, él la levantó y la cargó hasta la habitación, la posó sobre la cama, le separó las piernas y tras unos segundos de contemplarla desde los ojos hasta la perfecta depilación púbica, se dedicó a devolverle la maravillosa estimulación oral que ella le brindó. Enterró el rostro en la entrepierna de Adriana y le comió el coño hasta hacerla explotar en un primer orgasmo que la sacudió como descarga de alto voltaje. Pocos minutos pasaron cuando él fue por lo que ahora consideraba suyo. Se subió sobre su amante y posó la punta de su palpitante pene en la entrada vaginal. Le advirtió que lo que vendría tendría de todo, menos marcha atrás, y se fue metiendo en ella poco a poco, hasta introducir los 21 centímetros de virilidad que la naturaleza le proporcionó.

Ella los recibió gustosa y en interminables zigzagueos de cadera consiguió su segundo orgasmo. Le pidió que le permitiera llevarlo al climax y él accedió. Lo acostó boca arriba, le separó las piernas y se dedicó a darle una mamada espectacular. No dejó nada por fuera: le comió el falo, los testículos y mucho más abajo serpenteó la lengua en el “patio” de José Luis, sin dejar de acariciarle el miembro. Él se dejó llevar ante tan entregado desempeño de Adriana, quien parecía querer comerse vivo a su compañero de trabajo. Y así, ella logró su objetivo. Llevó al hombre a punto de ebullición haciéndolo acabar dentro de la boca, sin dejar que se desperdiciara ni una gota de semen. Se lo tragó.

Amanecieron juntos dos días seguidos, aunque las cajas con la mudanza permanecían casi intactas. El lunes salieron del apartamento rumbo a la agencia. Llegaron por separado.

-Buenos días, licenciada, ¿cómo estuvo su fin de semana?, preguntó José Luis.

-Buen día, colega. Todo muy bien, gracias. ¿Y usted?

jueves, 21 de enero de 2010

Ser o no ser

El “semiadiós” fue inminente, como inminentes serán nuestros reencuentros entre sábanas, las azules, las celestes, las beige… o la cama sin vestido, revuelta y húmeda de sudor y savia de nuestros sexos. Las tardes de ducha sin mojarte el cabello, las noches de intentar ser el complemento, el desahogo del ardor de cuerpos ávidos. No hay amor, o al menos no ese idealizado, pendejo, irracional. Eso espero. No estaba ni estará en los planes. “Esto es carne”, te repetía de vez en cuando, cada vez que te miraba confundida, queriendo ganar terreno. Pero el muro está en pie como el de la frontera de Gaza.
Para lo que no hay freno es para la piel, y menos para la tuya, mujer de cuerpo delgadísimo, estilado. Para tu cabellera despeinada y tu suave lengua, para tus gritos hondos de placer cuando tu entrepierna recibe sin inhibiciones la dureza de mi miembro, ese que lames como con ingenua ternura, pero luego devoras con el coño como si fuera el último polvo de tu vida. Esa fuerza me gusta, me excita recordarlo.

“Flaca”, te gusta que te llame, y así te digo desde que te conocí e intenté seducirte casi de inmediato, pero no estabas interesada. No me importó. “Lo que es del cura va para la iglesia”, pensé y aguardé. El tiempo me dio la razón y cuando menos te lo esperabas te oí gemir extasiada por la llegada de un orgasmo provocado por el vaivén de mis caderas, por el bombeo de mi virilidad, por el roce de mi verga en el punto exacto dentro de tu coño. Te escuché susurrar mi nombre con la voz entrecortada –no sabías si llorar o reír- y te vi quedarte dormida sobre mi pecho. Lo hicimos muchas veces más. No las conté, pero fueron bastantes y buenas.


“Ser o no ser, he ahí el dilema”, escribió William Shakespeare en su obra Hamlet. Célebre frase, sin duda. Pero, sin pretender mejorar la sabiduría del autor inglés, creo que el verdadero conflicto está en “Ser o pretender ser”. Yo no pretendo ser más de lo que soy ni dar mucho más de lo que doy. Esa es mi oferta. Yo soy. Y eso no me hace diferente. Lo distinto es que lo digo de entrada. Sé que la sensatez, aunque es muy solicitada, no es fácil de digerir cuando choca de frente, cuando piden la verdad esperando que les mientan.


Compartimos muchos gustos: la música, la literatura, la poesía. También nos fascina el sexo y juntos lo hacemos muy bien ¿Verdad? A ti, me has dicho, te complace la longitud de mi hombría y mi dominio de la herramienta. A mí me atrae, te he dicho, la forma como administras las escasas curvas de tu cuerpo para lucir como la musa de un escultor. Y yo, cual niño tremendo que ve algo bello y lo quiere marcar como propio, disfruto derramando sobre tu figura la humedad de mi clímax.


Por eso, después del “semiadiós”, esperaré cuanto sea necesario para volver a sentir y hacerte sentir, “flaca”. Ya sabes que aquí no hay amor idealizado, pendejo o irracional. Esto es carne. ¡Esto es carne! Esa es mi oferta.

jueves, 1 de octubre de 2009

Me gusta mirar

Me gusta mirar, lo confieso. Rezaré todos los Padre Nuestro y las Ave María que hagan falta para exculpar mi alma, pero me declaro incompetente de dejar de observar. ¡Pero cuidado! No soy un mirón, no. Soy un Crítico Admirador de la Belleza Femenina.

Esa es la definición de mi condición. Muchos han querido etiquetarme de “buzo”, pero están equivocados. Yo sólo miro, o mejor, admiro. No comento ni digo nada. Sólo observo y me guardo lo que pienso, lo que siento. ¿Que si me excito? ¡Claro, por Dios!

Justamente ayer miraba a una pareja joven, adolescentes, que se besaban ávidos. Mordisqueaban sus bocas cuales ratones hambrientos alrededor de una hogaza de pan duro. Torpes. Pero esa misma inexperiencia es la que justamente me estimula.


Hace poco me deleité fisgoneando a una vecina, muy joven, como de 23 años. Ella estaba tendiendo ropa en la azotea mientras yo, allí mismo, arreglaba una mesita de noche. Cuando la chica alzaba los brazos para poner los trapos mojados en el tendedero, se le escapaba por la ancha manga sisa de su bata el blanco y tierno perfil de sus pechos, y si me fijaba bien, en oportunidades lograba notar el precioso arco areolar de sus pezones erectos por el roce de la tela húmeda. Así de detallista soy, y a veces aún más.

Pero reitero: No soy un mirón. Sólo me entretengo observando la belleza… Sí, lo dije, me excita, pero eso no me hace un mirón, sino un Crítico Admirador de la Belleza Femenina, sensible a los estímulos visuales. ¿Cuál es la diferencia? Pues muy fácil. Yo sólo miro cuando los hechos ocurren a mi alrededor. Un mirón buscará, así sea de manera forzada, mirar a su “objetivo”. Yo aprovecho las circunstancias. Un mirón es un cazador, un depredador que sólo se excita mirando. Yo me excito mirando y tocando, y besando también. No tengo limitaciones para ello. ¿Ven que no soy un mirón?

Hace un par de días comía en un restaurante de comida rápida, uno de esos gringos. Había un grupo de chicas haciendo alboroto, jugando con la comida, llamando la atención. Vestían lindas ropas modernas y todas llevaban bolsos y cuadernos. Estudiantes universitarias, pensé. Pícaras. Una de ellas, largo cabello castaño claro, lacio; ojos marrón claro delineados con creyón café oscuro; pestañas enmascaradas; suave base en la piel del rostro y delicado rubor. Usaba jeans azul, “brasileños” les dicen, cuya pretina difícilmente ocultaba su bajo vientre y dejaba escapar los huesitos de las caderas. Dejaban, además, admirar esa alucinante hendija que está donde la espalda pierde su nombre. Sobre sus tetas 34B, calculo, una franelilla blanca de delgados tiros, tan corta que no ocultaban su ombligo. Dios, Señor de los cielos: ¿Hay algo en Tu creación más hermoso que un tierno ombligo femenino? Se me ocurren algunas cosas igual de divinas, pero eso no viene al caso.

Pues la chica en cuestión se sentaba, se paraba, desfilaba sus curvas y pechos por mis narices mientras yo comía las papas fritas una por una, como para que nunca se acabaran y no tuviera que marcharme de allí. Estaba tan cerca de mi mesa que pude percibir el olor de su piel, suave. Olía a cuerpo limpio, fresco. Llevaba un perfume muy delicado, pero más allá de eso, yo sentí la fragancia de su piel. Era un olor parecido al caramelo. Sus manos delgaditas y muy bien cuidadas: uñas pulidas, no muy largas, no muy cortas. En las muñecas llevaba un reloj, en la derecha, y muchas pulseras, coloridas, artesanales, en la izquierda. Los pies no eran menos apasionantes que las manos. Pequeños, algo así como talla 36, con las uñas igualmente pulidas, con sandalias de color blanco y dorado.

Deliré imaginando su cuerpo desnudo sobre mis sábanas, dejándose hacer uno de mis masajes súper relajantes, con aceites, velas y Buda Bar de fondo. Mis manos tibias recorriendo sus piernas desde los tobillos hasta los muslos: apretar, acariciar, apretar, acariciar… sin quitar la vista de la redondez de sus nalgas, del secreto que guardan entre ellas. Luego seguir subiendo la terapia hasta los glúteos. Presión, compresión, presión, compresión… Caricias circulares desde el centro de esas exuberantes piezas de carne de mujer hacia las caderas, y seguir subiendo hasta la parte baja de la espalda. Lumbar. Ir y venir, esa es la tarea. Enterrar mis dedos en su piel, buscando los puntos tensos y distenderlos. Cada punto de la espalda hasta los hombros debe arder de placer con la fricción de mis manos. Luego los brazos. Y lo mejor: pedirle que se acueste boca arriba para continuar el masaje, repetir todos los movimientos desde el principio. Tobillos, muslos, caderas (sin dejar de mirar su entrepierna). Abdomen y pechos. ¿Será que alguna mujer puede asegurar que ha sentido un masaje mejor que uno bien logrado en las tetas? Se me ocurres varias partes sensibles, pero tampoco vienen al caso.

Ya para ese momento la chica está tan excitada por mi masaje que no se aguanta y se aferra a mi falo, que palpita bajo mi ropa desesperado por entrar en ella. Y ella me premia con una mamada profunda, hasta donde pueda meter ese trozo de mí en su garganta. Acaricia mis testículos con una mano mientras con la otra estimula su coño, preparándolo para el encuentro… Pero cuando todo parece funcionar, la chica se va del restaurante con sus amigas, y yo me quedo allí, masticando mi último bocado de hamburguesa. Inhalando. Exhalando. Trago de Coca Cola. Garganta bloqueada.

Definitivamente me gusta mirar. Pero ¡ojo! No soy un mirón, sino un Crítico Admirador de la Belleza Femenina.

sábado, 25 de julio de 2009

A dos bocas

Advertencia: El siguiente es un relato erótico. Su contenido podría ser ofensivo para algunas audiencias, por lo cual, si se siente sensible a este tipo de vocabulario y recursos literarios, le invito a dejar de leer.

Atte: El Cantinero


Aún tenía puesto su traje cuando el timbre sonó. Recién llegaba de la oficina. Ese día, Iván se puso su mejor corbata porque cumplía años. Comenzó a quitarse el saco mientras caminaba, aburrido, hacia la puerta de su apartamento: un estudio de un solo ambiente, bien organizado y lo suficientemente cómodo para vivir a sus anchas. Al entrar se podía apreciar la mesa de trabajo, llena de planos, lápices, regla T y escuadras. Nunca estaba realmente organizada, pero, para él, el orden se suscribía sólo a su apariencia personal. Lo demás no era necesario. El timbre volvió a sonar, Iván aflojó el nudo de la corbata sin sospechar que Giovanna, su asistente y ex novia, estaba al otro lado de la puerta con un “regalo” realmente especial.
Tenían un pasado en común. Durante dos años fueron pareja, tiempo en el cual vivieron una relación extrema. Ella, hermosa descendiente de padre italiano y madre eslovaca, tenía el fenotipo que a él le encanta: alta, delgada, de piel blanca, manos refinadas, pechos 34B sobre un torso afilado, como su perfil. Si hay algo que a Iván le gusta de su ex es la nariz, perfectamente recta. Ella cuenta con una belleza exótica. Ojos de verde profundo con una delgada línea negra que bordea el iris, cabello largo y negro, muy negro, tan negro y brillante como el carbón mineral. Tiene el cuerpo estilizado como el de las modelos, con unas nalgas increíblemente redondas y firmes. Es hermosa. Él abrió la puerta.
- Hola Iván –dijo ella con mirada de Porno Star- ¿Cómo piensas celebrar tu cumpleaños?
- Contigo, su… supongo. –Tartamudeó él-
- Sí, conmigo… y con ella –Sentenció Giovanna mientras halaba por el brazo a una hermosa rubia que parecía su propia versión, pero en castaño claro y con tetas 36C. –Te presento a mi prima Rebecca. – Dijo sonriendo mientras la otra mostraba una mirada fugaz, temerosa, como apenada, pero pícara.
Ambas vestían de gala. Rebecca, un par de años más joven que Gio. Ya era mucho desear. Se abalanzaron sobre el cuerpo trémulo de Iván, como vampiresas sedientas, no de sangre, sino de la saliva y semen.
Sólo hay algo más divino que una mamada: una mamada a dos bocas.

Y así, sin dejarlo reaccionar, Gio y Rebecca bajaron el zíper, soltaron el cinturón, el botón del pantalón y en cuestión de segundos se atragantaban con el rígido y palpitante falo de Iván.
- ¿Viste? No mentí al decirte que te ibas a sorprender con el tamaño de esta pieza única. –Afirmó Gio ante los ojos en redondel y la boca abierta, en gesto de asombro, en el rostro de Becca-.
Al principio Iván estaba algo confundido. No lo dejaron pronunciar palabra. A cada intento de decir algo le ponían los dedos en la boca con un imperativo “Shsssss”. Él se dejó llevar.
Las chicas comenzaron un juego oral insuperable. Mientras una estimulaba el glande, la otra succionaba fuerte los testículos, luego se intercambiaban la posición. Juntas lamían de arriba abajo, de adelante a atrás, de un lado al otro, toda la longitud -poco común- de Iván. Luego, como una coreografía ensayada hasta perfeccionarla, posaron sus bocas simétricamente en la parte más baja del falo y en sincronía lamían y chupaban desde el la base del tallo hasta el capullo. Más de una vez se encontraron sus labios y aprovecharon para darse profundos besos de lengua que incluían la rosada cabeza del miembro viril de Iván. Mientras hacían todo esto, nunca le dejaron de acariciar los muslos, las nalgas, el abdomen, el pecho. Él les devolvía el gesto tocando suavemente sus cabelleras, mejillas y la parte alta de sus espaldas.
Cuando estuvo a punto de ebullición, Iván les rogó que terminaran de desvestirse para penetrarlas. Ellas, complacidas con la propuesta, lo hicieron sin dejar de besarse y tocarse entre sí. En medio de un espectacular encuentro lésbico de orígenes europeos, Iván se quitó el resto de la ropa para quedar a merced de un par de coños perfectamente depilados y bondadosos pechos de erectos pezones rosados y areolas pequeñas.
Ellas no escatimaron esfuerzo para darle y darse placer. Gio, directora de la orquesta sexual, se recostó boca arriba sobre el sofá y le ordenó a Becca que se acostara sobre ella en posición de 69. Mientras se comían el coño mutuamente, le pidió a Iván que penetrara a su prima, que la enculara. Ella se encargaría de lo demás. Y así, él apoyó la punta del falo en el hoyo más estrecho de la rubia y la penetró delicado, mientras a la chica se le escapaban suspiros y gemidos de “dolor-placer”, al ritmo de la lengua de Giovanna girando cual torbellino sobre su rosado clítoris.
Iván entró y salió, empujó y jaló, estrelló sus caderas contra las de Becca. Giovanna intercambió “amor oral” y “digital” con su prima. La directora decidió que todos deberían acabar y como buena guía puso a su prima a punto, se preparó para su clímax y le pidió a Iván que eyaculara… en su boca. Fue una fórmula perfecta: cuando vio que el hombre comenzaba a encorvarse de placer, dio la orden a su prima para que juntas soltaran sus orgasmos contenidos. Único. Un polvo triple.
Iván sacó el falo del culo de Rebecca para derramar el semen a borbotones en la boca, abierta en medio de un gemido, de Giovanna. Ella compartió luego la recompensa con su compañera de aventuras en un profundo beso.
- ¿Te gustó el regalo? – Preguntó Giovanna conociendo la respuesta.
- Nunca había recibido algo tan especial y único. – Dijo él mientras terminaban la velada con un beso a tres bocas bajo el chorro de la ducha.
- Definitivamente es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido en 36 años.

martes, 2 de junio de 2009

Al día siguiente

ADVERTENCIA: El siguiente es un relato erótico en el cual se utilizaron palabras y se recrearon situaciones que podrían ofender a ciertas audiencias. Si usted se considera mojigato y pacato, no siga leyendo; de lo contrario le invito a seguir con la lectura.

Atte: El Cantinero


Al día siguiente, ambos, cada cual por su lado, quiso culpar al alcohol. Pero la verdad es que los efectos etílicos ya se habían disipado cuando, a la mañana siguiente de la velada, Josefina y Luis decidieron echar otro polvo, un “mañanero”, como forma de repasar lo de la noche y la madrugada anterior, y no dejar dudas sobre el desempeño sexual de cada uno. Los dos sabían que aunque las sensaciones fueron “de otro planeta”, la borrachera les impidió acabar: ella no consiguió su orgasmo y a él se le durmió varias veces el miembro entre torpes intentos de ponerse el condón.

De lo que no había duda era del gusto mutuo, de las ganas que se tenían casi desde el mismo instante en que se vieron por primera vez.

- Uhmmm… ¿Y este papasito de dónde salió?- Pensó ella cuando lo vio entrar a la oficina del rector.

- ¡Uf! Que culo tiene esta mami, y que manos tan sensuales.- Meditó él luego de distinguirla entre un pequeño grupo de muchachas.


Lo demás vino casi por “causalidad”. Él vagaba por el Messenger buscando a alguien con quien ir al cumpleaños de Manolo, su amigo, cuando la encontró “No disponible” en un rincón de la ventana del mensajero.




Luis69 dice: Hola muñeca… xD

(L)JosefinitaLove(L) dice: Wow!!! Q agradable sorpresa. Bien y tu, lindo caballero ;)


De allí en adelante se adularon, se dijeron cosas indecibles en una primera charla, gracias a la impersonalidad del chat. ¡Oh, magia tecnológica que desinhibe corazones, porque no se miran a la cara mientras chatean! (Nota del autor).

Que “me gustaron tus manos”, que si “me encanta cómo te luce el candadito”, que “tu figura me estremece”, que “que locos estamos diciéndonos esto, si es la primera vez que “charlamos”… Así transcurrieron unos 40 minutos antes de que Luis le hiciera el disparo:

- Te paso buscando a tu casa en media hora- la invitó.

– Dame un poco más de tiempo, cariño, que debo inventar algo en mi casa y prepararme para nuestra primera cita.- respondió ella.


Y así comenzó todo. Hora y media más tarde estaban instalados, campaneando Whisky 12 años en un cómodo sofá, sin prestarle mayor atención al resto de los invitados ni al cumpleañero. Dos horas más transcurrieron y se les enredó el habla por el aturdimiento del escocés, por lo cual decidieron guardar sus lenguas donde no estorbaran: cada uno en la boca del otro.

Se escabulleron a una habitación y allí hicieron un primer intento, pero fueron interrumpidos cuando él dibujaba culebritas de saliva con su lengua por la cara interna de los muslos de ella, en franca travesía hacia un único destino. Frustrada la primera intentona, él decidió llevársela a su apartamento y rematar allí lo que ya no tenía vuelta atrás. Pero los excesos son definitivamente malos, sobre todo el del alcohol que todo lo tumba, desde un corsario vikingo hasta un pene ávido de zambullirse en las profundidades de un coño desconocido.

Entre intentos fracasados de penetraciones, él medio flácido y ella reseca, y unos condones a los cuales no les encontraban la forma de desenrollarlos, Luis y Josefina se durmieron creyendo haber pasado la mejor noche de su reciente historia.

Al amanecer ninguno quería abrir los ojos para no confirmar con la mirada lo que al roce de los cuerpos se sabía: durmieron juntos. Finalmente él dio los buenos días y como buen anfitrión ofreció preparar café, algo de desayunar. Ella le dijo que estaba apurada, que aquello no estaba bien, que si “el licor”, que “qué pensarás de mí”, y toda aquella parafernalia femenina que busca convencer a los hombres de lo que ya no hace falta. Él la calmó, le dijo que estaba “bien”, que sólo se dejaron “llevar”, que a él le había “encantado” y que le “gustaría repetirlo”. Josefina sonrió como quien se toma una foto a sí mismo en picado con el teléfono celular.

Se supo atractiva por palabras de Luis y entendió que esa era su oportunidad de desquitarse de un fulano que no le hacía ver lo que realmente valía. Él entendió el mensaje y no tardó en dejar caer la toalla que tapaba su verga, ahora sí, bien dura, y ella lo recompensó soltando la sábana con la cual ocultaba sus pechos. Fue allí cuando realmente se contemplaron como Dios manda.

Comenzaron con besos profundos, de lengua entera, de labios chupados con fuerza, de mordidas suaves y vertiginosas. Luis no perdía oportunidad de acariciarle las nalgas, esas que tanto lo deslumbraban, de pasar sus dedos entre esas dos redondas piezas de carne y estimularla mientras ella le devolvía el gesto estregando su coño, sentada sobre el falo ardiente de su amante. Ambos, sin decirlo ni proponerlo, querían gozarse mutuamente, quizás pensando en la posibilidad de que aquel encuentro no se repitiera.

Luis le chupó las tetas a dos tiempos: suave con la punta de la lengua y fuerte con la boca entera. Ella le acarició y besó el pecho a él, lamió sus tetillas y las mordió con picardía mientras bajaba poco a poco buscando hacerle una felación. Al llegar al miembro viril, lo agarró con una mano en la base, mientras con la otra sobaba los testículos. Lo miró con ansias y se lo tragó a mamadas profundas y fuertes. Desde su posición, Josefina miró a su amante a los ojos y no encontró su mirada, puesto que la sensación que con la boca ella le generaba, él perdió el control de su cuerpo.

¡Eso sí es una mamada de huevo! Susurró Luis entre dientes mientras Josefina metía ambos testículos en su boca y a la vez acariciaba su rostro con el falo húmedo. Se golpeaba los labios y la lengua con el “látigo”, lamía desde la cabeza a la base y de la base a la cabeza, usaba los dientes, la garganta, y no temía lamer en los más recónditos rincones de la entrepierna de Luis. Él no hizo menos y se destacó brindándole a su invitada un derroche de sus mejores técnicas para comerse un coño. Luis supo que logró su cometido cuando al mirarla a la cara notó que los ojos de Josefina estaban volteados y los gemidos retumbaban en paredes y ventanas.

No jugaron con tantas posiciones. A esas alturas del sexo sólo querían acabar. Ella se montó sobre el hombre hundiendo el falo endemoniado de Luis en su coño. Subió, bajó, avanzó, retrocedió, se estregó, se meneó; le clavó las uñas en el pecho, gimió, se sacudió… ¡Orgasmo! Él no pedió el tiempo y la volteó. “Ponte en cuatro”, exigió, y ella dócilmente asumió la posición. Al fin la tenía como quería, con su trasero explayado, digno paisaje de los dioses. La penetró sin miramientos, arrebatado por la lujuria. Entró y salió, adelante y atrás, se meneó, la acarició, le dio una nalgada que sonó como música de ángeles. A ella le gustó. La tomó por las caderas y arremetió con firmeza. “¿Te puedo acabar adentro?”, preguntó con voz entrecortada por la cercanía del orgasmo. “No, quiero que lo saques, quiero sentir que me acabas sobre el culo”, rogó ella. Sus deseos fueron órdenes. Luego ambos se desvanecieron, durmieron otra siesta y se despidieron.

Y aunque insistan en culpar al alcohol, Josefina y Luis saben muy bien que durante el polvo mañanero ya del licor sólo quedaba el recuerdo.

martes, 27 de enero de 2009

Viaje en una mirada


El viaje no empezó cuando las ruedas del Beechcraft 1900D dejaron de tocar la pista 02-20 de Barcelona, sino cuando ella subió la ventanilla para observar desde su asiento el despegue. El reflejo del sol mañanero, tenue, cálido, entró a la aeronave y se reflejó en el azul profundo e irrepetible de sus ojos. La mano cercana al rostro, con los dedos sostenía su barbilla. Con la otra trataba de acomodar el negro abrigo que la arropaba, manteniéndolo cerrado en el pecho.

Parecía concentrada en lo que afuera veía. Había llevado conmigo un libro, el cual pretendía leer durante el vuelo, pero lo descarté. No quería perderme el espectáculo de tal belleza. No fue difícil mirarla durante el recorrido, como no fue un problema creativo hacer comparaciones de su estampa con las maravillas que el viaje me iba mostrando.

A lo único que no le hallé comparación fue a su mirada: ni el cielo renovado de la mañana, ni las aguas del quieto Caribe -inmediato al abandonar el puerto aéreo- se comparaban con tal perfección. Su mirada era más profunda que el mar, el color más intenso y sincero que el del cielo. Sus blancas manos, menudas y delicadas, adornadas sólo con un discreto anillo y un delgado reloj, ambos tan dorados como su cabello, sostenido con un delicado gancho negro adornado con piezas que semejaban piedras preciosas.

La sobrecargo me invitó un café, una botella de agua, algo de comer. Acepté los dos primeros. La aeronave se mecía delicada entre los cúmulus y pielus, blancos como su piel de porcelana. Abajo los verdes variopintos del suelo venezolano, la costa única, la sombra del ave de acero, daban fe de la cercanía del aterrizaje. Luz amarilla encendida “Fasten seat belt”. Voz distorsionada: “bienvenidos al Aeropuerto Simón Bolívar, que sirve a la ciudad de Caracas”. El viaje llega a su fin. Leve sensación de vacío interno, ruido de llantas y asfalto, zumbido... ding, dong... “manténganse en sus asientos”. Maiquetía. Mi mejor viaje.


Este breve relato fue escrito para la edición enero-febrero 2009 de la revista DESCUBRA de Avior Airlines. Dicha publicación es de distribución gratuita y se puede encontrar en todos los aviones de dicha aerolínea venezolana. 
Mis agradecimientos para Daniela Mogna y Carolina Padrón por pensar en mí y por ofrecerme esta oportunidad.

jueves, 15 de enero de 2009

Te amo en Caracas

ADVERTENCIA: El Siguiente es un relato erótico que contiene expresiones que podrían herir suseptibilidades en algunos lectores. Si es usted una personas sensible a expresiones sexuales explícitas, le invito a desistir de esta lectura.

Atte: El Cantinero




-Ahhhhhhh- exhaló ella. -Me encanta tu huevo- Le susurró al oído mientras él, con la punta del falo posado en el fondo de su sexo, sitió el alboroto de hormonas, la feria de sensaciones, el hormigueo incesante que desde su interior -desde cada rincón de su cuerpo- se arremolinaban en un conjunto de pequeñas explosiones que de a poco se fueron convirtiendo en una erupción volcánica. Su vientre se sacude, su vagina dilata y contrae, su lengua busca la de él y la encuentra. Sus entrañas palpitan cada vez más rápido; chilla, lame su cuello, chupa sus labios, el blanco de los ojos se le carga de finas líneas rojas, la vena en su frente brota, manan lágrimas... su orgasmo explota. Llanto y risa dan lo mismo. El corazón cabalga. Un segundo más tarde, él se corre dentro de ella. Su verga da latigazos dentro de ella, se sacude, se hincha. Él gime, aúlla, gruñe... Ella lo observa –él sabe que a ella le encanta su cara de orgasmo- y disfruta del espectáculo. A ella le fascina ver a su animal salvaje, a la bestia lujuriosa. El semen corre a borbotones: dos, tres, cuatro, cinco contracciones -a contratiempo- cinco chorros, cinco derrames. Él inhala. Exhala. Lo deja morir adentro. Se consumen en un beso húmedo hasta que sus respiraciones vuelven a la normalidad.

Él piensa: “miles de veces he hecho recorridos mentales por mi vida entera y miles de veces me he convencido de que nunca he tenido, jamás, una sensación que supere a lo que siento cuando acabo dentro de ti”. Suspira. Ella, por su parte, piensa que ninguno de sus anteriores novios la habían hecho sentir lo que él logra con su imponente vara y su insaciable lujuria.

Ya no están juntos. Esta ciudad le trae recuerdos de ella, todo huele a ella, todo sabe a ella. “Ella está en todas partes”, piensa melancólico: en el Metro, en la Francisco Fajardo, en Altamira, en el Aula Magna de la UCV, en el mercado del Cementerio, en el Sambil, en El Tolón, en el Warairarepano. La luz cambia a rojo. Él detiene la marcha en Las Mercedes, mira a los lados y ve gente, locales, carros, policías; pero sólo piensa en ella. La imagina dentro de los locales, manejando todos los carros o guiando el tráfico con uniforme y chapa. Caracas es ella. Ya saliendo de la capital, se enrumba hacia la autopista de Oriente. Guarenas, Guatire. De paso por estas ciudades satélites mira a la izquierda y ve el muro del hospedaje, en lo alto de una loma, que asemeja a un castillo medieval con el nombre de la fortaleza del legendario Rey Arturo. Los recuerdos se estremecen y lo transportan a aquel viaje, uno de tantos, en el que con ella conoció, entre las sábanas de ese lugar, mucho más que el poema de “Lancelot, el Caballero de la Carreta”. Si ya hacerle el amor le parecía mejor cada vez, él estaba convencido que esa vez, en el motel Camelot, habían tenido el mejor sexo desde que su amor nació, y murió.

Aunque ella siempre lo acusó de tener mala memoria, él estaba convencido de no haber olvidado ni un solo detalle de esa noche: los besos alargados sazonados con caricias tiernas y profundas, la forma de quitarse mutuamente las prendas de vestir, lento y sin apuros; cada centímetro de la piel del cuello que le recorrió con la punta de la lengua, de arriba hacia abajo, hacia los lados, en la nuca, los hombros. Con la lengua siguió bajando, acarició la clavícula entera desde el hombro hasta el hoyito donde se encuentra con la otra; le apretaba los pechos por encima de la ropa, la abrazó fuerte contra su cuerpo, para que sintiera el tamaño de la erección; le acarició y apretó las nalgas, metió sus manos entre el pantalón, y así, abrazados se dejaron caer sobre la cómoda cama rodeada de espejos. Nada como una habitación forrada de espejos.

Ya desnudos, él se dedicó a estimularla sólo con su boca: recorrió todo su cuerpo hasta estacionar su lengua en la entrepierna. Allí se olvidó de sí mismo y generosamente le comió el coño hasta hacerla gritar de placer. Aunque el falo estaba a punto de explotarle de la excitación, él renunció -por un momento- a su placer genital para concentrarse en el de ella. Por dentro él sabía que mientras más se dedicara, mejor iba a ser recompensado. Y así fue. En la cama, en el potro con tela atigrada, en el banco de cerámica, cargada en peso, en la ducha. En todas las posiciones posibles, con el sesenta y nueve, la del perrito (la favorita de ambos). “Me tienes tirando como un adolescente”, le dijo él segundos después del quinto polvo.

Durmieron un rato. Siguió un baño de relajación, enjabonándose mutuamente y sin las manos, y finalmente recobraron el camino, ahora el mismo que sigue él, solo, recordándola y recordando cuánto la amó en Caracas.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Troncal 11

Advertencia: El siguiente es un relato erótico. Su contenido podría ser ofensivo para algunas audiencias, por lo cual, si se siente sensible a este tipo de vocabulario y recursos literarios, le invito a dejar de leer.

Atte: El Cantinero



Siento en mi pecho tu pecho, el latir de tu corazón desbocado; el resoplar de tu respiración agitada en mi cuello, cerca del oído; veo correr por tu nuca y bajar por tu espalda finas gotas de sudor que se deslizan hasta la redondez de tus hermosas nalgas, posadas sobre mis piernas; tus muslos casi envolviendo mi humanidad; y en la profundidad de tu coño siento los espasmos de tu orgasmo, asimétricos como tus gemidos, que exprimen hasta la última gota que mana de mi falo rígido, que se sacude dentro de ti, electrizado. Clímax simultáneo. Resuello. Jadeo. Tu lengua invade mi boca, la mía envuelve a la tuya. Una mirada profunda, cara a cara, donde a través de los ojos y sin hablar nos decimos “¡te amo!”.


Luego observamos a través de las empañadas ventanillas del carro el verdor del campo. Un camión pasa por la carretera, raudo. El carro se mece. Reímos. Todo empezó veinte o treinta kilómetros atrás. Viajamos por la Interestatal 9 hacia tu pueblo. La mañana es fresca, soleada. Al tomar el desvío por la Troncal 11, la vía se hizo más angosta, la vegetación más abundante, el paisaje más natural. La música era acorde con el paseo, 90 kilómetros por hora eran más que suficientes. Apoyé mi mano sobre tu pierna, con picardía. Fui acariciándola lento, fuerte, sobre la tela de tu jean celeste. Poco a poco llegué a donde quería y sentí tu fuego en mis dedos juguetones que, impacientes, se arremolinaban en tu rincón divino.


Mi garganta comenzó a cerrarse, el corazón a latir fuerte, yo sentía el tuyo en tus genitales, los míos latían debajo de la ropa. Solté el botón de tu pantalón y luego bajé el cierre. Vi el turquesa de tu ropa interior. Suspiro. Sístole, diástole. La velocidad del carro bajaba. 70 kph. Te acercaste a mi oreja y la besaste, la lamiste, mientras me devolvías las caricias, te toqueteé las nalgas metiendo mi mano entre tu jean. Apartando el delgado “hilo dental”, sentí de nuevo el fuego abrasador, cada vez más ardiente de tu entrepierna. Tu humedad. Destapaste mi pantalón con ansias y sacaste al animal de su encierro. Noté que lo miraste con lujuria, como si fuera la primera vez. Examinaste de cerca los 24 centímetros de hombre que luego metiste en tu boca ávida, asumiendo la posición propicia para que, mientras me lo chupabas, lamías, besabas e intentabas tragarte de un bocado, yo estimulara con mis dedos esa cosita tuya tan especial, tan húmeda, la perfecta anfitriona de mis deseos.


No sé si te lo he dicho, pero nunca me habían hecho sentir lo que tu logras en mi intimidad con tu boca. Me encanta cuando intentas -sin lograrlo- tragarlo todo. La tibieza del evento, tu suave lengua y sus movimientos, la presión es perfecta -ni mucha ni poca- justa, la velocidad ideal, la mágica punta de tu lengua que siempre sabe dónde posarse. Los movimientos con tus manos, una danza de placer oral. 50 kph, la carretera es nuestra.


Dentro del carro se respiraba sexo, deseo. No aguantamos y decidimos detenernos. Rodamos un poco más, tocándonos, agitados, hasta que vimos el lugar perfecto: una intersección con un camino de tierra, árboles frondosos con buena sombra, cómplice, que ocultaban bien el vehículo. Sólo una antigua valla donde apenas se leía “ El Gua...”. 0 kph. Estábamos a un lado de la Troncal y nadie nos podía ver. Allí nos quitamos las ropas agobiados por el deseo, encendidos en lujuria, un poco atemorizados por la posibilidad de ser descubiertos. Nos entregamos a nuestras bocas, a la estimulación buco-genital mutua. Te penetré con mi lengua, con mis dedos. Tu gemías, besabas, chupabas, resollabas, hasta que entré en ti con toda la furia de mi sexo. A cada milímetro de penetración sentía cómo mi falo iba abriéndose camino en tu divino ser.


Vi tus ojos brillar, tus pupilas dilatadas. Sentí el ardor de tu fuego fusionarse con el mío, y nos soldamos en pasión. Clímax simultáneo. Resuello. Jadeo. Tu lengua invade mi boca, la mía envuelve la tuya. Una mirada profunda, cara a cara, donde a través de los ojos y sin hablar nos decimos “¡te amo!”.

martes, 25 de noviembre de 2008

Correspondencia

Hola, ¿cómo estás?

Te escribo esta carta porque, haciendo un ejercicio de mea culpa debo reconocer que últimamente no hemos tenido la mejor de las comunicaciones, al punto de perderla por completo y, reconozco, que en gran parte es por mi culpa, por el desespero y la profunda tristeza que me causó nuestra ruptura, lo cual me nubló la capacidad de ver las cosas de una manera más clara, menos enrollada, lo cual conllevó a este mutis asfixiante.

Creo estar seguro de que no quieres saber nada de mi vida, aunque contigo nunca nada era seguro (y eso me encantaba de nuestra relación) y en nuestra última comunicación te dije, lleno de ira, que nunca más sabrías de mí. Terrible error, más que un error es una mentira, porque, hoy día, comprobé de forma científica que para algunas cosas aún te necesito, aunque sea para decirte que cambié la marca de crema dental.

También cambié algunas cosas en "El Palomar", pensando en que quizás a ti te gustaría, aunque en el fondo a mí me gustan más así: Ahora los cortes de carne los guardo en porciones dentro de bolsitas herméticas, siempre hay hielo en el congelador, compré finalmente la tablita para cortar y los ganchos para colgar la ropa que tanta falta hacían en el closet. Me quedó el gusto por el queso crema y la pasta corta y finalmente compré el enjuague, ese y que huele a tango, y que tanto querías probar en nuestra ropa. Sigo viendo Fear Factor, imaginando que tu haces lo mismo. Por cierto, antes de que lo olvide, aún conservo tu paquete de masa de pastelitos, el que le compraste a JP y se quedó en mi refrigerador. Allí estará, porque, por decir la verdad, no tengo el valor de freírlo porque sería como acabar con un recuerdo suyo.

También me gustaría decirte, aunque no estoy seguro de que te resulte importante saberlo, que mi cama siempre está tendida, los platos limpios y que el conserje no ha arreglado aún la estufa. V siempre me pregunta por ti y por JP e insiste en que vayamos a visitarlos. Como entenderás he tenido que arreglármelas para sortear esa situación con ella, y creo que deberá ser así hasta que, algún día, si es que a caso pasa, ella los entierre en su recuerdo de forma definitiva, o simplemente crezca y comprenda toda esta situación. Ahora paso muchísimo más tiempo con ella y ha sido de gran ayuda, una excelente compañía y aunque parezca exagerado, dentro de su inocencia también ha sido una perfecta consejera. Tenemos un nuevo saludo, nos encanta usarlo delante de la gente que nos mira con el rabito del ojo mientras nosotros nos reímos con complicidad.

Del trabajo no hay mucho que decir. En el periódico todo sigue igual y en la universidad tengo un excelente grupo de alumnos, más de cincuenta (casi sesenta) a quienes me encanta aterrarlos y al mismo tiempo consentirlos, ya sabes cómo soy, me paso de pana. Retomando un poco el inicio de esta carta, quiero tomar la iniciativa y, nuevamente, ofrecerte disculpas por mis torpezas y mi falta de delicadeza para muchísimas cosas, tal vez la mayoría de las cosas, pero aún así, pienso (estoy convencido) que, después de dos años amándonos hasta el tuétano de los huesos, de las formas más extremas y alocadas, de darnos tantas cosas y de compartir hasta el cepillo de dientes, no entiendo cómo podemos dejarlo todo a un lado y desperdiciar la posibilidad de seguir contando el uno con el otro, de continuar la relación con la cual comenzamos a conocernos y que tanto me esmeré en cultivar. Nuestra amistad.

Porque, ciertamente ya no podemos ser pareja, amantes, novios; pero no sé por qué tenemos que terminar con lo que, finalmente, fue lo más lindo que hubo entre nosotros: justamente nuestra amistad. Sí, nuestra amistad. Porque ¿sabes? Haciendo un balance del tiempo que compartimos juntos, me di cuenta de que las grandes cosas que hice por ti (si es que alguna se puede catalogar de grande) fueron por la amistad, y creo que lo mismo fue de tu parte, que cada cosa inmensa que recibí, las recibí de la mejor amiga que he tenido, tan buena que, sé, a ciencia cierta, que un buen tiempo me amó apasionadamente y me dedicó grandes experiencias, y compartió conmigo sus más importantes sueños y logros, esa con quien, en contra de todo pronóstico, era capaz de volverme a casar aunque un día juré no volver a hacerlo.

Sólo me queda despedirme, deseándote que sigas siendo la mejor en lo que tu sabes serlo, porque dentro de mí lo seguirás siendo para in sécula seculórum.

lunes, 20 de octubre de 2008

VBG-543

Empezaré por el principio. La primera vez que me enamoré corría el año 1988. Sólo tenía 15 años, o al menos esa fue la cuenta que saqué segundos antes de escribir estas líneas. Debe ser así, porque aún usaba camiseta celeste, estudiaba tercer año de bachillerato en el Liceo Rafael María Baralt, allá en mi Maracaibo natal. Me flechó una chica que, un día de tantos, vi acercarse a la parada donde tomaba el transporte público que me llevaba al liceo. Es (todavía existe) una parada de esas donde se estacionan varios “carritos” a esperar que lleguen cinco pasajeros para iniciar la ruta, sin horario, la única regla es que hayan cinco pasajeros.

Habíamos cuatro, yo estaba en el asiento delantero y los tres puestos de atrás estaban completos, es decir, faltaba sólo un pasajero. Eran, quizás, las 6:30 de la mañana. Vi cuando esa chica caminaba a la parada y ¡ZAZ! Me cautivó. En serio que la cosa fue mágica, así como se la pintan a uno en las telenovelas baratas. La vi y tragué grueso, el corazón se me aceleró y sentí como que el rostro se me acalambraba. Suena exagerado, pero así fue, exactamente.

Caminaba acompañada de otra muchacha tan linda como ella, mayor que ella, cuenta que se saca fácil cuando notas que una (mi amor) vestía franela celeste y la otra (quien resultó ser su hermana) llevaba una chemise beige. Más subieron mis pulsaciones cuando noté que se dirigían a la parada, o, lo que es lo mismo, necesitaban tomar el mismo “carrito”. ¡Uff!! Le rogué a Dios que se subieran al transporte donde yo iba, pero había un problema: sólo quedaba un puesto. Dadas las circunstancias, mi ruego pasó del Todopoderoso hacia el chofer, para que las dejara montarse y compartir el estrecho espacio que quedaba en el carro.

Así fue. Hoy, 20 años después, recuerdo claramente aquella sensación de obnubilado y atontado que sentí durante poco más de cinco minutos: su aroma de recién bañada y perfumada, el roce accidental de su piel trigueña, el color de su cabello, muy oscuro, muy corto, recto a nivel de las orejas y la base estaba cortada en degradé. Era un corte de cabello que estaba de moda, por una telenovela llamada Niña Bonita (Rudy Rodríguez). También recuerdo la sonrisa de complicidad que compartía con su hermana.

Fue un flechazo fuerte, emocionante, estremecedor. Al bajarnos en nuestro destino las seguí a ver si iban al mismo centro educativo que yo, puesto que junto a mi liceo quedaba otro. Quería comprobar dónde estudiaban. Pues entraron al Baralt, otro centellazo. Casi saltando entré al salón de clases y les conté a mis más cercanos compañeros lo que me acababa de suceder, la describí a ella y a su hermana y me dispuse a encontrarla. No fue fácil, en un liceo con una matrícula cercana a los 2.000 alumnos. De hecho, no la encontré a ella primero, sino a su hermana, un par de días después de recorrer sin éxito una sabana de aulas y laboratorios. Fue casualidad, digo yo, cuando fui a los salones del 4to año a visitar a un amigo y allí estaba ella, la hermana, linda, con una cola sosteniendo su cabellera, teñida de castaño claro y un montón de cositas de metal en los dientes.

Me quedé pasmado unos segundos y le pregunté a Juan Carlos Zambrano (mi amigo) por la muchacha: “Se llama Marielkis”, dijo sin inmutarse, así, tal cual como él es: inmutable, parco. Le conté mi historia “telenovelesca” y me dijo que me ayudaría. Después de eso la ubiqué más rápido. Su nombre es Mairene Betzy Ferrer Santos, estudiaba primer año de bachillerato, es decir que en ese entonces tendría 12 o 13 años, ¡y que bien distribuidos los tenía!

Desde ese día, cuando la vi a través de la puerta abierta del aula donde ella veía clases, prácticamente no me moví de ese lugar. Ni siquiera cuando, pocos días más tarde, sin habérmele acercado siquiera, supe que uno de mis mejores amigos, Nurvik Villalobos, ya le había tendido su infalible red y ella le había dado el sí. No había reclamo posible, yo sólo se la había descrito y él no sabía que se trataba de la misma muchacha. Mairene, mi primer amor y casi de inmediato mi primer desamor. Pero como en esa época el enamoramiento es del tipo “idealizado”, pensé en que, con tenerla cerca, verla, hablarle, para mí sería suficiente. Un “enamoramiento pendejo”, diría mi papá, pero bueno, así pensé en ese instante.

Pues hice lo que tenía que hacer para poder estar cerca de ella sin “alumbrar” con mi presencia su noviazgo con Nurvik: ya que mis dos mejores amigos (Nurvik y Rubén Darío Barboza) tenían a sus chicas y se la pasaban “intercambiando amor” en cualquier balcón del liceo, pues me “empaté” con quien sería mi primera novia: Yamileth Villalobos, creo (disculpen si soy impreciso, pero ese es el nombre que recuerdo). Era una chiquilla preciosa, de piel blanca, cabello negro largo ondulado, nariz exageradamente perfilada, de muy baja estatura, de manos menudas y suaves. En realidad, una belleza de niña. Pues, y así, teniendo lo que necesitaba para “compartir balcones”, me dediqué a eso, a pasar mis horas libres con mis dos amigos y nuestras novias, de balcón en balcón. Eran horas y horas de besarnos, a veces pienso que a manera de competencia (a ver quién daba el beso más largo) o de experimentar y conocer un poco más de ese insólito e inexplicable universo de la mujer.

No voy a entrar en detalles, pero la primera vez que besé a Yamileth fue, además, la primera vez que besé a una chica. No sé por qué, siempre, desde esa época incluso, la gente que me conoce me adjudica capacidades que me ponen en una posición de superioridad ante el resto de mis similares. Cuestión de actitud, asumo. Y yo, sin haber besado nunca, era observado por mis amigos como todo un besador profesional, como si a los 15 años tuviera mundo suficiente como para haberme convertido en todo un Giacomo Girolamo Casanova. ¡Por Dios¡ Que ilusos.

Bueno, los días fueron pasando, los meses transcurriendo y yo era feliz relacionado con Yamileth y viendo de cerquita a Mairene, lo cual era mi objetivo. Pero como toda relación forzada, mi noviazgo con Yamileth se extinguió mientras la relación de Mairene y Nurvik se apagaba. Lo que no pasaba era mi embeleso por ella y justo después de que ellos terminaron le pedí que fuera mi novia. Me dijo que lo pensaría (terrible costumbre de las mujeres), que le diera tiempo para decidir. Desde entonces me “estacioné” frente a la puerta de su salón, en pleno pasillo principal del liceo, y prácticamente más nunca me moví, sino para irme a casa cuando el timbre sonaba. Al más puro estilo de la famosa escena de Cinema Paradiso, la miraba desde afuera del salón mientras ella veía sus clases, la acompañaba a donde fuera hasta que su papá las iba a buscar, a ella y a su hermana. El señor tenía un Chevrolet-Malibú de color blanco, cuyas matrículas eran VBG-543.

Al día siguiente era lo mismo, llegaba en la mañana y me “apostaba” frente a ese salón. Poco después Mairene me dio el sí “pero con condiciones”, las cuales nunca me expresó. Fue una relación bastante corta pero muy linda, infantil, definitivamente infantil. Ella vivía relativamente cerca de mi casa y recuerdo que un par de veces fui hasta su puerta. Debo confesar que yo le tenía un pánico terrible al papá de Mairene, el señor Melquisidé Ferrer.

El tiempo pasó, la relación se diluyó, yo raspé el año por no entrar a mis clases por velarla a ella y tuve que irme del Rafael María Baralt porque en ese liceo no aceptan alumnos repitientes. Así me fue de la vida mi primer amor, Mairene Betzy Ferrer Santos, de quien guardo el más hermoso recuerdo y a quien, aún hoy día, quiero mucho, aunque sé casi nada de ella. La recuerdo bonito, con un cariño extremo, como si todavía estuviera enamorado de ella. Nunca me sentí mal por la ruptura, al contrario, siempre la he recordado como la primera mujer a quien amé, y con quien descubrí que cuando amo soy capaz de hacer lo que sea por esa persona, me entrego al 100%. Mairene, mi primer amor, mi primer gran recuerdo de vida.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Estoy y no estoy

Como ejercicio mental voy a intentar hacer un post, en momentos en que no tengo ganas de nada. En momentos en que he roto mi promesa de no escribir desde un cybercafé, rodeado de gente sola tratando de acompañar con bits su soledad, como yo ahora. Como muchos de mis lectores saben, no me molesta para nada la soledad, al contrario, la disfruto. Pero lo que definitivamente no es bueno es la forma de caer en la soledad, luego de pender de un hilo por varios meses queriendo y sin querer caer de una buena vez... explotar y mandar al carajo (y perdonen mi francés) todo lo que creí haber contruido en los dos últimos años de mi vida.

Pues gracias a Dios estudié periodismo, porque como "albañil" habría muerto de hambre, sí, definitivamente lo de la construcción no se me da muy bien. Y como ejemplo tengo mis más recientes fracasos: La separación-divorcio con la madre de mi hija, luego de 13 años de relación (de los cuales los últimos 4 fue sobreviviendo)y ahora mi más joven caída, la ruptura que hace 24 horas decidí concretar con mi última pareja, con quien creí que iba a establecerme.

Aunque esté tomando esa forma, este post no es un lamento, sino un llamado a mí mismo a despertar. A entender que después de los 30 el amor no es rojo ni de forma redondeada. "Amor". Curiosa palabra. Lo que me llama poderosamente la atención es que en días como hoy, tan patéticos como hoy, extraño a todos mis "amores", desde Mairene Ferrer (mi primera novia) hasta la última. De pana, las extraño absolutamente a todas-

Quedan dos minutos, mejor me voy, tal vez vuelva más tarde con una lista de nombres, tal vez no. Perdonen el desastre, pero así me siento hoy.

viernes, 18 de julio de 2008

Soñé con una mujer


Soñé con una mujer, soñé con que me hacía vibrar con su sola presencia.


Con su mirada tierna, casi infantil, de ojos que mágicamente suavizan el impacto de sus formas esculturales. Piel de porcelana; negra y abundante cabellera y boca impactante, de labios llenos y un rojo natural increíblemente perfecto.

Es una mujer alta, de piernas firmes desde los tobillos hasta la redondez universal de sus glúteos. Desde allí hasta la cintura, una vertiginosa silueta de “reloj de arena” que explota en la impactante configuración de sus pechos, blancos pechos. Redondos. Grandes pechos.


La mujer de mi sueño tiene el cuello delgado y fuerte a la vez, espigado. En la parte superior de la espalda, donde nace la nuca, de vez en cuando, dependiendo de la posición de su cabeza, sobresalía levemente -de manera casi imperceptible- una vértebra. Parecerá una locura, pero ese ínfimo detalle, como otros que logré notar durante mi sueño, me produjo una sensación de vacío mezclado con hormigueo y estremecimiento de las extremidades, como un centellazo de lujuria que aceleró el torrente de mi sangre.


Detalles. Fueron los detalles los que me llevaron desde cero hasta la combustión completa de mis sentidos. Uno de estos rasgos es la forma como, cuando me hablaba suave y tierno, de vez en cuando tocaba la comisura izquierda de sus labios con la punta de la lengua. Lo hacía como un acto reflejo, algo involuntario, tal vez sin notar que lo hacía y sin saber lo que en mí provocaba.


Detalles. Vi detalles. Como un suave y minúsculo lunar entre sus dedos meñique y anular de la mano izquierda. Manos alargadas, dedos delgados, allí estaba la suave marca de nacimiento. También noté el tatuaje de una rosa. Pequeño, indeleble, en colores azulado y rojo. Era delicado, como delicada y divina es la zona donde estaba pigmentado: En la parte baja de su vientre, hacia la izquierda, perfecto vecino del sensual huesito de la cadera. Detalles. De recordarlos se me vuelven a estremecer las entrañas. La soñé.


Soñé con una mujer, soñé con que me hacía vibrar con su sola presencia.